El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2132 ~ 1 de agosto de 2014 ~ 0

En el café

¿Cuánto me harás esperar Esperanza? Como comprenderás, de la respuesta a esta interrogación sencilla va a depender lo que yo vaya a esperar sobre la posible renovación de nuestro viejo interés mutuo. Si es un retraso simplemente coqueto justificado por la dificultad de aparcar es que estamos en la misma onda. Si por el contrario el retraso es apenas perceptible me daré por enterado de que lo que deseas es una simple cuestión de “negocios”: colaborar al éxito de las meriendas. ¿Y si el retraso es muy largo? En ese caso no sabría decirte cómo debería actuar para conseguir mi objetivo de acercarme a ti un poco más de lo conveniente en un serio profesor.

Creía que llegaba a tiempo y caminaba despacio hacia este café del que guardo muchos recuerdos de todo tipo. Siempre me ha sorprendido lo mal que entona su decoración con el resto de la Ciudad pues se trata de una mezcla de vigas autóctonas y cerámica andaluza en las paredes que, curiosamente, le dan un aire como internacional. Quizá por eso fue en nuestra juventud, la tuya y la mía, Esperanza, tan próximas y tan lejanas, lugar de encuentro de aquellas personas jóvenes, generalmente varones, que comenzaban a ver las grietas del sistema a través de ojos de estudiantes de fuera que se reclamaban de izquierdas y de hijos de nacionalistas que, alrededor de círculos de cristiandad, veían a través de los ojos de unos padres que ya pensaban que esos sus hijos no corrían demasiado peligro de ser molestados por los que solo más tarde se llamaron los “maderos”. O también de gente joven que seguían sin interesarse en la política en sí, pero ya habían leído a los existencialistas franceses o se habían sentido atraídos por movimientos anarcoides que olían a libertad.

Yo diría que llegué justo a tiempo según mi reloj de pulsera que había sintonizado con radio nacional el día anterior, pero para mi sorpresa, que no tuve que fingir, allí estabas tu sentada en el butacón corrido delante de una mesita para dos y bebiendo a sorbitos un limón granizado con una pajita con la vista en el líquido amarillento. No me viste entrar y, antes de acercarme a la mesita que ocupabas, tuve tiempo de recordar a alguien que hace años vi en ese mismo lugar delante de un vino tinto y luciendo una boina caída hacia la izquierda, alguien que, rico de familia y sin necesidad de trabajar, se sentaba allí casi todas las tardes y que años más tarde abrió no lejos de este café una librería en la que ya se podían comprar libros prohibidos, verdaderas armas cargadas de futuro, sin necesidad de deslizarse subrepticiamente en la trastienda. Recordé como en un flash que eso era lo que yo quería ser por aquel entonces: un intelectual de café del barrio latino y poder charlar con Sartre como contaban había hecho aquel compañero de colegio unos años mayor que yo y que no cayó en la trampa de la Ciudad. Pero tu levantaste la mirada, dejaste el vaso sobre la mesita y me dedicaste una sonrisa amable, simplemente amable.

Perdona Esperanza por hacerte esperar, tartamudeé yo mientras retiraba la silla que me dejaba frente a ti y tomaba asiento.

No te preocupes, Jon, tenía que venir al centro y he hecho todos mis recados antes de lo que esperaba, así que me he sentado aquí a disfrutar de este limón como si fuera una cría.

Eso es justamente lo que eras hace esos veinte y pico años cuando creíamos tener entre nosotros dos una relación secreta que se alimentaba de aquellos pocos minutos que duraba el camino hasta tu colegio desde la estación de autobús. Pero no supimos desarrollar el lenguaje preciso para hacer de ellos una verdadera conexión.

Esto quería decirte Jon, que ya no soy aquella cría, que tengo marido e hijos y que tu aparición el otro día en nuestra casa saliendo de un mundo tan lejano al mío me turbó mucho más de lo que hubiera imaginado.

Se calló como si se le hubiera acabado la cuerda e hizo un gesto como de cruzar las piernas por debajo de la mesa tapada con un mantelito como de cuarto de costura de casa del Ensanche. Intuí que calzaba zapatos de tacón un poco más alto del adecuado para los recados matinales.

Pues no veo los paquetes de tus recados en ningún lado, te dije mirando a un lado y otro del sillón corrido. Deshizo el cruce de piernas, creí intuir, y se acodó sobre la mesa como para plantarme cara.

Se lo he dejado al conductor. No lo uso siempre, pero he pensado que hoy me serviría para poder estar contigo el tiempo necesario para que me cuentes lo que ibas a contarme sobre nuestra próxima merienda y todavía llegar a casa a tiempo como para comer en familia. A mi marido le gusta.

Me hubiera levantado en aquel mismo instante, te lo aseguro, pues entendí con la claridad de un relámpago en la noche que no pertenecíamos al mismo mundo ni sería posible que llegaras nunca a entender las cosas que yo estaba deseando contarte. Pero siempre he sido rápido para el regate y decidí cambiar el tono del relato que tenía preparado para después de algunos cotilleos previos que nos pusieran al día sobre la mitad de nuestras vidas, la mitad quizá más determinante, y que había hecho de ti una buena, supongo, esposa y madre y de mí un frívolo que hace muy poco tiempo está intentando empezar a ser menos loco de lo que ha sido en los últimos años. Así que te dije:

¿Recuerdas a Peter, Paul and Mary?

Ante tu cara de sorpresa te expliqué que en los años 60 y 70 este trío de música volk fue muy famoso y que yo recordaba hasta una película que vi en mis años locos en la que el trío se acerca a Big Sur. Y es que aquí quería llegar yo, al Instituto Essalen al que conocí a través de mis lecturas dirigidas a recuperar la serenidad apoyándome en un sincretismo semireligioso no alejado de la psicología de la Gestalt de Fritz Pearls de la que si quieres hablamos cualquier día. Durante mi estancia aprendí muchas cosas entre las más importantes de las cuales estaban, además de la libertad y promiscuidad sexual que me tuvieron obnubilado durante tiempo, ciertas experiencias programadas para reforzar la seguridad en uno mismo.

Pues cuéntame estas pues de las otras no quiero saber nada, dijeste fingiendo una turbación divertida. No te haces idea de lo mucho que se nos ha hurtado en esta ciudad mientras tu estabas por ahí fuera.

No te contesté inmediatamente pues no sabía si lanzarme o no a tratar de desequilibrarte a mi favor. Fui yo esta vez el que cruzó los pies bajo la mesa y después de un suspiro que imagino no entendiste continué contándote cómo un monitor de Nueva York nos enseño a un grupo de hombres y mujeres de todas las edades a mantener la posición física no dejando que ningún empujón nos desequilibrara. Trataban de conseguir que aquellos que como yo no sabíamos muy bien lo que creíamos aprendiéramos a no ser empujados de un lado para el otro; pero la manera por la que se empezaba esta especie de aprendizaje era mediante un ejercicio consistente en tratar de mantener el equilibrio físico ante cualquier empujoncito que te llegara de donde fuere. Hice un inciso:

Te parecerá una tontería pero este aprendizaje me hubiera venido muy bien en aquellos años en la Ciudad cuando desde muchos lados te empujaban hacia lugares en los que no nos veíamos a nosotros mismos.

