El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2143 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 1

Un pragmatismo embriagador

grafton street 1960

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés, un idioma que por aquel entonces ya aparecía como el único idioma capaz de hacerse franco y que se asociaba a autores e ideas muy distintas de las acariciadas durante los veranos dedicados al aprendizaje del francés. Sustituir Sartre por Brendam Behan no es solo un pequeño ejemplo cualquiera del contraste entre la cultura francesa y la del ámbito anglosajón, es un verdadero cambio de paradigma, y para Jon representó una sorpresa tan grande que nunca volvió a soñar con llegar a tener una visión definitiva del mundo.

Durante el curso escolar sus padres le impusieron una clase particular de inglés impartida por un joven caribeño de difícil ubicación en aquella Ciudad que todavía vivía en un ambiente de miedo y silencio. Era alguien inteligente y cultivado que consiguió que Jon se acercara al idioma, a la literatura y al pensamiento expresados en inglés, aunque a menudo se hizo con piezas traducidas al castellano de novelistas del momento como Somerset Maugham o Graham Green, o de pensadores nada transgresores, como por ejemplo Chesterton, que era especialmente querido por la sociedad de buenas lecturas por su catolicismo. Como siempre, Jon leyó cosas que no entendió pero que le daban una especie de seguridad en sí mismo y una cierta conciencia de ser diferente y estar un poco aislado en la Ciudad a pesar de algunos compañeros que, como él, iban rompiendo el cascarón. Nada de esto era ni soñado por los padres de Jon que, especialmente a través del padre, pretendían que el chiquillo adquiriera un toque de ese pragmatismo que se asociaba a la ciudadanía y al gobierno de su Majestad, la única admitida por ese padre que parecía vivir fuera del mundo conocido.

Pero como era de esperar, entre las dos islas, la recientemente independizada casi en su totalidad y la localizada en la metrópoli de ese Imperio que el padre de Jon había vivido como un hecho conocido e irreversible, la única gran diferencia para alguien de la Ciudad era la religión. El idioma era el mismo y el inglés que se hablaba en Dublín era, según se contaba, el que se exigía a los locutores de la BBC, pero lo importante era que Irlanda era católica, casi tanto como lo eran las familias alrededor de la familia de Jon. Una vez más ganó la opinión de la madre y, a través de los jesuitas del colegio una vez más, este chiquillo que estaba dejando de serlo fue asignado a una casa de Dublín meses antes de terminar el curso y de partir hacia lo que sería su primer largo viaje en solitario, pues la familia de Juan, o él mismo, no sentía la urgencia del inglés para un hijo que, por otro lado, seguía teniendo, a diferencia de Jon, su grupo de verano bien definido. Y así la educación en el pragmatismo de un Churchill se iba a convertir en la educación en un pragmatismo de otro cariz difícil de definir, una mezcla del sentido común consciente de los límites siempre existentes y de la locura poética un tanto alcohólica que nada sabía de límites. Y fue esta mezcla imposible de conciliar la que se quedó grabada en el alma de Jon. Mezclada, desde luego, con la épica de la liberación que tan bien le había presentado la señorita Carmen, violando las instrucciones maternas, en aquellos cuentos sobre heroicidad que hermanaban a la Ciudad con esa otra ciudad que, paradójicamente, seguía mostrando como un héroe a Nelson, un inglés que, además, supo humillar a los españoles. A este respecto Jon no supo entender bien lo que significaba que el hijo mayor de la casa se hubiera fugado para pasar a la clandestinidad e integrarse en el Sinn Fein y quien sabe, murmuraba la señora Mulligan con lágrimas en los ojos, si también en el ejercito republicano de liberación que operaba en el Ulster.

Jon se sintió una persona ya hecha y dueña de sí misma en el largo viaje que, por primera vez, emprendía en solitario. Llegar a París y cambiar de estación de ferrocarril con tiempo suficiente entre ambos trenes como para visitar los lugares más emblemáticos de esta capital con río pero de agua dulce, tomar el barco para cruzar el estrecho hasta Dover y de nuevo el ferrocarril para llegar a Londres, y pasar la noche en una pensión del barrio de Fulham para finalmente volar de Londres a Eire y aterrizar en Bel Atha Cleath al día siguiente para encontrarse con la que decía ser su familia de acogida pero que resultó ser la familia destinada a otro, un malentendido que acabó siendo para Jon realmente providencial pero que solo surgió como evidente al final de esa primera estancia en esa bendita isla que Jon iba a recordar, al final de los dos veranos que vivió en ella, como un lugar literario y fantasioso de enorme influencia en su educación intelectual y afectiva.

Quizá fue ese error en la ubicación de Jon en esta otra ciudad con río dulce y con clima parecido al de la Ciudad de donde había partido Jon el que le libró de contactos indeseados con otros estudiantes de colegios de jesuitas de habla castellana y le permitió concentrarse en los contactos que le proporcionó la Mrs. Mulligan entre los miembros de su aparentemente inmensa familia y entre otros chicos y chicas de su edad que vivían en Glasnevin, un barrio con un cementerio para siempre famoso desde que se convirtió en lugar literario a partir de la visita de Bloom en esa novela renovadora de Joyce que Jon intentó leer por primera vez precisamente en ese verano dublinés durante los muchos ratos que pasó solo. Leyó como pudo ese Ulises así como otras cosas de su autor que fue comprando en sus escapadas en autobús hasta el centro al centro, y a otros autores como, por ejemplo Oscar Wilde o el ya mencionado Brendam Beham. Como por casualidad se introdujo en el mundo de los escritores angloirlandeses, ya por aquel entonces reputados como los mejores del ámbito anglo, y algo de su fértil locura se le debió contagiar a Jon ya en esa primera visita a Eire.

