El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Alan Furth

Alan Furth 45 ~ 23 de julio de 2014 ~ ~ 20 4

Cultivando el jardín epicúreo con Hiram Crespo

jardinepicureohiramA raíz de la publicación de la traducción al inglés del post de David sobre el epicureísmo («Fraternidad, subversión, cerdos y espárragos»), nos contactó Hiram Crespo, con quien desde entonces mantenemos una enriquecedora conversación sobre el rol que el epicureísmo puede llegar a jugar para revivir la milenaria función terapéutica de la filosofía, rol que se hace cada vez más necesario en un mundo en descomposición acelerada.

Hiram es el fundador de la Sociedad de Amigos de Epicuro y acaba de publicar un libro que tuve el gusto de leer durante las últimas dos semanas.

El libro es una resumida pero muy completa introducción a los principios básicos y la práctica del epicureísmo. Pero también brinda una interesante interpretación de las enseñanzas de Epicuro desde el punto de vista de la psicología positiva, la neurociencia y otras disciplinas científicas que hoy en día corroboran gran parte del legado del maestro. Dada la prominencia de Epicuro como una de los primeros filósofos en defender la necesidad de estudiar las ciencias para liberarnos de nuestros miedos irracionales, este aspecto del libro es en sí mismo un homenaje a su memoria. Uno no puede evitar pensar que él mismo, de vivir hoy en día, habría ampliado el enfoque de sus enseñanzas para abordar estos temas.

El camino a la ataraxia

epicurusA lo largo del libro, Hiram va desglosando los elementos que Epicuro consideraba como indispensables para alcanzar la ataraxia, ese estado de imperturbabilidad y serenidad que permitiría a sus discípulos vivir una vida genuinamente placentera.

El camino a la ataraxia que el epicureísmo nos invita a recorrer es fundamentalmente minimalista: si bien no llama a renunciar a los placeres «cinéticos» -aquellos que disfrutamos como resultado de la consecución de un plan de acción más o menos estructurado, como jugar, practicar deportes, comer, beber o tener sexo-, los considera secundarios y potencialmente peligrosos por su capacidad de causar desasosiego, adicciones, y en general desviarnos del camino a la ataraxia, sobre todo al degenerar en la persecución de los aun más destructivos «deseos no naturales y no necesarios», como el ansia de poder, fama, gloria y otros delirios.

Por el contrario, Epicuro considera fundamentales los placeres «catastemáticos» o estables, definidos como aquellos que nutren un estado de armonía interna a través de la ausencia de dolor de cuerpo y alma -un «alma» definida en sentido estrictamente naturalista como comprendida por el sistema nervioso y neurológico, así como todo a lo que hoy en día nos referimos como la psiquis de un individuo. Y para eliminar el dolor del alma, Epicuro proponía varios remedios fundamentales, entre los que destacan la reflexión filosófica y el cultivo de la amistad, de la verdadera comunidad.

La vida analizada

2005323540_c2c412f78d_mPara Epicuro, la reflexión filosófica tenía como objetivo fundamental el liberarnos de prejuicios y creencias irracionales que se convierten en fuente de ansiedad y miedos de todo tipo. Quizá el ejemplo más conocido sea su argumento contra el miedo a la muerte, pero la idea general consiste en que las pasiones irracionales -desde el apetito desmesurado por la comida y el sexo hasta la irascibilidad y la arrogancia desmesurada- en general se sustentan en creencias irracionales, y que si logramos dilucidar las contradicciones inherentes a esas creencias, nos liberaremos de la tiranía de las a pasiones a las que sirven de sustento.

Hiram también nos recuerda que gran parte de esta capacidad para analizar nuestras vidas tiene que ver con la simple -más no fácil- tarea de aprender a enfocar nuestra atención y dirigirla a tomar consciencia de nuestros hábitos y formas automáticas de conducta: la vida analizada no se basa necesariamente en un desarrollo avanzado de las facultades de reflexión más allá del control adecuado de la atención. Esto es tal vez una de las razones por las que movimientos contemporáneos como el minimalismo existencial se dedican en gran medida al cultivo de la atención plena en un mundo hiper-conectado y cada vez más lleno de distracciones banales. Pero si bien en la blogsfera del minimalismo existencial abundan las metáforas y los ejercicios de meditación inspirados en el budismo zen, el libro de Hiram nos recuerda que no es necesario ir más allá de nuestra propia y sumamente rica tradición de pensamiento occidental para encontrar inspiración en este sentido.