Dijiste como de pasada algo así como “pues no lo sabes tu bien”, pro no te hice caso y continué:

Se trata de relajarte y no tratar de defenderte contra cualquier golpecito crispando los puños y afianzando los pies en el suelo como diciendo que ese suelo es tuyo y que lo defenderás con la fuerza de tus puños. Se trata de todo lo contrario, de descrispar las manos y de relajar las piernas dotándote así de una flexibilidad imposible de cascar.

El ruidito de los tacones me indicó que te empezabas a poner nerviosa así que abrevié:

Este es el experimento que quiero realizar previamente a mi charla que, como os anuncié, será sobre la siempre malinterpretada división del trabajo. A cada una de vosotras os pondré frente a mí y con la punta del dedo índice de mi mano derecha apoyada en el escote le empujaré levemente. Te aseguro que todas darán un paso atrás para mantener el equilibrio, menos tu claro que ya estás avisada. Ejercítate un poco y verás cómo no hay manera de desequilibrarte.

Aunque con una mirada de refilón y con una sonrisa maliciosa sntenciaste:

No se si me gusta mucho el experimento, especialmente lo del escote.

No supe que contestar ni qué cara poner, pero recuerdo que pensé que para qué me metía yo en esos líos. No los de asistir a las meriendas pero sí los de inmiscuirme en la rigidez de la Ciudad. Pero ya estaba hecho y ahora se trataba de volver a recordar nuestra infancia perdida. Pero no me dio tiempo. Un señor vestido de azul se presentó en nuestra mesa y mirándote solo a ti te recordó que se estaba haciendo tarde si teniais que pasar primero a recoger al señor. Te levantaste y pude ver los altos tacones mientras seguías al conductor con el bolso en la mano.

Está todo pagado Jon, dijiste como quien habla con la cocinera.

Me quedé sentado un ratito y por fin me di cuenta, mientras me levantaba, que yo no había tomado nada. Nada te debo Esperanza, musité como para mí mismo y salí del café. Tenía tiempo y decidí caminar un rato hasta la casa de mis padres que había heredado y que, de momento, habrá de ser mi morada solitaria. Supongo que ya sabes tu bien donde está pues es la misma a la que volví con mis padres después de dejar la margen izquierda y retornar a la Ciudad propiamente dicha. El caminar en soledad suelta la mente aunque muy a menudo no eres consciente de lo que piensas. Pero yo sí lo era ese mediodía de otoño después de charlar contigo en el café. No podía entender cómo, a partir de una cercanía en la playa chic de la margen derecha, en unos cuantos años y muy poco a poco, el tiempo puede colocarte en lugares espirituales y físicos tan distantes y tan difíciles de reconciliar. ¿Qué sentido tendría el reconquistarte y conseguir tu consentimiento para hacerte mi amante más allá del peremne instinto depredador del macho?

Ya llegaba al portal de mi casa pero no dejé de pensar. Sí ¿qué sentido? me volví a preguntar cuando abría las puertas del ascensor. “Una pieza más en mi colección de vulvas” es lo primero que me vino a la cabeza, pero bastó el breve recorrido hasta el piso quinto para quitarme de la cabeza esa pulsión de coleccionista. Pensé en alto:

“Tu Esperanza no serás nunca una pieza de colección, vas a ser el chivo expiatorio de mi instinto vengativo contra todo lo que ha hecho de mi Ciudad un lugar inhabitable”

las Indias

las Indias 984 ~ 31 de julio de 2014 ~ 1

Lecturas interesantes del 31 de julio de 2014

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2132 ~ 29 de julio de 2014 ~ 4

El fútbol en el cuerpo

Stanley Matthews«Au revoir, Espoire» había sido una manera muy poco afortunada de despedirme de Esperanza el día que acompañé al Decano a aquella primera merienda intelectual en la parte más occidental de la margen derecha. Ciertamente revelaba que ambos recordábamos una infancia ya lejana, pero al mismo tiempo avisaba de mi falta de respeto al poder cuando yo no era allí sino un pobre funcionario del Estado tratando de colaborar con la Universidad Pública en la tarea de levantar un poco de dinero que permitiera ir introduciendo el pensamiento abstracto en aquella sociedad tan rica desde el descubrimiento del mineral de hierro y sobre todo desde la primera guerra mundial. Ambos acontecimientos habían llevado concatenadamente a la formación de instituciones financieras que sabían cómo arreglárselas en aquel ambiente propio de la Ciudad y más tarde en todo el territorio que se llamaba nacional. Era en esas instituciones en las que trabajaban los maridos de estas mujeres que con niños todavía pequeños, y a pesar de toda la ayuda externa que quisieran, pensaban que su único papel imaginable estaba en casa, permitiéndose solo alguna pequeña expansión como esta mensual que les hacía sentirse un poco libres.

Pero no era solamente libertad en lo que pensaban las tardes de las meriendas intelectuales. Probablemente tenían sus sueños de independencia como los tiene todo el mundo sin distinción de género. Pero era algo más lo que buscaban, algo relacionado con el pensamiento abstracto, aunque no lo expresaban en ese lenguaje. Querían pasar algunas horas en otro mundo que no tuviera nada que ver con los chismorreos sobre las cenas de las «familias bien» que competían entre sí en lo que respecta no solo a la calidad de las viandas, sino además, y quizá sobre todo, con la forma en que estas eran servidas por el servicio especialmente domesticado para esta tarea, con su chaleco el mayordomo o con sus cofias y guantes blancos las doncellas, o por la calidad de la vajilla, de Sèvres a poder ser pero jamás de imitación, o por el resplandor de la cubertería de plata o la calidad de los licores exóticos con los que siempre se remataba una cena cuando la señora de la casa sugería pasar al salón.

Era en ese momento y nunca antes cuando era ya permitido, con un buen coñac los hombres o con un suave anisete las mujeres, comentar libremente los acontecimientos de la semana en la buena sociedad. Comenzaban con pequeñas y discretas risas femeninas respecto a algún desliz amatorio del que se hablaba en el club de moda y del que nadie confesaba su ignorancia y todos fingían estar al tanto pero no poder dejar de cumplir con el sano deber de la discreción. Esto era frustrante, pero era solo el prólogo de cuestiones menos triviales relacionadas con las fricciones de poder dentro de las organizaciones empresariales en las que trabajaban los maridos muy posiblemente envueltos en los asuntos del prólogo. Dentro de cada una había estirpes y no todas eran de la misma distinción o no todas habían amasado el mismo patrimonio. Ambas cosas, distinción y patrimonio, estaban estrechamente relacionados a la hora de opinar sobre noviazgos o conceder la mano de las herederas de estas familias tan poco numerosas como ricas.