Una primera visita llena de novedades para un chiquillo de la margen izquierda, tal como él seguía autodefiniéndose. En los cines se podía fumar y al final de cada sesión sonaba el himno nacional irlandés mientras la bandera ondeaba en la pantalla. Las cafeterías del centro de esta ciudad eran muy distintas a las de la Ciudad en su configuración física y sobre todo en la oferta de sándwiches de jamón y queso entre pan de molde tostado y untado de mantequilla, una mantequilla que parecía otra cosa. Los autobuses de dos pisos que le llevaban y traían con extrema facilidad de O´Conell Street a Glasnevin pasando por el barrio obrero de Drumcondra nada tenían que ver con los trolebuses de la Ciudad. Y no digamos las carreras de caballos, donde un tío alcoholizado de Mrs. Mulligan le llevaba a menudo y le presentaba a los propietarios que nada parecía que tenían que ver con las figuras empingorotadas cuya imagen algunas revistas de la Ciudad habían gravado en la retina de Jon. Apostó, y a menudo ganó, siguiendo el consejo del tío borracho, quien de paso le inició en el gusto por las pintas de cerveza negra. Y posiblemente con esas ganancias se regaló unas clases de montar a caballo por Phoenex Park, y, por primera vez, se enamoró de la hija de uno de esos propietarios con la que quiso salir a solas, para lo que le llamó por teléfono aterrorizado de no ser capaz de entender el inglés de la chica, que sin embargó le endilgó una negativa que entendió con total claridad.

La vuelta otra vez por Londres y París, cruzando el canal, fue tan pesada como la ida, pero esta vez le dio tiempo de recorrer mucho barrios de buena y mala nota de esta última capital, cuya influencia en su formación iba a dejar de ser única pues tendría, pensaba de forma desordenada, que complementarse con todo lo aprendido este verano de amor y revolución y con los matices que en esas materias iba a añadir el segundo verano en el que ya, una vez solucionado el malentendido de la familia a cuya casa debió haber ido pero no fue, consiguió juntarse con numerosos españoles de su edad y concretar más específicamente sus inclinaciones un tanto revoltosas, poniendo juntos para su futuro ideológico los barrios obreros donde él siguió viviendo en casa de Mrs. Mulligan y los barrios elegantes, bellos y apacibles localizados al sur del río, así como los intereses e ideales de los habitantes de unos y otros.

Este segundo verano podría quizá considerarse por un observador imparcial como perdido para la formación seria de Jon, pero para él fue como el resumen, solo en cierta manera embriagador, de las enseñanzas recibidas desde que el paso del tiempo se le impuso, como relacionado con la importancia del espacio en la conformación de las diferencias y afinidades sociales de la Ciudad. El idioma ya no era una dificultad, sino una especie de señal de que se podía salir del ámbito lingüístico propio con ganancias de todo tipo, incluyendo la de la toma de conciencia del lenguaje como objeto de atención en sí mismo y de contrastes entre sensibilidades ante la vida cotidiana. Y esta facilidad con el habla permitió que sus nuevos amigos llevados a Eire por la misma organización que la que a él le confundió el destino y que, en general, estaban localizados en el elegante sur del Liffey, consiguieran lo que ningún otro amigo había conseguido nunca, integrarle en una pandilla que a su vez tenía contactos habituales con un grupo de muchachas celtas de ojos verdes y pelo negro que no parecían tener demasiados reparos en el juego, todavía relativamente ingenuo, del amor carnal. Ante estas novedades los contrastes de clase que Jon arrastraba desde su Ciudad se disiparon un tanto, aunque no del todo, y su vida juvenil llegó a ser hasta cercana a lo normal, estrenando gestos en los que solo había logrado soñar y por poco tiempo, pues se sentía obligado a reprimirlos. No era poco frecuente ese juego pícaro de hacer girar un botella vacía en el medio de un corro mixto como en una especie de lotería en la que la persona señalada por el cuello de la botella pedía una prenda a cualquier otra del corro sentado en el suelo del salón de una de las casas que nos acogían para el verano. Esa prenda consistía invariablemente en un beso y a medida que el juego progresaba esos besos eran cada vez más y más intensos y apasionados. El que Jon intercambió con la chica mayor del grupo, ya realmente en sazón, le dejó desconcertado y atontado para el resto de la velada, tanto por su intensidad y duración como por la indiferencia posterior de esta muchacha, a la que no parecía haber afectado mucho a pesar de haber sido ella la que eligió a Jon para pagar la prenda. Jon se preguntó siempre el por qué de este gusto que las mujeres mayores parecían sentir por él, y nunca consiguió hilvanar una buena explicación más allá de conjeturar que eran estas chicas o mujeres de mayor edad de un grupo cualquiera las que se sentían llamadas a acabar con la aparente indiferencia de ese hombre un tanto distante que parecía sumido en sus meditaciones.

Nada hay realmente nuevo en esta salida a la vida a no ser que consideremos novedoso que esta excitación ni por un momento le hiciera olvidar sus preocupaciones por las relaciones entre clases sociales de su Ciudad, relaciones que ya no se limitaban en la cabeza de Jon a las márgenes de la ría, la izquierda y la derecha, sino que se extendían a la calidad del barrio donde residía una familia, el lugar donde veraneaba, si fuera de la residencia habitual o en la residencia de verano cuya localización era también un signo de identidad que unía o separaba, a la calidad y variedad de la ropa que vestías o la escasez o abundancia del dinero de bolsillo con el que salías a pasear al atardecer de un día cualquiera o a explorar la trastienda de ciertas librerías que se atrevían ya a exponer sin secretismo obras literarias o de pensamiento que el libro de buenas y malas lecturas no hubiera recomendado, pero que ahora eran manoseadas y adquiridas por una clase social nueva para Jon y que nada tenía que ver con sus antiguos grupos de amigos, y que no parecía estar representada por nadie en este grupo de jóvenes en ese verano irlandés. Pero los que sí estaban representados eran los jóvenes pertenecientes a la “aristocracia” de la Ciudad, una clase ésta que, aunque desde luego vivía en la margen derecha, hace ya muchos años que se distinguía por sus fincas en las Castillas o, lo que a Jon le desconcertó, por una cierta curiosidad intelectual que le costó desenmascarar. No podían ocultar su ignorancia de la tensión irlandesa o de la extraña preponderancia de los escritores angloirlandeses, pero parecían interesarse por cuestiones sociales en general o por la internacionalización que exigía el conocimiento de idiomas o por las simples novedades literarias. Uno de estos amigos de verano que venían de la Ciudad pero con los que Jon no había topado nunca en ella le planteó un día cualquiera un dilema moral que, le confesó, se había discutido mucho en un grupo de pensamiento que se reunía periódicamente: si era más grave la masturbación o la compra de sexo. Ante la ignorancia de Jon, evidenciada por el silencio, el joven “aristócrata” explicó con la lentitud de un avezado maestro que, sin duda, la masturbación era más grave pues, al fin y al cabo, la compra de placer iba dirigida al uso del sexo para su objetivo natural que no era otro sino la reproducción. Nada contestó Jon a esta explicación tan poco meditada, pero se dijo a sí mismo que nunca aceptaría la invitación que siguió al exordio para acudir a esas reuniones periódicas del club de pensamiento que parecía responder a una cierta forma nueva de educación religiosa que mejor habría hecho, siguió pensando Jon, no metiéndose en esos berenjenales morales.