La atención es la herramienta que usan nuestras mentes para darnos un modelo de la realidad: si la usamos mal y dejamos que curse como un río donde quiera, nos perderemos en las rendijas de la inercia y el hábito. Al vivir de acuerdo a nuestra resolución firme de crear vidas placenteras y prestar atención, nos aseguramos de ser nosotros quienes dirigimos la barca y no los piratas de nuestras tendencias inconscientes.

La felicidad más pura requiere de atención total y es un modo de ser, no un modo de pensar o de buscar. En el momento que hacemos la observación de que estamos felices nos estamos distanciando… de nuestra experiencia por medio del acto mismo de observar, y si estábamos, por ejemplo, bailando y embelesados oyendo música… ahora la experiencia es menos extática. Se rompe la burbuja.

La teoría hedonista calculada y racional de la filosofía se opone con vehemencia al hedonismo de la gratificación instantánea que se practica hoy vulgarmente, la cual no es epicúrea en absoluto. Requiere de un proceso preliminar de introspección, de discernir entre los deseos necesarios e innecesarios.

La amistad

David nos recordaba en su post que sobre todas las cosas, lo que hizo verdaderamente subversivo al epicureísmo fue su fuerte noción de fraternidad comunitaria:

Como los mitraicos, a los que parece ser que influyeron aunque en menor medida que los estoicos, los epicúreos parecen intuir el número de Dunbar. No solo predican el apoliticismo, sino que dividen sus comunidades para no ser tantos que no pueda disfrutarse de una fraternidad que en la práctica parece ser tan importante como la libertad para la búsqueda de la felicidad.

El hecho de que Hiram esté abocado a hacer crecer la Sociedad de Amigos de Epicuro ya habla por sí mismo, pero además en su libro deja claro que no podría estar más de acuerdo con David en cuanto a la prominencia de la fraternidad como valor fundamental del epicureísmo:

Una cosa es leer y aprender estas enseñanzas de un libro, pero otra muy distinta es aprenderlas de amigos entrañables que nos quieren bien, que nos lo expresan y nos recuerdan que la muerte no es nada para nosotros. La sana amistad hace toda la diferencia. La experiencia de las enseñanzas de la filosofía era mucho más reconfortante cuando era adquirida en el contexto de la afiliación.

Es por esto que la terapia epicúrea solamente puede ser vivida de modo completo y conciso dentro de una comunidad de amigos de mentalidad afín, y el construir y nutrir una red de este tipo de amigos debe ser vista como uno de los más importantes proyectos a largo plazo de todo filósofo epicúreo.

La felicidad sintética

Una de las reflexiones que más me gustó del libro de Hiram fue la manera en la que rescata el concepto de la «felicidad sintética», tal como la plantea Daniel Gilbert en su libro «Tropezar con la felicidad», a la luz del epicureísmo.

En su libro, Gilbert demuestra con una cantidad enorme de evidencia empírica -experimental y de otra índole- que el ser humano posee una especie de sistema de inmunología psicológica que nos permite mantener un nivel de bienestar psíquico estable independientemente de las circunstancias externas. Por ejemplo, Gilbert alude a un estudio en el que se analiza data que mide los niveles de bienestar psicológico de personas que han ganado millones en la lotería y los compara con los de personas que han quedado parapléjicas.

Sorprendentemente, el estudio concluye que después de un año de ganar la lotería o de quedar parapléjicos, las diferencias en los niveles de bienestar de ambos grupos no son significativas. Por eso es que Gilbert nos dice que la felicidad es sintética: nuestra psique tiene la capacidad de manufacturarla independientemente de los acontecimientos externos, y la calidad de esa felicidad manufacturada es tan genuina como la que se obtiene cuando uno se tropieza con un acontecimiento afortunado en la vida. La felicidad no es algo que tenemos que esforzarnos por encontrar: es el estado natural de una psique verdaderamente sana.

La siguiente charla TED transmite una idea más clara de lo que Gilbert quiere transmitir en su libro e ilustra otros experimentos interesantes que soportan su teoría:

Una de las conclusiones fundamentales a las que Gilbert llega en su libro es que el hecho de que nos sorprenda que los parapléjicos son tan felices como los afortunados ganadores de una lotería millonaria, dice mucho acerca lo propensos que somos a un fuerte sesgo irracional que nos impide predecir los factores que contribuyen genuinamente a nuestra felicidad.