Este asunto se tornaba especialmente enojoso e incluso áspero cuando envolvía no a dos familias de amos sino a una familia de capataces enriquecidos y otra de dueños que quizá estaban en el origen de la nueva riqueza adquirida justamente mediante el servicio fiel del capataz, con una ambición de nuevo cuño que resultaba extraña al amo pero en la que veía un buen porvenir. Este capataz debería ser integrado en el grupo de los elegidos, para lo cual era de todo punto imprescindible que él y su mujer supieran comportarse en público, desde luego reconociendo la pala de pescado o distinguiendo una langosta de un bogavante, pero sobre todo no desentonando en sus opiniones de todo tipo, desde lo que «se cuece en Madrid», hasta el descubrimiento de la modista más al día en la Ciudad, pasando desde luego por cuestiones de política o religión sobre las cuales o se tenía una opinión ortodoxa, es decir, suficientemente despreciativa de lo nuevo, o se habían perdido todas las oportunidades de ser invitado de nuevo por esa familia que ofrecía la cena de esta semana. De esta sociedad se hacían lenguas todas las otras familias que, por decirlo de alguna manera, seguían sintiéndose partícipes del Ensanche que se fue formando a partir de la derrota de los carlistas en el Sitio de la Ciudad, cuyos liberales habían vencido y reforzado así su vínculo con los mandamases de la capital del Estado de los que recibían las concesiones exclusivas que les habían enriquecido a principios de siglo y durante la primera conflagración que se llamó provincianamente mundial.

No te extrañará pues Esperanza que pensara en un primer momento que muy bien hubiera podido yo centrar mi próxima charla en esta historia de la Ciudad que tan bien reflejaba la aparente y superficial tranquilidad social y la tensa corriente de fondo que estaba ahí, aunque protegida de los oídos de los jóvenes, con el pretexto de no hablar de la guerra civil. Pero yo también soy hijo de las convenciones de nuestra Ciudad y pienso que estarás de acuerdo conmigo en haber eliminado de los posibles temas de conversación intelectual todo este guirigay que solo entendemos los mestizos de nacional y nacionalista o de capataz y proletario.

Para conversar del tema de mi próxima charla y para convencerte de que ganaras el concurso que ya había anunciado en mi primera asistencia a una de estas meriendas y que pretendía elegir a la señora que fuera a convertirse en mi ayudante, quedé contigo en el café en el que se reunían esos catedráticos de la Universidad Pública que sabían que las cosas estaban cambiando a la misma velocidad que se deterioraba la salud del dictador y trataban de colocarse en buena posición en una nueva sociedad en la que ellos, representantes del pensamiento abstracto, quizá tuvieran una oportunidad a la altura de sus expectativas. El lugar apropiado para estas reuniones hubiera sido sin duda aquella cafetería francesa que reunió a tantos intelectuales de la Ciudad cuando todavía se podía hablar sin esconderse. Pero este centro que todavía se recuerda con orgullo había desaparecido y en el que había quedado contigo me pareció el más apropiado para retomar un contacto ya perdido hace años y del que esperaba yo que guardaras algún recuerdo y que yo esperaba pudiera cimentar o quizá solo mantener a flote una nueva relación que ni yo mismo sabía a dónde quería que llegara.

En el fondo es como si no hubieran pasado tantos años desde aquella niñez ignorante de todo y este inicio de la madurez plena en la que tanto tú como yo nos encontramos, y que ambos reconocemos como inestable tanto en lo que se refiere a la sociedad en la que inevitablemente tenemos que vivir, como en lo que atañe a nuestras más intimas convicciones, esperanzas alcanzables y anhelos inconfesables. Creo haber visto en tus ojos este reflejo de la ansiedad en la que nos sumerge lo posible que se nos relata como imposible y desearía que tú lo hubieras detectado en mi mirada y mi sonrisa. Estoy muy nervioso, pues no estoy seguro de lo que quiero. Es posible que quede en mí cierto gusto por la infancia perdida. Sí, es posible, pero no creo que este sea el principal objetivo que me ha llevado a manipular la situación como para iniciar un contacto diferencial. Es también posible que realmente quiera yo ser un instrumento adecuado para contribuir al enraizamiento de la Universidad Pública como un centro de pensamiento y no solo de entrenamiento. Sí, quizá haya algo de esto, pues para un habitante de la Ciudad como yo, y por mucho tiempo que haya estado por esos mundos de Dios, sigue estando vigente la principal y secreta fractura social que me traspasa y quisiera comenzar a pertenecer a un nuevo mundo en el que profesores de otros lugares tengan algo que decir. E incluso es posible que, la falta total de frivolidad de la que presumo desde mi vuelta a casa no sea tan total y no persiga sino el más simple deseo: el añadir en algún momento una nueva pieza a esa colección secreta mía que como la de mariposas de Nabokov reúne intenciones científicas y un mero fetichismo sexual que no es difícil de diagnosticar.

No lo sé Esperanza, y todavía ignoro mucho más tus intenciones conscientes o inconscientes al aceptar esta reunión previa para perfilar la charla que me he comprometido a ofrecer durante una merienda que tendrá lugar en el salón, amplio y elegante, de vuestra casa, de ti y de tu marido, ese hombre seguramente honesto que ignora, al igual que tú, por qué trivialidad le odio. Te lo contaré algún día pero dudo de que me atreva en esta nuestra primera reunión. Tu marido representa la constatación de mi posición subordinada en la Ciudad. A pesar de que después de mi vuelta al Ensanche, seguimos viéndonos tú y yo casi todos los días camino de nuestros respectivos centros privados de estudios, finalmente tu familia te cambió de colegio a otro regentado por la misma orden de monjas pero localizado en una ubicación más cercana a este pequeño reino cerrado al que no teníamos alcance los que ni siquiera éramos capataces del Poder sino simples habitantes de una Ciudad que, a pesar de no ser ya invicta, seguía manteniendo el orgullo de ser capaz de admitir a todo el mundo. Ya no nos hablábamos todos los días, y los veranos, que podían haber sido utilizados para no perder el contacto, un deseo común que siempre he sospechado que ocultaba algo nada trivial, fueron desgraciadamente el comienzo de mi despegue. Desde los trece años hasta los veinte fui enviado con mi total aceptación al extranjero a aprender diferentes idiomas nada exóticos pero que me han resultado muy útiles no tanto para la vida profesional como para leer cosas prohibidas, una actividad que siempre he adorado por ser la prohibición menos peligrosa de romper, una confidencia ésta que lo que pretende es hacerte saber que no soy un valiente sino simplemente un tipo frívolo poco fiable.