Esta conversación tan iluminadora de lo que sería más adelante la clase dirigente, más otra anécdota que se produjo en unas carreas de caballos, acabaron por convencer a Jon de que su pertenencia a esa clase a la que su madre le hubiera gustado pertenecer, no le merecía. Otro miembro de esas reuniones, en efecto, le recriminó otro día de ese segundo verano irlandés que llamara la atención de una señora que atendía el bar del hipódromo llamándole “madam” en un tono más alto de lo normal. «Madam» es francés, explicó este alevín de prócer destapando así que nada sabía del inglés y que se había saltado la etapa de las luces. Tampoco esta vez recibió este joven de la Ciudad una respuesta por parte de Jon, pero ambas anécdotas fueron suficientes para detonar la furia serena de este joven que fue chiquillo de la margen izquierda y su determinación de que nadie sino él mismo podría trazar su camino y que este camino habría de pasar muchas veces por la bocana del puerto de la Ciudad importando ideas hasta que un día ese puerto también sirviera para exportar ideas. Ese camino sin embargo no estaba demasiado claro en la mente de Jon, siempre confuso entre el solitario de la madre y la boina del padre.

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las Indias 998 ~ 22 de agosto de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 22 de agosto de 2014

  • 12 gráficas de la economía global a tener en cuenta este otoño
  • Tipos de desempleo y ciclo económico
    Como los cambios en la demanda agregada modifican la demanda de trabajadores y los tipos de desempleo. Un post muy claro y muy bien enlazado que supone toda una puesta al día de lo más pedagógica sobre el estado del arte keynesiano.
  • La «inglesización» como proceso de ocupación global
    Robert Phillipson, Giorgio Pagano y Marco Cattaneo presentan la imposición del inglés como falsa «lingua franca» («lingua nullius») como la continuidad del mito de la «terra nullius» de Locke que sirvió para legitimar el dominio colonial. En el contexto de la imposición del inglés como lengua universitaria italiana, los autores se preguntan si no hay alternativa o futuro europeo mejor que el de la conversión de nacionales en «Apu»s coloniales deseosos de un reconocimiento como pares que solo estará disponible para los de clases más altas y siempre lastrados por hablar/pensar mal.
  • UE-Rusia: La importancia de ser Transnistria
    Según la posición oficial de Rusia, la única forma de conseguir este objetivo es mediante la creación de una federación que una los dos entes (el territorio moldavo y Transnistria), pudiéndose añadir un tercer componente: Gagauzia (la región administrativa autónoma al sur de Moldavia, habitada por el pueblo gagauz, una minoría turca pero cristiana ortodoxa). La razón es simple. La creación de una federación significaría que la fuertemente prorrusa Transnistria y quizás también Gagauzia (prorrusa como Transnistria, si no más), tendrían una influencia considerable en el gobierno central de Chisinau, especialmente en política exterior.
  • Slow Life
    En esta fase de mi vida he ido entrando en contacto con productores, con gente que ha ido cambiando de ritmo de vida y me he dejado seducir. En un par de años he pasado de vivir en el centro de Sevilla a la periferia de Santiago de Compostela y, ahora, a una aldea con un par de docenas de vecinos y con vistas a la Ría.

    [...] al mismo tiempo me niego a entrar en ese juego en el que todo lo local es lo mejor porque es lo nuestro. Siempre me he negado, pero ahora más que nunca porque creo que esa actitud cenutria sólo nos devalúa.

  • El sabor favorito de China es el picante
    Los amantes de la comida picante, en China pueden encontrar el paraíso (infierno, según se mire), ya que su cocina contiene gran variedad de platos picantes a prueba de los estómagos más resistentes. China dispone de una amplia gama de platos que puede hacer las delicias de los enamorados del chile.
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las Indias 998 ~ 21 de agosto de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 21 de agosto de 2014

  • «Los geht's» en Austria
    La tradicional feria germanófona de las comunidades igualitarias se celebra por primera vez en Austria donde han aparecido ya tres «kibbutz» de nuevo cuño.
  • El caos cotidiano que causa la automatización de horarios de trabajo en la vida de un barista de Starbucks
    «Al igual que prácticamente todas las cadenas minoristas y de restaurantes, Starbucks utiliza software para coreografiar a sus trabajadores en ballets precisos y complejos, usando tendencias de ventas y otros datos para determinar cuáles de sus 130.000 baristas se necesitan en sus miles de locales y exactamente cuándo se necesitan… a los gerentes se les suele compensar en base a la eficiencia con la que manejan las horas de sus subordinados… Sin embargo, esos avances están inyectando turbulencia en las rutinas y relaciones personales de los padres… sacando a algunas madres de la fuerza de trabajo y redistribuyendo parte de la incertidumbre de hacer negocios de las corporaciones hacia las familias, según lo relatan los padres, proveedores de servicios de cuidado de niños y expertos en políticas públicas»
David de Ugarte

David de Ugarte 2801 ~ 21 de agosto de 2014 ~ ~ 7 2

La «clase internacional» y el futuro del inglés como «lingua franca»

aburrimiento
En nuestros viajes nos encontramos muchas veces con miembros de un peculiar grupo social. Medio en broma, medio en serio, les llamamos la «clase internacional». Se trata de personas de diferentes nacionalidades que por haber crecido y estudiado desde pequeños en Gran Bretaña, tienen un tipo de habilidades lingüísticas hablando inglés que van más allá del manejo correcto de una lengua ajena. En nuestro mundo, las capacidades organizativas y comerciales son fundamentalmente habilidades lingüísticas. En la medida en que las empresas internacionalizaron desde los noventa tanto sus negocios como sus rentas, este tipo de personas capaces de seducir en la falsa lengua franca ganó fácilmente autonomía en los organigramas corporativos, haciéndose imprescindibles e incluso reproduciéndose hasta imponer el inglés como lengua de trabajo en la organización… lo que a su vez llevó generalmente a un desplazamiento de la extracción del equipo directivo y de los proveedores entre los que empezaron a aumentar, nada sorprendentemente, los anglófonos nativos.