Como corolario de esa conclusión, cabría entonces preguntarnos sobre los factores socio-culturales que refuerzan ese sesgo irracional que, a la postre, nos impide ver lo que Epicuro tiene siglos diciéndonos que está delante de nuestras narices: que el bien es fácil de procurar y el mal es fácil de soportar.

Y resulta casi irresistiblemente evidente que entre los factores socioculturales que refuerzan ese sesgo están las escalas de producción artificialmente infladas predominantes en el capitalismo de amigotes. O como Gilbert lo plantea en su charla TED:

La felicidad natural es lo que obtenemos cuando logramos obtener lo que queremos, y la felicidad sintética es lo que manufacturamos cuando no obtenemos lo que queremos. Y en nuestra sociedad, tenemos un fuerte sesgo a creer que la felicidad sintética es de una calidad inferior. ¿Y por qué tenemos esa creencia? Bueno, es muy simple. ¿Qué tipo de motor económico podría funcionar si creyésemos que no obtener lo que queremos puede hacernos tan felices como obtenerlo?

Es una pregunta sumamente interesante. Y el tratar de responderla seguramente seguirá generando conversaciones que enriquecerán el debate de lo que significa vivir una vida interesante: una vida como la que Epicuro nos invita vivir.

las Indias

las Indias 980 ~ 22 de julio de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 22 de julio de 2014

  • Etherum, la plataforma para desarrollo de apps distribuidas
    La plataforma para la próxima generación de apps… y desarrolladores
  • Ser un buen emprendedor es entender lo absurdo y frustrante de la cotidianidad
    Ser emprendedor hoy tiene tanto reconocimiento como en su día hacer una peregrinación o destacarse en el combate y la guerra. Los gobiernos tratan de incentivar el emprendedurismo con espacios y subvenciones, pero a las finales bajo cada producto exitoso lo que yace es una cierta comprensión de momentos de infelicidad cotidiana y la voluntad de crear productos que lo palíen.
  • El preocupante estado de la Unión Europea
    Se enfatizó que la distinción que debe hacerse no es entre partidos anti y pro UE, sino entre eurofóbicos (como el Frente Nacional francés y el UKIP británico) y euro pesimistas, que son todos los demás (por ejemplo socialistas franceses o españoles). Se subrayó que el rechazo a la UE se confunde con el rechazo a la globalización. Cada vez hay más perdedores de la globalización en la UE y estos son los que votan anti UE, buscando una protección en el Estado-Nación que lamentablemente no encontrarán porque la globalización no va a revertirse. En la medida en que estos perdedores sean cada vez más, y que no se apliquen políticas redistributivas para compensarlos, la UE podría ver perdida toda su legitimidad a medio y largo plazo.
  • Se espera que Alibaba ofrezca un descuento en su oferta pública inicial
    Se espera que la oferta pública inicial sea lanzada con un descuento de 22% sobre el valor del mercado de la empresa para evitar que suceda algo parecido al fracaso de la oferta pública inicial de Facebook. Según Bloomberg, el promedio de las estimaciones del valor de la empresa al momento de su salida en bolsa, realizadas por cinco analistas consultados, fue de 154 mil millones de dólares. Esos mismos analistas estiman que el valor después de que la empresa salga a bolsa podría llegar a los 198 mil millones de dólares. Alibaba esperaría hasta septiembre para llevar a acabo la oferta pública inicial, que podría llegar a ser la más grande de la historia de Estados Unidos.
Juan Urrutia

Juan Urrutia 2129 ~ 22 de julio de 2014 ~ 0

Gaztelumendi

Puente roto por un obus- Me alegra volverle a ver en persona

dijo el abuelo en cuanto, precedido por mi madre, recorrió todo el pasillo e hizo su entrada en aquella habitación tan iluminada que amenazaba con cegar a cualquiera que entrara en ella a esa hora del mediodía. A distancia seguíamos Machalen y yo tratando yo de explicarle rápidamente cómo era nuestra casa y especialmente aquella habitación en la que tanto había jugado mientras la costurera hacía vainica o arreglaba un traje a mi madre o mientras la señorita Carmen me leía Salgari con un tono de voz hipnotizador. Para cuando llegamos a la salita todavía mi padre no había acabado de articular su bienvenida

-… es buena señal…

y tomó aire y tragó saliva para continuar

-que no nos hayamos visto en tanto tiempo

Calló falto de resuello pero nadie dijo nada hasta que él pareció acabar su frase

-señal de que no nos necesitaban.