Creo que es esto lo que te voy a contar esta tarde cuando nos encontremos solos por primera vez después de unos quince años. Que soy un frívolo incluso en mi especialidad académica, pero que hay algo en lo que he sido y sigo siendo totalmente fiable: el fútbol. En mi colegio este deporte era sagrado y mucho más importante que las matemáticas o la filosofía y yo diría que hasta que la misa diaria. Siempre he sido un tipo veloz y de verdad que no he conocido un extremo derecha más hábil. Mi fama se difundió por la Ciudad y los padres de los jugadores de los equipos contrarios empezaron a acudir a los partidos de los domingos entre los equipos de diferentes colegios para observarme. Siempre ganábamos y yo nunca dejé de marcar. Hasta que un día nos tocó jugar contra el equipo de un nuevo colegio ubicado en esa parte de la margen derecha donde hoy está tu casa y donde ya vivías en la de tus padres cuando yo hacía lo imposible por coincidir contigo después de constatar en la playa cómo te desarrollabas año tras año, verano tras verano. A pesar de mi esfuerzo y de que yo conseguí marcar fuimos humillados con una derrota demasiado abultada. La culpa fue no solo de nuestro exceso de confianza sino sobre todo de un portero que paró todos nuestros disparos a puerta menos los dos golitos que yo le colé. Debes saber Esperanza que aquel portero es hoy tu marido y que no he visto nunca en liga alguna otro portero mejor.

Ya llegará el momento de hablarte de todo esto, pero creo que esta primera vez me voy a limitar a darte detalles del concurso que pienso hacer en tu casa para elegir mi ayudante para todos las demás meriendas del curso. Esto lo tengo muy bien pensado y espero que aceptes las claves que te voy a dar para que resultes la ganadora. No será sino la primera trampa de las muchas que tengo pensadas, pero será crucial, pues si la aceptas querrá decir que tú también tienes ganas de jugar. Si lo haces con un cierto entusiasmo me despediré hoy a las puertas de este café intelectual contándote, como si fuera una clave secreta, lo que dijo un padre al terminar ese partido humillante para mí, para mis compañeros y para todos los del Ensanche: «este chico tiene el fútbol en el cuerpo».

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2132 ~ 26 de julio de 2014 ~ 0

Juan Crisóstomo

Teatro ArriagaHabían sido muchas las emociones de esa comida en la que mi padre y su abuelo se habían reconocido con algo más que con simpatía, con cierta complicidad difícil de entender, ya que la complicidad suele desarrollarse entre amigos de juventud unidos por infinidad de trastadas, y estas dos personas mayores no se trataron asiduamente durante la juventud, y lo que hicieron juntos no era una trastada sino más bien un acto de resistencia ejecutado con toda calma y poca fe por dos hombres que sabían que tenían que llevarlo a cabo sin preguntarse por las posibles consecuencias, por dos hombres hasta cierto punto ya muertos hace años. Necesitábamos Machalen y yo asimilar todo aquello que habíamos aprendido solo hace unas horas y de lo que nunca habíamos oído hablar. Quizá era justamente ese silencio el que más nos pesaba pues, aunque caminábamos en silencio, bien sabíamos cada uno lo que pensaba el otro. Todo podía haber sido distinto desde el mismo momento que nos conocimos allá en Salzburg y reconocimos nuestra extrañeza de no conocernos de vista viniendo como veníamos de la misma Ciudad. Si hubiéramos sabido lo que ahora sabíamos seguramente hubiéramos tratado de compensar los efectos de la guerra de los mayores y no hubiésemos establecido fronteras o, de haberlo hecho, las hubiéramos cruzado no solo con cariño sino también con algo de ira heroica.

-¿Es ya tarde?

Miré al reloj, pero inmediatamente caí en el sentido de su pregunta.

-No, querida, no es tarde. Tenemos toda la vida para reparar el dolor y esta noche no es la noche de la separación sino la noche del principio de un pacto secreto más firme que cualquiera de esos en los que la tragedia griega nos ha educado. Espero que no acabe en tragedia, pero ciertamente será peligroso pues nos toca nada menos que liberarnos con la verdad por delante.

-Pero ¿Cuál es la verdad Jon? ¿Quizá la que transmite la mansedumbre al menos aparente de tu padre o quizá la belicosidad que todavía deja traslucir el abuelo?

-Son dos movimientos musicales complementarios- dije sonriendo- Y de eso sabes tú mucho Machalen.

Continué:

-Siempre me has dicho que uno no puede vivir sin el otro…hasta cierto punto. La composición como un todo tiene que mostrar tanto uno como otro si lo que quiere mostrar es la belleza de la armonía. Sí, esa que estudiabas en el Conservatorio. Pero también me has dejado saber que para ti como directora es muy importante si la pieza de que se trate termina con la vibración hasta la extenuación de una cuerda de violín o con un golpe definitivo de un timbal, pues de eso depende el sentido de tu dirección.

-Bueno, tu siempre me entiendes como te da la gana; pero sí, más o menos has aprendido la lección, dijo sonriente.

-Pero ¿y qué?

- Pues está muy claro y aquí tengo que apelar a tu sentido de la composición. Tú y yo estamos obligados a repetir la historia cambiando los papeles. A ti te toca la ira asociada a los timbales y a mí la mansedumbre de una lira irlandesa. Juntos compondremos algo grande que, además, redimirá a nuestros mayores.

Me miró con tristeza y ralentizó un poco el paso ya cercanos al inicio de la subida al monte. Caminamos en silencio, pero se le notaba el esfuerzo por componer una frase que realmente dijera lo que ella sentía.

- Y para esta labor heroica que según tú nos espera es necesario que cada uno afine su instrumento y ambos ensayemos nuestro papel. Dime que esta labor no llevará toda nuestra vida y que un día podremos salir a escena a presentar nuestra obra conjunta. Dime, por favor, que yo no tengo derecho a perderme en el circuito musical europeo y que tú no te vas a perder en ese mar solo aparentemente tranquilo de los campus americanos. Dímelo antes de entrar en esta casa que nunca volveré a pisar.

Le dejé pasar mientras le decía que así era, que nuestros destinos estaban para siempre entrelazados y que no teníamos que vigilarnos mutuamente ni cada uno a sí mismo. Que hiciéramos lo que hiciéramos un día nos encontraríamos y sabríamos que había llegado el momento de dejar saltar por los aires toda nuestra potencia acumulada. Continué divagando, pues quería llegar con suavidad a decirle que esa noche, la víspera de su concierto, del homenaje a su abuelo del que disfrutaría mi padre y de nuestra partida en direcciones opuestas, debía ser una noche…..

- No se cómo decirlo…

- Me quieres decir que no haremos el amor, ¿no es eso?

Nos desvestimos en un respetuoso silencio y nos acostamos cada uno al lado de esa cama que fue de los padres de Machalen. Antes de apagar su luz preguntó quedo cómo se llamaba mi padre. Le dije que Rafael y ella apagó su lucecita. Antes de apagar la mía le pregunté cual era el nombre de su abuelo. Siguió un silencio que me hizo pensar que había caído en un sueño profundo que a mí me permitía distenderme. Apagué la lamparita de mi mesilla de noche y como desde muy lejos creí oír, o quizá solo soñé:

-Crisóstomo


arriagaLa recuerdo como una noche plácida y sin sobresaltos, justo lo contrario de lo que debía haber sido. Nos despertamos al mismo tiempo y solo cinco minutos antes de que sonara el despertador. Salté de la cama y me acicalé a toda prisa para dejarle a ella todo el tiempo que le hiciera falta para ponerse en su papel de mujer directora de orquesta, guapa y seria. No le llevó mucho tiempo y dos horas antes de que golpeara con la batuta el atril que sostiene la partitura reclamando silencio, su abuelo ya estaba en casa de su hija en su día y ahora de Machalen, y yo salía hacia casa de mis padres para organizar mi equipaje para mañana a primera hora, y para recoger a ambos para llevarlos en un taxi especial hasta el teatro que se había convertido en el propio de la Sinfónica al estar el Arriaga fuera de servicio digno.