Por supuesto, todo cambio material y toda identidad imaginada de grupo, llevan parejos cambios en los contenidos de las conversaciones. La «clase internacional» ama los saraos entre gobiernos y «sociedad civil»: grandes misas de las buenas-intenciones-no-conflictivas en las que se consagran los discursos de moda en el anglomundo como relatos supuestamente globales. Estos espacios son en general buenos entornos de relación y negocio, pero obviamente sirven también para impulsar una verdadera recentralización de las conversaciones.

El «problema» es el «no-inglés»

El sistema funciona «orgánicamente» y seduce con éxito a mucho empresario inteligente no bilingüe. Las declaraciones de Martin Varsavsky el otro día son un buen ejemplo:

Me encuentro representando a España a menudo porque hay muy pocos españoles que van a ciertos sitios donde yo voy, no sé por qué; bueno, sí, por no hablar en inglés. Yo he hablado muy bien de Amancio Ortega, pero es increíble que no hable inglés; ni Zapatero, ni Rajoy; ni Aznar, bueno, ahora aprendió algo. Pero es una vergüenza. En España el problema no es el catalán, el vasco o el gallego, el problema es el inglés.

eventoDicho de otro modo, Amancio Ortega es el ejemplo de lo disruptivo para el orden gerencial de la «clase internacional». Para ellos, como remarca Varsavsky, «es una vergüenza» que empresarios como Ortega gestionen una empresa global en su propio idioma. Un pésimo ejemplo que podría calar incluso entre los políticos. ¿Dónde vamos a llegar?

¡Claro! Gerenciar en español supone dar ventaja a proveedores, directivos y ejecutivos cuya lengua materna es el español y romper la lógica centralizadora del inglés. Y es que el problema, para estos abanderados de la globalización anglificada está, ante todo, en el español y el francés, lenguas con el suficiente número de hablantes como para dotar a cualquier empresa de proveedores y expertos «nativos» en cualquier ámbito.

zaraPor eso, al parecer, las lenguas con menor número de hablantes «no son el problema» según insiste Varsavsky: mientras no proliferen ejemplos como el de Inditex, admitirán como natural, por las menores escalas de sus mercados de trabajo, recurrir a profesionales de la «clase internacional» y a empresas gestionadas por ellos.

Contratendencias de fondo

¿Pero por qué tanta violencia en las declaraciones? En primer lugar porque hay una contratendencia importante: la reducción de las escalas empresariales óptimas multiplica los agentes y la globalización de los pequeños descentraliza buena parte de los flujos comerciales. Así que la PYME global no entra en «la mayor» de la «clase internacional», no requiere pasar por el anglomundo para vender. Si tu mercado no es parte del anglomundo, a las finales lo que necesitas para vender es hablar la/s lengua/s del país de destino de tus productos y te da lo mismo que sea un idioma hablado por cientos de millones de personas que por un por unos cuantos miles.

En segundo lugar, a estas alturas, a no ser que el objetivo principal de una organización sea conseguir rentas de instituciones supranacionales como la UE, no necesita recurrir al mercado de trabajo anglófono. Hoy hay profesionales formados en todas las lenguas. Lenguas como el portugués, el italiano, el catalán, el euskera o el gallego, son lenguas universitarias que preparan a todo tipo de especialistas, mientras que los intentos de sustituir lenguas maternas por el inglés en la educación universitaria han resultado ser «un tiro por la culata».

Alternativas

Si estas contratendencias siguen desarrollándose, desde luego el pretendido monolingüismo de las relaciones comerciales globales se seguirá erosionando, aunque el discurso de la clase internacional se niegue a verlo o lo desprecie.

Por supuesto, veremos desarrollarse aun más intensamente el intercambio económico dentro de los continuos lingüísticos. Y seguramente, cuando de lo que se trate sea de formar equipos entre personas de distintas lenguas maternas, cada vez serán más frecuentes otro tipo de aproximaciones. Unas nacerán del aprecio por el plurilingüismo y estarán basadas en el desarrollo de herramientas de intercomprensión. Otras pensarán la lengua común como un software que puede elegirse y adoptarse según las necesidades comunes. Es muy posible que (cuasi)automaticemos la traducción de nuestra correspondencia entre lenguas de las mismas familias, pero también que las lenguas sintéticas, hoy en crisis de identidad, conozcan un nuevo florecimiento bajo nuevas perspectivas.

En resumen, no veremos una alternativa al inglés como «falsa lengua franca», veremos aparecer y consolidarse muchas en tantos otros ámbitos y usos. No estamos, como parecería por discursos como el de Varsavsky, en una dicotomía entre una globalización correcta, anglófona y enriquecedora, y una cerrazón localista y empobrecedora, aferrada a unas lenguas inútiles para un mundo abierto.

La alternativa se da entre la recentralización de conversaciones, empresas y flujos económicos que postula la «clase internacional» -que se fortalece con los nuevos proteccionismos y el hiperdesarrollo de las burocracias supranacionales- y la diversidad distribuida de la globalización de los pequeños.

En este último escenario, como en tantos otros temas, no hay un futuro único, inevitable e igual para todos, sino muchos. Tantos y tan distintos como las comunidades que los construyen.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2143 ~ 20 de agosto de 2014 ~ 0

Las luces

remolcador1El chiquillo de la margen izquierda continuó pasando los largos veranos en la margen derecha en una casita de aquellas de arquitectura local, sita justo detrás de una iglesia muy frecuentada, y desde la que se divisaba una preciosa vista del Abra. Era una casita de dos plant,as la segunda de las cuales era ocupada por la familia de este chiquillo durante más de tres meses, desde San Pedro y San Pablo, a finales de junio, hasta el día de la hispanidad, último día de las vacaciones escolares. Aunque seguía paseándose por la playa y acercándose hacia el área que ocupa el toldo de la familia de Esperanza, comenzó a desarrollar sus propias amistades, que acabaron conformando un grupo de verano no necesariamente relacionado con su grupo de invierno, entendiendo por tal el que se fue formando entre compañeros de curso. Quizá podría haberse esperado una cierta quiebra psíquica a raíz de esta brecha en la formación del sentido colectivo, pero nada parecía afectar a la psique de este chiquillo que, desde muy pequeño, consiguió hacer siempre lo que le dio la gana bajo la mirada ciega de la señorita Carmen que, en complicidad con la madre de Jon, trabajaba por las elaciones de éste a través de su contacto con otras misses, fräuleins o mademoiselles que cuidaban de los hijos de familias acomodadas que no solo deseaban que sus hijos supieran desde pequeños el correspondiente idioma, sino que además pretendían alardear de señorío y capacidad económica. Ni siquiera pareció notar un cambio bastante brusco en las rutinas veraniegas cuando por primera vez el padre de Jon confesó que el Parkinson le impedía viajar todos los días entre el centro de la Ciudad y esta zona de la margen derecha y la madre organizó a las hijas e hijo en una pensión no lejana a la casita bajo la supervisión general de la señorita Carmen. Los planes de entretenimiento seguían siendo los mismos, playa, tenis de tarde y bicicleta, pero ya no tenía forma Jon de corresponder a las invitaciones a las casas de verano de amigos de los de este estío tan largo. Seguramente eso destapaba las diferencias sociales y económicas y tuvo que hacer mella, no tanto en Jon, sino en su madre, que si bien supo poner por delante de todo la obligación prioritaria de cuidar al marido, debió sentirse frustrada en su estrategia de colocación de sus hijos a pesar de la resistencia pasiva de ese marido desde ahora ya definitivamente alejado del mundo. Pero Jon parecía no enterarse de esas cosas, siempre concentrado en coger olas, ganar al tenis justo después de comer antes de que los chicos y chicas mayores reclamaran la pista ya reservada a su nombre o batallar en la bicicleta en las carreras organizadas a media tarde. No fue la rebaja de status que representaba la pensión, sino la negativa de sus padres de comprarle una bici con motor, lo que por primera vez le hizo pensar a Jon que igual no todos eran iguales y que había por esa margen derecha chicos y chicas muy distintos unos de otros en sus costumbres familiares o en sus valores o en sus posibilidades económicas.

Fueron unos cuantos años que conformaron un rasgo peculiar de Jon, un rasgo que quizá es muy común pero que no siempre tiene el mismo origen, ese despegue de todo lo que no tuviera que ver con el cuerpo a cuerpo, con la competición en lo que fuera, ya se tratara de los resultados escolares, ya de los éxitos o fracasos deportivos o en su momento de los éxitos con las chicas. Lo importante, lo verdaderamente importante no era tener éxito, sino vencer a un contrincante y hacerlo de una manera natural, distanciada, como sin esfuerzo. Esto no era tan difícil en los meses escolares, pues en el colegio los retos estaban organizados y cualquier fallo podía compensarse mañana, pero en los entretenimientos de verano la competición comenzaba a localizarse en otro punto menos claro. Tener o no bici con motor, tener casa individual propia durante esos tres meses, ya no eran cuestiones que podrían ser dadas la vuelta al siguiente día o al siguiente mes y Jon comenzó a reconocer, siquiera en el inconsciente, que uno tenía que construirse el mundo en el que jugar, luchar o competir, tanto da una cosa como otra.

Uno era responsable de su espacio y de su tiempo. Esa idea de Jean-Paul Sartre que leería y entendería años más tarde, era el sentimiento que le fue apartando de sus amigos de verano y le empujó a seleccionar sus amigos de invierno. Y desde luego fue la razón por la que, para alivio de su madre, no opuso ninguna resistencia a comenzar su formación extracurricular en idiomas pasando la mayor parte de los veranos siguientes en países europeos para aprender desde luego el francés, que la madre sabía y se enseñaba en el colegio, o el inglés que el padre había estudiado en aquellos librotes de estructuras navales y, a poder ser, también el alemán, que por nada del mundo debiera considerarse el idioma de un pueblo derrotado. Como por algún lado había que comenzar los padres de Jon decidieron, de acuerdo con los padres de uno de los amigos de invierno, llamado Juan, ponerse de acuerdo con los curas del colegio para colocarnos los próximos veranos en uno u otro lugar francófono en el que, además de internacionalizarnos un poco, nos iniciáramos en la formación de la que se podría llamar patrón de remolcador de altura pues alguien tendría que hacerse cargo en la Ciudad de atraer a los grandes cargueros llenos de mercancía que habría que almacenar y luego distribuir. Y así fue cómo Juan y Jon iniciaron como pioneros de su curso del colegio el camino de la ruptura de unas cadenas que no sabían les atenazaban.

El primer verano no les alejaron mucho de casa y lo pasaron en el País Vasco-Francés, donde ni uno ni otro de estos dos amigos podía hablar con nadie en otro idioma que no fuera el francés o el euskera que ambos desconocían. Vivieron en casa de un matrimonio aldeano que tenía un hijo de su edad que esperaba poder entrar en el seminario local el siguiente curso y que les mostró los locales donde tenía lugar la universidad de verano y de donde sacaron libros poco adecuados a su edad que no pudieron más que hojear y de los que solo les quedaron algunas ideas guía que, en cualquier caso, no les abandonarían nunca. Voltaire, Montesquieu o los enciclopedistas fueron desde entonces señas de indentidad distintivas de sus personalidades por otro lado bien distintas. Pero no fue solo eso lo que trajeron de vuelta a casa. Para sorpresa tanto de Jon como de Juan las fiestas del pueblo en el que vivían se celebraron bajo la enseña vasca, la ikurriña, esa bandera que Jon solo había visto en forma de insignia que, una vez al menos, llevó prendida en el interior de la cintura del pantalón a sugerencia de la señorita Carmen, una heroicidad que ésta celebró mucho más que cualquiera de los éxitos deportivos, pero en silencio para que no se enteraran los padres o, más exactamente, la madre.

Cargados ya de secretos, el segundo verano de la educación afrancesada fueron enviados a otra casa semirural en un pueblo más al norte en el que ni se podía ir a playa alguna a ver mujeres en bikini ni lucía la ikurriña, pero en el cual parecían veranear familias de París, algunas de las cuales tenía hijas de la edad de estos dos futuros patrones de remolcador de altura. Nada intelectual ocurrió ese verano, pero tanto Juan como Jon vivieron en el contacto diario con chicas francesas lo que, en cierto sentido, había sido mucho más instructivo que la Enciclopedia. La libertad con la que se expresaban o la picardía de muchos de sus comentarios eran para estos dos jovenzuelos el contenido real de esa idea de libertad que, aunque relacionada con la ikurriña de una manera que no lograban expresar, se mostraba radiante en pequeñas bromas con intención que, de rebote, les enseñó para siempre que también las ideas de fraternidad y de igualdad tienen un contenido muy real y nada etéreo que se materializa a veces en esa costumbre de aquella época de continuar el contacto por carta, una práctica que mantuvieron los dos amigos con las que resultaron ser sus dos chicas más cercanas.