Mi padre vestía un traje azul con rayitas de esos que mi madre le obligaba a hacerse y que casi nunca se ponía y que, esta vez, no hubiera debido hacerlo porque en estas fechas hace mucho calor en la Ciudad. No sé por qué yo había llegado pensando que en un día como este quizá utilizara uno de aquellos sombreros de primer ministro inglés que reposaban hace años en el paragüero del hall, pero lo cierto era que sentado en su silla de ruedas y ya con perlitas de sudor en la calva daba vueltas en sus manos a una de sus boinas negras mientras esperaba a que mi madre decidiera… si gris o negro …si alto o bajo. Aviar mi equipaje no fue trabajoso y en poco tiempo estábamos los tres en el portal donde ya esperaba uno de esos taxis especialmente equipado para embarcar a gente en sillita de ruedas en el que llegamos al teatro casi al mismo tiempo que Machalen y el abuelo, quienes habían venido andando con el timbalista acarreando los trastos y el smoking de su nieta. Teníamos orden de acercarnos al teatro por la puerta de atrás por la que entraban los músicos a fin de poder utilizar el montacargas para poder subir a mi padre en su sillita de ruedas hasta el nivel de los palcos, en uno de los cuales el abuelo había ubicado a mi madre y a mi padre en su primera fila. Aunque quedaba tiempo, los dos músicos y yo bajamos unas escaleras hasta el nivel de la entrada principal por donde ya empezaba a llegar el público habitual de las temporadas de la Sinfónica y otra mucha gente que no parecía muy familiarizada con este ritual generalmente dominical. Nos desviamos por una puerta semisecreta hacia los camerinos. Ellos fueron cada un al suyo y yo me quedé remoloneando entre las bambalinas. Uno de los encargados del telón y seguramente para que no diera la lata con mis paseítos de intruso, me pasó un programa de mano en el que se leía no solo el nombre de el abuelo y el de Machalen sino también las piezas que componían el programa, sin olvidar a los solistas completamente desconocidos para mí. El concierto extraordinario estaba compuesto de dos piezas gordas, de Hyden y de Britten, separadas por un descanso, y seguramente seguidas, pensé yo, por algunas palabras de homenaje al abuelo y, seguí pensando, por una propina bien elegida.

Los músicos fueron entrando en el escenario que, con su enorme profundidad, dejaba espacio para una inmensa orquesta, y comenzó ese ruido de afinación de instrumentos que tanto me ha gustado siempre a mí. Como si fuera el jaleo de una vida cotidiana llena de malentendidos que, sin embargo, acaba por alcanzar un punto en el que parece que todos han llegado a encontrar un punto de coordinación completamente inesperado. Allí estaba el abuelo delante de los cuatro timbales, como un armador que vigila al capitán del buque mientras finge afinar su difícil instrumento acercado una u otra oreja al parce correspondiente y comprueba el efecto de cada martillete, como les ha llamado siempre él, en cada parte del parche de cada timbal. Sabe muy bien que las piezas elegidas en su honor son ricas en este sonido coordinador que emiten los timbales y sabe también que estos tambores están en su punto; pero cree que debe seguir el ritual de cualquier concierto sin traslucir su emoción por este homenaje que él considera como un desagravio de los vencedores que dejaron la Ciudad sin música sinfónica durante años y como un agradecimiento secreto de los que ese día no están ahí tanto por la música como por la celebración silenciosa de una victoria que de ninguna forma venga la derrota pero la hace, después de tantos años, un poco menos amarga.

Yo espero con impaciencia la salida de Machalen, pero todavía he de esperar un ratito a que salga el primer violinista y trate de empastar a su manera, que yo supongo negociada con la directora de orquesta, el sonido de todos los instrumentos. Se sienta y entonces entra ella con un paso casi marcial con el que nunca le había visto caminar y toma posesión de su podio como si fuera el piloto del barco que va a levar anclas. Ajusta el atril, ya perfectamente ajustado, como si fuera necesario ponerlo a su altura, examina la partitura como para asegurarse de que no le falta ninguna hoja, y hace sonar la batuta contra el atril mientras levanta la mirada y la pasea majestuosamente por toda la orquesta, incluidos los timbales.

Yo sé que es su primer concierto y lo importante que es para ella que esta primera experiencia en su oficio ocurra en honor de ese abuelo semiconspirador. Pero su profesionalidad le hace parecer como una experimentada Venus caminando sobre las aguas. Hace descender la batuta y comienza a sonar la inconfundible música de Hyden. Desde mi posición discreta fuera de la vista de prácticamente todo el mundo, puedo sin embargo observar a mis padres en la primera fila de ese palco con el que el abuelo rinde su particular homenaje a otro conspirador anónimo para el mundo y que nunca pudo recibir ni el más somero gesto de agradecimiento hasta quizá hoy. Mi madre está como siempre, absorta en la música con balanceos de cabeza que varían con los movimientos de la sinfonía. El abuelo parece haber recuperado años y, con el rostro enrojecido aparentemente por el esfuerzo, parece estar disfrutando de algo más allá de esta música barroca de un alemán en el Reino Unido solo unos lustros después de una guerra entre los unos y los otros.

Termina esta primera pieza del concierto y se encienden las luces. Yo acudo al palco y ayudo a mi padre a deslizarse hasta el cuarto de baño mientras mi madre se pierde en el foyer como esperando ser reconocida como esa señora del palco que parece ser la dueña del local. Allí observa cómo el abuelo está rodeado de gentes que ella no reconoce y se siente una vez más como una extraña en la Ciudad. Antes de que se escuche el timbre que anuncia la reanudación en cinco minutos está ya de vuelta en el palco en el que ya está instalado su marido que parece estar disfrutando de un concierto del que ha prescindido en los últimos años. Yo ya he vuelto a mi escondite cuando Machalen reaparece con una sonrisa imperceptible que yo creo poder interpretar como el bienestar de alguien que sabe estar haciendo algo bien. Un poco demasiado deprisa da pie al principio del primer movimiento de este «War Requiem» de Britten que llora la muerte sin pretender arreglar cuentas. Es una pieza larga y profunda y sospecho que poca gente, además de mi padre, podrá seguir las palabras no demasiado patrióticas de este hombre solo fiel a sí mismo. Pero lo que hoy importa es que el trabajo del timbalista acapara la atención de cualquier público. Es este trabajo el que es premiado con unos aplausos más bien tibios que esta Ciudad no está para modernidades.