Esto es justamente lo que les faltó a los dos amigos el tercer verano en el que, ya sin la supervisión de los curas del colegio, fueron transferidos a un colegio suizo del cantón de la Vaude solo para varones en el que la internacionalización necesaria para patronear un remolcador de altura parecía ser el producto estrella. Allí estaban aparcados desde iraníes a italianos pasando por griegos o alemanes. Se notaba la precisión suiza en los horarios y en la organización de las actividades tanto escolares como extraescolares. Con un par de italianos de su edad y el acompañamiento de algún cuarto, practicó Jon el tenis con cierto rigor impuesto por un entrenador italiano, algo que le sirvió para toda la vida, aunque no necesariamente en términos deportivos. Lo que el tenis enseñó a Jon fue el miedo al éxito. En un campeonato de tenis perdió una final que iba ganando por cinco juegos a uno en el último set. Nunca le abandonó el miedo a pensar en aquella derrota que, desde luego, fue humillante, pero algo más. Por primera vez se enfrentó a a algo que no llegó a comprender.

Pero lo que realmente hizo de ambos amigos gente de mundo no fue el tenis sino el esquí acuático y el remo: el peligro a caer y el espíritu de equipo. Pero también había salidas diarias ampliadas los fines de semana y eso les permitió a ambos amigos seguir cultivándose un poco en la cultura francesa, ahora concentrada en películas de autor que les pusieron en contacto con las artes, y continuar su educación sentimental cada día más carnal dentro de un orden de chicos de colegio de curas de un país todavía retardado en casi todo.

Después de estos veranos que evitaron a Jon aquella primera vergüenza de la pensión, la enfermedad del padre de Jon se había agravado lo suficiente como para dejar el trabajo en el astillero y pensar en volver a pasar el verano en una casita alquilada de la margen derecha no lejos de la Iglesia cuya mole cegaba un tanto la buena vista que había desde el balcón de aquella primera casa que resume la infancia de Jon. Pero el tiempo no había pasado en balde, y ya no era momento de hacer esfuerzo alguno para recuperar aquellas amistades de verano, gente que había seguido viéndose y apretando los lazos de un grupo que buscaba su identidad colectiva, algo a lo que Jon ya había renunciado hace tiempo. Su futuro estaba marcado y, sin saberlo, no iba a hacer otra cosa que reforzar las líneas de ese futuro que le encaminaban hacia el distanciamiento respecto a todo. No solo habría de afrontar la soledad en bastantes ocasiones, sino algo más raro y profundo que no le permitía sentirse cercano a nada, pues sabía de antemano que no hay nada de lo que uno pueda estar cercano de manera permanente. No era que la fidelidad le fuera ajena, es que sabía de antemano que, en su caso, su fidelidad no era una virtud, porque no era sino el resultado de su conocimiento de que la traición hubiera sido algo inútil pues nunca le hubiera llevado a ningún lado, ni hacia alguien al que podría haber sido fiel.

Sabía Jon que su maldición sería la soledad, pero no una de esas que se pretende enarbolar como un estandarte de singularidad, sino como un simple continuo pequeño mareo que no inutiliza para nada, pero que no permite terminar nada relativamente importante, pues antes de ello una fuerza extraña le llevaría por cualquier otro derrotero. Y sabiéndose así pensó que se aprovecharía de las circunstancias familiares y continuaría una vida en la que los meses fríos estarían dedicados a cumplir con lo que se esperaba de él y los meses de verano seguiría a la búsqueda de una quimera que ni siquiera sabía nombrar. La competitividad necesaria para la vida en común no le era difícil de conjurar sobre todo porque no le importaba nada perder. Si en general era un ganador era precisamente porque podía competir sin angustia alguna. Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar, además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla. Jamás se le pasó por la cabeza tratar de redireccionar su vida por el camino claro que su madre le indicaba. Sabía que si no hacía nada más dejarse llevar, acabaría siguiendo paso a paso el camino que su padre procuraba ocultarle, pero que un día se lo marcó con una simple actividad fuera de lo corriente, la actividad de esa extraña asociación no regular de patrones de los remolcadores de altura.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2143 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Penetración

mapamundi
La Ciudad tiene muchos nombres en ambos idiomas, pero todos hacen referencia a que es como un agujero en la tierra, un bocho rodeado de montañas que la aislaron mientras las comunicaciones fueron rudimentarias y le salvaron de algunos ataques bélicos. Este hecho hace que esta Ciudad componga como un sistema complejo que se sostiene hasta que algo externo ocurre y el sistema explota y cambia de configuración. Y esto externo no puede llegar sino a través del mar, entrando en la Ciudad por la ría a partir del Abra, esa especie de laguna en la que se entra o se sale a través del canal que dejan abierto los dos contrafuertes, el que sale desde la margen izquierda, largo y estilizado, y el que se insinúa, corto y gordo, desde la margen derecha. Cada uno se remata con un faro que proyecta su luz con diferente frecuencia, lo que facilita el acceso normal al canal del buque, casi siempre de carga, aunque a veces entra uno de pasajeros para ser reparado en alguno de los astilleros de la ría, la mayoría de ellos en la margen izquierda. Pero no bastan estas señales luminosas tan codiciadas por los niños que las observan ensimismados, pues el canal tiene sus misterios y ningún buque, del tipo que fuere, se arriesgaría a embocarlo por su cuenta y riesgo sin la ayuda de un práctico que conoce las última modificaciones de la trayectoria. Sacar el buque a alta mar más allá del paso entre los faros no es muy difícil ni peligroso para el práctico, pero llevarle desde cualquier punto de la caprichosa mar sujeta a vientos muy variados puede ser un problema que exige salir lejos y tener una pericia nada fácil de encontrar. Es esta asimetría la que hace que los remolcadores de la ciudad se denominen remolcadores de altura y que los prácticos que los pilotan formen una clase de gentes inconfundibles. Todos chapurrean lenguas extranjeras y tienen amigos en todas partes. No hay nada de extraño en que en momentos cruciales del devenir histórico de la Ciudad hayan jugado un papel importante. Sin remontarse much,o basta con rememorar todas las historias que corren en voz baja acerca de las ayudas que estas gentes proporcionaron a uno y otro bando de la guerra civil y los servicios que prestaron a gentes de una u otra manera de pensar en la guerra mundial que siguió casi inmediatamente. Buques de uno u otro tipo surcaban las aguas cercanas y los patrones de los remolcadores de altura jugaron su papel en las labores de espionaje.

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente. Esta evidencia se iba formando en la mente de Jon desde aquella noche de perros en la que tuvo una visión que, aunque no muy clara, le proporcionó un cierto dibujo de la personalidad del padre y poco a poco de toda la Ciudad, como si ésta en su esencia no fuera sino una extensión de aquella personalidad. La Ciudad, en efecto, habría de ser siempre un locus en el que la penetración debe estar presente y ser de lo más frecuente, para lo cual también tiene que tener lugar la salida del bocho por mar para oxigenar las ideas. Este ir y venir, este mete y saca, si así nos quisiéramos expresar, hace que los verdaderos moradores de la Cuidad, los que le dan su tono más allá de detalles sin interés por mucho que puedan mover muchos intereses, sean inclasificables. Siempre se puede encontrar en ellos algún rasgo de los que definen el momento espiritual del mundo, pero si se pretende entenderlos a partir de ese rasgo se encontrará en seguida la contradicción con otro rasgo que también define su personalidad. Por eso el único y verdadero rasgo definitorio es el enfrentamiento contra cualquier intento de normalización encaminado a etiquetar la Ciudad en un grupo de ciudades o a sus habitantes en un espacio mental determinado.

Por eso los verdaderos ciudadanos de esta Ciudad semiaislada, como el padre de Jon, se identifican no tanto por un «sí» entusiasta a la vida, sino por un «no» continuo a los estereotipos que se quieren dibujar de su personalidad inasible. Son, sin pretensión alguna, patrones de esos remolcadores de altura que se necesitan, y no solo en esta Ciudad, tanto para salvar los contactos de lo que llamaríamos contrabando político, como el que ocurrió aquella noche de perros, como para dejar que se pueda siempre salvar de cualquier intento de autarquía a las ideas que llegan en grandes buques no lo suficientemente grandes para albergar todas las necesarias. La herencia de las luces solo llega en pequeños pesqueros provenientes de un poco más allá de la frontera, y por lo tanto se conoce mal, aunque ha sido imprescindible para no abandonar nunca el ansia de libertad y acompañarla de la fraternidad y de la igualdad. En ciertas épocas se olvidaron estas últimas y la exigencia de libertad pudo enquistarse en el Terror, pero más a menudo ha sido casi siempre cierto que el igualitarismo y la comprensión fraternal ha permitido disolver los odios en una sopa que si bien no es muy sabrosa, es, al menos, sopa caliente. Lo que desde luego traían los grandes buques era la mezcla inconfundible de pragmatismo y de inteligencia que ha permitido a los británicos no perder ninguna guerra. Bien recordaba Jon la admiración de ese patrón de remolcador de altura, en sentido genérico, que era su padre, por la figura de Churchill, y se encargó silenciosamente de que en su casa se supiera que no solo era un político conservador que realmente luchaba por sus conciudadanos, sino también un escritor insigne que supo como nadie convencer de la validez de ciertos valores en contra de las pretensiones de no pocas ideas inteligentes pero que no habían probado la dureza del metal del que estaban hechas. Mucho menos conocida en la Ciudad eran las actitudes de esa Centroeuropa que siempre comenzaba las guerras y nunca las ganaba. Pero aun así la observación interesada de ambas guerras llamadas mundiales y las ganancias que a la Ciudad acarrearon a través de la exportación de aquello que los ejércitos en pie necesitaban, contribuyeron a que en ciertos sectores se afianzaran ideas relativas al honor y a la raza como signo identitario imposible de negar, ideas estas con muchas ramificaciones a muchos niveles, incluyendo el sentido del trabajo bien hecho.

Pónganse ahora juntas todas estas ideas que por difíciles de conocer eran tanto más fanáticamente defendidas por unos o por otros en la Cuidad y se entenderá que la aparente jocosidad que se atribuye a sus verdaderos hijos no es sino el triunfo de la fraternidad, un bálsamo que solo se usa para continuar viviendo juntos sin excesivos roces y para cuidar con él el crecimiento y educación de los nacidos, como era el caso de Jon, en medio de este maremágnum ideético. Un lío que tan bien reflejaba aquella foto que nunca desapareció de su memoria visual, en la que su madre y su padre salían de casarse en donde todo habitante de la Cuidad con cierta tradición lo hacía y justamente el día del bomardeo de Guernica. La madre, muy seria, lucía un buen brillante en su mano derecha, que parecía utilizar para expresar lo que fuera con una dignidad exagerada. El padre, en su combinación que Jon asociaría para siempre a su figura. Traje impecable de sastre inglés y boina de diseño local que, sin embargo, servía no tanto como etiqueta de raza sino, sobre todo, de recuerdo de un asedio en el que su padre, de sombrero riguroso, tuvo que enfrentarse a otros habitantes más bien rurales a los que su padre ahora ofrecía la paz desde su pragmatismo anglófilo.

Margen izquierda y margen derecha no eran sino una simplificación de toda esta mezcla de influencias foráneas sobre un pequeño bocho que no tenía más remedio que mirar hacia fuera si no quería desvanecerse en la nada. Ahí, en la foto de boda de sus padres, empezó el calvario y el camino de perfección de Jon. Entre un margen y otra, entre el casco y los ensanches, entre la religión de sociedad y las ideas que aquélla silenciaba, entre la violencia y la supervivencia. En medio de todas estas tensiones castrantes, con las montañas siempre ahí separando el valle de todo lo que quedaba al sur, todavía le quedaría a Jon los caminos del mar por donde navegaban las novedades y de donde venían los buques que las portaban y que penetraban lenta e inexorablemente en el largo útero de la Ciudad.

las Indias

las Indias 998 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 1

Lecturas interesantes del 14 de agosto de 2014

Qué es «las Indias»