timbalesSe recupera el silencio y Machalen se vuelve hacia el público con cara de compromiso pues tiene que decir algo en honor de D. Juan Crisóstomo, de cómo la Ciudad le debe en buena parte la conservación de la afición musical y de cómo -y aquí yo diría que la lágrima que asomó a su rostro no estaba ensayada- ella le debe simplemente todo. Respira y anuncia que, para terminar, la orquesta va a interpretar la Obertura de los Esclavos Felices de nuestro Mozart local. Me pareció que la audiencia respiraba aliviada pues, al menos una parte de ella, sabe bien que esta propina es apropiada pero sobre todo corta. Semibarroca, semiromántica, la obertura oscila entre la intimidad y lo profético, entre la épica y la lírica, como la ciudad misma. Un minuto antes de su final lírico, Arriaga dio su do de pecho en lo que concierne a lo épico y compuso lo que es de hecho un tour de force para el timbalista. El abuelo pareció rejuvenecer y cuando daba su último redoble en lugar de erguirse orgullosamente como diciendo «misión cumplida», se derrumbó sobre el segundo timbal de los cuatro que tenía delante de él. No podía estar afinando el instrumento pues su actuación había terminado.

¡Estaba muerto! Me adelanté y entré en el escenario. Machalen no pudo matizar los últimos acordes y nuestras miradas se cruzaron un segundo que bastó para que supiéramos que nuestro destino se acababa de escribir. Me encaramé hasta la posición de los timbales y desde allí miré al palco. Milagrosamente mi padre estaba de pie y aplaudía como un joven entusiasta ante la mirada atónita de mi madre.

las Indias

las Indias 984 ~ 25 de julio de 2014 ~ 1

Lecturas interesantes del 25 de julio de 2014

    Mantou

  • Bruce Sterling contra las Smart Cities
    ¿Qué pasa si los taxis son sustituidos por Uber? pregunta. ¿Tu ciudad se convierte en una commodity regida desde California? ¿Crees que los californianos dejarían que sus calles se gobernaran desde un cerebro en Barcelona? La recentralización oculta tras el buen rollo de las start ups de la sharing economy genera problemas geopolíticos y alimenta, según el autor, el tecnoimperialismo
  • El español ¿nueva falsa lengua franca?
    El idioma español continúa su imparable ascenso en el mundo y –según un estudio realizado por el Instituto Cervantes– es hablado o estudiado por unas 548 millones de personas en todo el planeta, entre las que 470 millones lo dominan plenamente, más de 50 millones lo habla con alguna limitación y cerca de 20 millones están en proceso de aprendizaje. Según el citado informe, la lengua de Cervantes reina detrás del mandarín y por primera vez, por delante del inglés, alcanzando así el rango de segunda lengua franca en el mundo: el 67% de la población mundial es ya hispanohablante.
  • España desconectada
    La reforma de la Ley de Propiedad Intelectual aprobada ayer en el Congreso, en una sesión extraordinaria en la Comisión de Cultura, penaliza el uso del enlace y compartir contenidos. Crea un derecho de cita irrenunciable sobre fragmentos no significativos de contenidos publicados en sitios de actualización periódica. Ni siquiera permite que tú decidas compartir tus contenidos de forma gratuita o mediante el uso de una licencia copyleft. No puedes renunciar a que una entidad privada, en este caso CEDRO, recaude una cantidad por ti que será repartida a los medios de AEDE. Como tú no estás en AEDE, ni puedes estar por no ser un periódico impreso de pago, estas empresas se reparten entre ellas el botín. Jaque Mate.
  • La leyenda del mantou o pan chino
    Elaborado a base de mezclar harina de trigo, agua y levadura para después cocer al vapor, el mantou, más que pan parece un bollo esponjoso sin relleno. Curiosamente el mantou se ha expandido a otras cocinas asiáticas pero sólo etimológicamente: en Japón (manjū) es un bollito relleno de pasta de judía roja; en Corea (mandu) es una empanadilla rellena de carne, tofu y jenjibre; y en los países de Asia Central, sobre todo en Turquía (mantı) también es una especie de empanadilla y su origen se remonta a los mongoles que trataron con armenios. Otros son el salapao de Tailandia, el siopao de Filipinas, ambos bollos rellenos de cerdo asado, y el cha siu bao de la cocina cantonesa, un baozi de cerdo asado a la barbacoa.
  • Terras Gauda: Primer aceite de Albariño
    Raro es el aprovechamiento por parte de las bodegas de los bagazos de la uva, especialmente las semillas, para la obtención de aceite alimenticio. La bodega Terras Gauda acaba de poner en marcha, en colaboración con la Misión Biológica en Galicia del CSIC, un proyecto de investigación encaminado a la obtención de aceite de semilla de uva. En paralelo, y también con el CSIC, desarrolla un segundo proyecto de I+D+I en el que se estudia la incidencia de las labores de aclareo y desnietado (eliminación de racimos de segunda brotación) en la viña sobre la concentración de compuestos biosaludables en la uva, la semilla y el vino.
  • Duolingo lanza su certificación para competir con TOEFL
    Duolingo, el servicio gratuita para aprender idiomas, lanza su programa de certificación de idiomas digital.
    Por el momento, el certificado está disponible de forma gratuita, pero la compañía planea empezar a cobrar $ 20 cuando más universidades y empresas lo acepten.
María Rodríguez

María Rodríguez 595 ~ 25 de julio de 2014 ~ ~ 12 12

La psicodelia es para el verano

Jim MorrisonEn 1964, Jim Morrison se encontró en una playa californiana a Ray Manzarek y le leyó un poema. Estaba naciendo el grupo The Doors y nadie se estaba dando cuenta. En poco tiempo serían los mayores representantes de la psicodelia musical junto a Grateful Dead y Jefferson Airplane.

La psicodelia, que significa algo así como «manifestante del alma», es un tipo de expresión artística de las experiencias sinestésicas o de alteración de la realidad y los sentidos que se popularizaron en los 60 con la extensión del LSD. Esto, además, ocurría dentro de un movimiento más general conocido como «contracultura».

Pero ¿qué es la «contracultura»? Se supone que es la manifestación cultural de lo alternativo: de valores, tendencias y modos de vida contrarias a lo establecido. Si aceptamos que existen diferentes culturas, incluso dentro de lo que consideramos primer mundo, podemos decir también que existen diferentes «contraculturas», aunque haya una más «popular» que las otras.

DancersLa sensación es que la contracultura ha cambiado poco desde los 60 (y en los 60 ya conservaba cosas de la bohemia del XIX). Volviendo al ejemplo de los Doors, Ray Manzarek conocía a los otros dos integrantes del grupo (Krieger y Densmore) de unas clases de meditación, y el movimiento hippy consumidor de ácido lisérgico de esa misma época, promulgaba el amor universal, la paz mundial, el contacto con la naturaleza y la desinhibición, además de sus múltiples conexiones con religiones orientales, experiencias místicas o la lucha contra la opresión del «sistema».