Juan Urrutia2143 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 0

Una noche de perros… y ranas

cuidado-ranasParece que la borrasca se va alejando, pero ayer sufrimos una de esas que no se olvidan. Los rayos y los truenos fueron casi constantes y la luz eléctrica se iba y volvía sin ninguna prisa. Si una vez hace años nos quedamos encerrados fuera, ayer corríamos el peligro de no poder salir, pues la puerta para el coche funciona con electricidad únicamente. Creíamos que el tejado no tenía fisuras, pero comenzaron las goteras, y llenamos el piso de arriba con baldes como los que se veían en los años cincuenta en cualquier casa. Fue sin duda una tarde-noche de perros, y esta mañana en mi paseo matinal he visto muchos perros solos, como si hubieran salido huyendo de su encierro, a cazadores gritando por los cotos de caza sin duda llamando al perro extraviado, y a varios automovilistas dubitativos vagando a la búsqueda de sus mascotas, o decididos una vez recuperadas éstas. Pero la mayor muestra de la dureza de la borrasca han sido las ranas. En mi paseo he visto cuatro cadáveres de rana, cada una con manos y patas estiradas como si se hubieran ahogado en un medio que no es el suyo, algo solo explicable por la cantidad de agua que la tierra no podía absorber. Esto de la naturaleza es algo realmente cruel en lo que nos encontramos inmersos.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2143 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Un interludio económico

Recesión europea
En medio del esfuerzo por ir dando forma a la gran novela de Bilbao, título a penas pretencioso, y de terminar de ordenar las entradas que conforman la serie «Hacia un Nuevo Relato», que continúa y cierra, esperemos, Crónica de un Crisis, me permito una distracción para mencionar las últimas malas noticias de la economía europea y la vaciedad del lenguaje de nuestros políticos, forzado, claro está, por los datos aparecidos ayer día 14 y dados a conocer en los periódicos correspondientes a la Virgen de Agosto. Por una vez estoy contento de estar de acuerdo con el columnista del País José Carlos Díez , y recuerdo que su propuesta ya fue señalada en estas páginas al usar como pancarta: inflación y eurobonos.

Juan Urrutia2143 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Parecido razonable

Tip y coll

Como ayer por la noche alguien que sabe mirar el arte me dijo que cada vez me parezco más a Txillida, he cogido confianza en mi recuperada capacidad fisiognómica de la que hacía gala el otro día. Esta capacidad, más la inactividad física en el Ampurdán, me han llevado a descubrir otro parecido que me parece asombroso. Verán. Dedico bastante tiempo a la televisión y especialmente a «Amar es para Siempre», la saga de Antena 3, y ahí me he fijado en Antonio Garrido, intérprete del malo Augusto Lloveras. Su cara me recuerda a alguien, pero hasta ayer no he sabido exactamente a quién. Ayer, en efecto, me relajé por la noche con la repetición enésima de números maravillosos de Tip y Coll en el programa «Cómo nos reímos» y, en un momento dado, caí en la cuenta de que la cara de Coll en aquellos años en los que tendría la edad del Lloveras de la serie, es idéntica a la de este último.

David de Ugarte2801 ~ 12 de agosto de 2014 ~ 0

Ensayos y pruebas

Teatro Municipal de Rio Teatro municipal de Rio Teatro Municipal de Rio Teatro Municipal de Rio
Acaba el día y lo acabo agotado tras pasar la tarde con el maravilloso equipo de TEDxRio en los ensayos. Grandes conversaciones y el increible entorno del Teatro Municipal de Río de Janeiro, una inmersión en el optimismo y las referencias culturales e históricas con las que se emparentaba el Brasil de los primeros años del siglo XX. Mañana a las ocho, se abrirán las puertas de nuevo con decenas de futuros alternativos.

David de Ugarte2801 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 4

Puesta de Sol sobre París, amanecer en Río de Janeiro

Anochecer sobre Francia Rio Lagoa Rio Amanece en Lagoa Rio Copacabana

Tras un largo viaje pasando por París, llegué a tiempo de ver amanecer en Río. En un par de horas comenzaremos las previas y los ensayos del TEDxRio Metropole. Pronto más desde Copacabana…

Juan Urrutia2143 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 3

Fisiognómica munichesa

goethe_stieler_1828Ya de vuelta. Llegamos ayer por la tarde y bastante cansados pues el tráfico era muy denso. Pero refrescados de la rutina. Muchas cosas podría contar de München y casi todas buenas, desde la belleza de sus gentes y sus calles hasta la increíble riqueza museística. Pero prefiero contar cómo he recobrado mi potencia fisiognómica. En el café del museo Lenbauhaus -cómo no, puesto al día por Foster- reconocí a Belén López, la bella y malvada Tía Elena de «Amar es para Siempre». Y en una exposición de fotografía de Avedon reconocí a Toni Zabalza en un retrato de Cioran. y después de varios días de propinas, el maître de desayunos del hotel me confesó que me encontraba la versión rejuvenecida de Blatter el de la FIFA. Sin embargo, el verdadero shock vino al reconocer en el retrato de Goethe con una carta en la mano derecha en la Nueva Pinacoteca, a mi doble. No me había fijado, pero de repente me di cuenta de que no podía salir de una cierta sala porque me seguía la mirada del retrato de un hombre por otro lado muy parecido a Txillida, del que yo llevo camino de ser su vivo retrato.

Alan Furth48 ~ 5 de agosto de 2014 ~ 0

Alemania, ¿la nueva tierra de las oportunidades?

grafitti-art-berlinAsí es como la describe el Washington Post. Alemania ya es el segundo destino más importante para los inmigrantes a nivel global después de Estados Unidos, en donde el debate sobre la inmigración se hace cada vez más tóxico. El gobierno alemán, por el contrario, se ha abocado a simplificar los procedimientos migratorios, subsidia el aprendizaje del idioma, y hasta abre «centros de bienvenida» para los que llegan buscando su trocito del «sueño alemán».

El artículo describe la vida cotidiana de Jordi Colombi, un arquitecto catalán que estaba desempleado en Barcelona pero ahora trabaja en Berlín: «durante una tarde reciente en su oficina en la obra, Colombi… se alterna a diario entre el inglés, catalán, español, italiano y alemán básico, mientras analiza los planos con un pasante de ingeniería de la India».

Y es que Alemania ha ido mucho más allá de la Unión Europea para atraer la mano de obra que necesita su boyante economía, introduciendo un sistema de «Tarjeta Azul» que en la práctica deja entrar al país a cualquiera que tenga un título universitario y una oferta de trabajo con un salario mínimo de 50.000 a 64.000 dólares al año.

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