Tanto parecido con la actualidad me hace sospechar que la supuesta contracultura de hoy es un poco timo. Si se supone que la cultura es algo dinámico, no puede ser que la expresión de la alteridad sea la misma que hace más de medio siglo.

hippie-shopSupongo que la contracultura se convirtió en cultura manteniendo una máscara de alteridad, es decir, pretendiendo seguir siendo alternativa pero buscando obtener un cargo con presupuesto público asignado. Desde el momento en el que los ayuntamientos subvencionan clases de meditación y grandes grupos editoriales venden contenidos sobre «vida natural», estas tendencias ni son alternativas ni son siquiera tendencias. Porque ser contracultural en realidad es difícil y sale caro, además de que hay que trabajar un montón para vivir de ello en el mercado.

Aún así la alteridad es una cosa natural, un movimiento reflejo a esa homogeinización que lleva a la extinción de cabeza. Eso no quiere decir que meditar, tomar peyote o practicar danzas circulares sea malo, solo quiere decir que no es rompedor, ni siquiera moderno, y toda sociedad necesita cosas rompedoras y modernas para poder presumir de tener una contracultura.

Esto me ha debido venir a la cabeza por el verano, Ibiza… quién sabe por donde ha ido la asociación en mi cabeza. Supongo que por aquello de que la psicodelia es para el verano y de pronto me ha parecido algo de lo más antic.

las Indias

las Indias 984 ~ 24 de julio de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 24 de julio de 2014

    Cuánta tierra necesita un hombre

  • Interversity: ¿una universidad distribuida?
    Mientras la innovación (incremental) solo tiene lugar dentro de organizaciones, la innovación radical solo ocurre en ecosistemas. La Interversity utiliza arquitecturas de empresa para dar salida al mercado a los ecosistemas
  • La persecución a los paganos
    Una descripción rigurosa y amena de la persecución que los cristianos hicieron a los paganos en los años entre la legalización de su religión con Constantino hasta que el cristianismo se hizo oficial con Teodosio. Fueron apenas 70 años de ascenso meteórico que dejó infinidad de víctimas en el camino: los herejes, los paganos y sus dioses, pero también todo lo que se asociaba al paganismo, la filosofía, la academia, el saber mundano. Se trató de una guerra sin paliativos, una guerra violenta que dejó víctimas en ambos lados, y que hizo que los cristianos pasaran de ser perseguidos a perseguidores.
  • The American Way: The Lost Secret to American Prosperity and How to Get it Back
    Un librito de John Robb sobre los orígenes de la prosperidad estadounidense, su decandencia y la forma de redescubrirla en un mundo de pequeñas escalas óptimas y largos alcances
  • Ocho favores que tus clientes pueden hacerte
    Sabiendo que un cliente es mucho más que una venta, hallar una fuente estable, rentable y optimizada de clientes es una de las tareas primordiales a desarrollar, donde la clave no es ya sólo que un cliente sea rentable, sino que de manera continuada podamos seguir obteniendo nuevos al tiempo que fidelizamos a los actuales.
  • ¿Cuánta tierra necesita un hombre?
    ¿Cuánta tierra necesita un hombre? es el título de un cuento escrito en 1886 por León Tolstói, en el que un campesino, en su ansia por poseer más tierra, lo pierde todo. Con este título, el proyecto expositivo que desde Fundación Cristina Enea presentamos este verano de 2014, quiere abordar cuestiones presentes en la fábula del escritor ruso. Cuestiones que un siglo y medio más tarde siguen ocupando un lugar central en el debate ecologista, y en su búsqueda de una relación más equilibrada entre los seres humanos y la tierra.

Qué es «las Indias»

Alan Furth46 ~ 1 de agosto de 2014 ~ 0

¿Walmart cede ante la globalización de los pequeños?

WalmartUn reciente informe de Goldman Sachs pronostica una tendencia decadente para las grandes cadenas estadounidenses como Walmart, reduciendo en consecuencia su calificación de inversión para las acciones del gigante minorista. Las ventas por tienda de la megacadena han caído durante 12 de los últimos 20 trimestres.

La razón que aduce el informe del banco de inversión es que el consumidor estadounidense se inclina cada vez más a comprar por Internet el tipo de artículos baratos y de consumo masivo que conforman la mayor parte de la oferta de ese tipo de cadenas. Por eso es que Walmart ha comprado al menos 14 empresas en los últimos años, en un intento de obtener el talento tecnológico que necesita para fortalecer su oferta online. Aún así, vendió aproximadamente 10 mil millones de dólares online el años pasado: muy lejos de los casi 68 mil millones que vendió Amazon en el mismo período.

Pero lo que es aún más interesante es que la caída de popularidad de Walmart durante los últimos trimestres coincide con el auge de las cadenas de tiendas de conveniencia y otros formatos minoristas enfocados en «la conveniencia y el valor». Al parecer, la gente prefiere enfocar el tiempo que dedica a salir de compras en visitar establecimientos que le ofrezcan un rango de productos más estrecho, diferenciado y que estén ubicados en el barrio -o que por lo menos no haya que manejar durante 45 minutos para llegar a ellos.

Aunque la mayoría de los artículos de prensa que que reseñan el estudio no dicen nada al respecto, parecería lógico esperar que más allá de las cadenas de tiendas de conveniencia, la tendencia favoreciese también a las tiendas de barrio y las boutiques más especializadas. ¿Estamos presenciando la consolidación de un patrón de consumo que, si bien de manera indirecta, refuerza aún más el impacto positivo que Internet ha tenido en cuanto al auge de los pequeños en un mundo globalizado? Solo el tiempo lo dirá, pero parece que vale la pena hacerle seguimiento al desarrollo de la tendencia.

RecetarioIdiomas

David de Ugarte2794 ~ 26 de julio de 2014 ~ 12

Bruce Sterling contra la recentralización disfrazada de «Sharing Economy» y «Smart city»

bruce_sterling¿Qué pasa si los taxis de las principales ciudades son sustituidos por Uber? ¿Si una parte central de tu sistema de transporte urbano depende de una app basada en California? ¿Crees que un ayuntamiento podría ganarle un pulso a una multinacional así con el tipo de batallas que libra contra los sindicalistas del taxi? ¿Qué pasa cuando tus calles y tus coches son commodities que se coordinan gracias a un software y un juego de reglas que no controlas? Y tal vez lo más clarificador: ¿De verdad crees que en California dejarían que su sistema de transporte tuviera su cerebro en Barcelona?

Todas estas preguntas hacen parte de las conclusiones que sacaba Bruce Sterling sobre las «Smart Cities». El discurso sobre la «Sharing Economy» ha desviado el debate e invisibilizado el proyecto de recentralización de la red y del poder de los gigantes de Internet. Pero sigue ahí. Y como nos recuerda el padre del ciberpunk, no solo tiene consecuencias políticas en la ciudad, sino globales, geopolíticas.

¿Y entonces Sterling apuesta por cerrar la puerta de la «Sharing Economy» o la «Smart City»? En absoluto. Solo nos recuerda que es un campo de batalla en el que los distintos sujetos han de reconocer qué estructuras de red, qué arquitecturas de poder son aquellas que dibujan un mundo donde tengan espacio. Y desde luego, en la recentralización, no hay espacio para la ciudadanía.

David de Ugarte2794 ~ 25 de julio de 2014 ~ 4

John Robb y las culturas económicas de la prosperidad y la descomposición

john-robbJohn Robb acaba de publicar en Amazon «The American Way: The Lost Secret to American Prosperity and How to Get it Back». Se trata de un folleto breve con una idea sencilla pero potente: el fin de la cultura económica tradicional de la clase media fue la que abrió las puertas a la crisis, y para recuperar una sociedad sana, no solo económicamente, hay que recuperar esa cultura.

Al leerlo no puede evitar sentir que aun a pesar del foco constante en EEUU, las nuevas ideas de John eran parte de algunas de nuestras últimas conversaciones.

Como muchos otros, fui a la escuela pública para hacerme con una educación básica. Mientras estaba allí, hice unos cuantos deportes para aprender trabajo en equipo, fui a la iglesia para aprender fe, canté en el coro escolar para celebrar esa fe y me convertí en Scout para aprender a servir a los demás. En el camino, aprendí el valor del trabajo, primero haciendo trabajos sencillos como recoger nieve, segando jardines y recogiendo las hojas de mi casa y de muchos vecinos mayores que necesitaban ayuda. Más adelante añadí una larga ruta de reparto de periódicos y trabajé en la granja familiar en Vermont, ayudando cuanto podía a hacer balas de heno y palear estiércol.

Como muchos estadounidenses, di por garantizado lo que aprendí durante mi crianza. Más en concreto: no aprecié el valor de los aprendizajes culturales que gané de mis padres y de otras personas de mi comunidad mientras crecía. Lecciones sobre el valor de la independencia económica, los fundamentos morales de la confianza y el optimismo pragmático frente a la adversidad.

Como a otros muchos americanos, se me dijo que esos factores culturales no eran ya tan importantes, y que las credenciales académicas, los contratos, las hojas de cálculo, las dinámicas de mercado, el riesgo, las tasas de interés y retorno y los títulos en el trabajo, y las regulaciones y otras medidas nos permitían tomar mejores decisiones económicas que liosos factores culturales. Por supuesto, descubrí más tarde, en el mundo real, que esos métodos «científicos» y cuantificables no funcionaban tan bien como se nos prometía.

Vi de primera mano el fallo que brotaba de desentendernos y pensar que los contratos detallados hasta la exageración, los incentivos y las multas podían ser un sustituto válido del comportamiento moral que construye la confianza. Experimenté, como vosotros, el peligro para el bienestar de mi familia que suponía depender de grandes empresas, del gobierno y de los banqueros, en vez de conseguir una verdadera independencia económica.

Empezamos a tomar decisiones mal cuando abandonamos la cultura económica tradicional. Una cultura hecha de moralejas, valores, virtudes, historias, experiencias y tradiciones que nos habían provisto de un sentido común económico que funcionó durante siglos. Y lo que es peor, lo remplazamos por leyes inteligentemente construidas, regulaciones, contratos y mecanismos de mercado que no funcionaban tan bien como nuestro sentido común tradicional. Por ejemplo, dimos por bueno que:

  • Endeudarse a largo plazo está bien [hipotecándose por décadas]
  • Los buenos contratos son mejores que la confianza
  • La seguridad consiste en depender para siempre de grandes empresas o del gobierno [trabajando para ellos como empleado o funcionario]
  • La protección legal y las salvaguardas regulatorias son más fiables que un comportamiento moral responsable
  • Una titulación universitaria es más valiosa que aprender algo

Todos tenemos nuestra particular memoria de la descomposición. Lo interesante es descubrir, a través de John Robb, que no estaba siendo tan diferente en EE.UU.

Juan Urrutia2132 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

Mayra Rodríguez Singh95 ~ 14 de julio de 2014 ~ 4

Unuaj tagoj en Tuluzo

Dum julio ni laboros en Tuluzo por la plenumo de Eŭropa projekto. Nia unua laborsesio okazos merkrede sed ni jam de kelkaj tagoj estas en Tuluzo. Ni alvenis al Tuluzo pasintan ĵaŭdon kaj vendrede ni ĝuis nian partoprenon en la Tuluza monata manĝo-klaĉo. Bongustaj salatoj, fromaĝoj, salikokoj spicitaj per kareo kaj precipe interesaj konversacioj kiuj daŭre fruktodone ŝvebas en nia kapo. Dankon al ĉiuj pro la gastamo.

mangxo-klacxoDSC04155DSC04163DSC04186

Juan Urrutia2132 ~ 13 de julio de 2014 ~ 2

Le catorce juillet: ¡Vive la liberté!

351px-MarseillaisenoframeDos fechas hay en mi vida que no se me pasan nunca. La del dos de mayo de 1874, de la que he hablado aquí y aquí, y la del catorce juillet de 1789. Ambas están asociadas a dos himnos que en mi familia no se dejaban de cantar ningún año. El himno de los auxiliares, que volví a subir a este blog el dos de mayo pasado, y la Marsellesa. Los dos himnos son cantos de libertad, y he debido heredar de mi madre el gusto entusiasta por ese lema de la Revolución Francesa. Así que mañana lunes la Marsellesa no se me irá de la cabeza y espero que quizá este año haga el esfuerzo de aprender todas sus estrofas, incluso las más belicosas y violentas. Creo que he heredado el gusto por los gestos heroicos desgraciadamente asociados, directa o indirectamente, a la violencia. Un gasto indirecto en favor de la libertad así como un cántico a la ayuda mutua en su defensa es este otro que también solía recordar mi madre cuando se ponía épica. Casi al final de la primera guerra mundial, cuyo centenario de su inicio se ha conmemorado este año, los americanos decidieron intervenir y uno de sus primeros gestos de apoyo fue acercarse a la tumba de Lafayatte y en posición de firmes gritar “¡Lafayette, nous voici!”, aquí estamos, Lafayette, nos ayudaste a librarnos de la metrópoli en nuestra guerra de la independencia y henos aquí dispuestos a devolver el favor. Era el 4 de julio de 1917. Casi 150 años después de la declaración de Independencia que crea los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776, el ejército americano viene a ayudar a Francia, cuna de libertad, a mantenerla.

Estadísticas del Correo de las Indias

La feed indiana tiene hoy una media de 924 feed subscribers activos. Esta estimación se calcula como el número de personas que durante los tres últimos días descargó al menos un post cada día de nuestra feed principal. Así que si una persona no se conectó o a pesar de estar suscrito, no nos leyó durante un día de los últimos tres, no se computa como suscriptor, por eso este número se reduce de sábados a martes y es más alto de miércoles a viernes.

Blogs dentro del blog

Nao VictoriaJuan Urrutia,
Carolina Ruggero, y
Las Indias in English.

El Correo de las Indias es el blog colectivo de los socios del
Grupo Cooperativo de las Indias
Gran Vía 48 - 48011 - Bilbao
F-83409656 (SIE) ~ F-85220861 (EAC) ~ F-95712659 (E) ~ G-84082569 (BIE)