Mi madre organizó los sitios de forma que Machalen y yo estuviéramos bien separados y comenzaron a desfilar las bandejas del aperitivo mientras ella, orgullosa, explicaba al abuelo la valentía de mi padre al luchar contra ese Parkinson que ella no sabía quién era, si el médico que describió un caso o el primer paciente conocido.

- ¿Y cuando empezó esto?

preguntó el abuelo dirigiendo la mirada a mi padre. Desde su butaca levantó éste una mano temblorosa con los cinco dedos extendidos y continuó con su sonrisa beatífica que no hacía sino resaltar la intensidad de su mirada. Mi madre desvió la conversación hacia lo que debería ser en unos instantes la conversación en el comedor al que nos desplazamos inmediatamente empujando yo la silla de ruedas de mi padre que es la que utilizaba al presidir la mesa como cualquier otro día pues nunca dejó de hacer los honores a cualquiera de los que, invitados por mi madre, estuvieran en el comedor un día de fiesta religiosa o de visita o de cumpleaños familiar.

-Bueno, ¿qué planes tenéis vosotros dos?

dijo mi madre dirigiendo su mirada y su pregunta a Machalen responsable sin duda, pensaría ella, de este lío impresentable en el que como dos pipiolos nos habíamos metido ella y yo y que difícilmente podría tener futuro. Aprovechando que Machalen acababa de meterse en la boca un langostino, asumí mi responsabilidad y expliqué cómo nos habíamos conocido en Salzburg y cómo ella me había servido de guía y de hada protectora sin abandonar su severa educación musical y devolviéndome al buen camino cada vez que mi carácter poco firme no se decidía a poner coto a mi molicie.

-Le debo haber terminado a tiempo estos estudios que me han abierto el camino de América. Ahora me toca a mí apoyarle en su camino, durísimo camino que ha elegido para ser fiel a su carácter y dedicarse a ordenar y mandar desde el podio

E hice un gesto de complicidad que es nuestra manera de halagar a la mujer en esta Ciudad. Había preparado el discursito con cierto cuidado y sabía que el tono y la declaración implícita de inmediata separación al día siguiente del concierto impedirían los comentarios críticos de mi madre a este vivir juntos y encima en un pisito de un muy mal barrio.

La conversación esperada no había durado ni siquiera para distraer la atención del primer plato y después de un minuto largo de silencio que la sonrisa de mi padre parecía bendecir, el abuelo, pienso, se sintió obligado a desviar la atención del silencio de Machalen que permanecía callada con la vista en el plato en el que ya no quedaban langostinos. Me había confesado que ella tenía también su discurso preparado pero justamente para la hora del café que yo le había descrito como teniendo lugar en el salón principal solo separado del comedor por una puerta corredera, dos habitaciones amplias que conformaban la parte noble aunque poco luminosa pues los ventanales de estas habitaciones de aquel piso del ensanche más reciente estaban orientadas al norte. Así que el abuelo se vio a sí mismo contando una historia que hasta entonces había permanecido secreta, totalmente secreta.

- No nos habíamos visto desde aquel trabajito que hicimos juntos. Así era la vida en aquellos años en los que ya se cocía la guerra. Pero usted me hizo saber que quería hablar conmigo y quedamos en aquel café francés ya desparecido pero que creo que en su día fue lugar de encuentro de intelectuales de todas las tendencias políticas. No pasaríamos desapercibidos, pero todo el mundo creería que eramos dos viejos amigos, quizá compañeros de colegio, que se reencuentran después de años fuera de la Ciudad.

Se dio cuenta por el silencio de alrededor de que había captado nuestra atención y que tenía que continuar con el relato ya comenzado y al que mi padre no parecía poner traba alguna.

- Así que, como recordará, deslizamos de vez en cuando alguna parrafada o brindis en alemán o en inglés para dárnoslas de viajados. Pero la finalidad de aquel encuentro era, desde luego, la de recomendar a uno de sus colaboradores en el astillero y en otras tareas menos públicas, como posible futuro yerno mío pues llevaba meses tonteando con mi hija Magdalena sorteando el trabajo de carabina de mi mujer, la primera Magdalena, quien entre todas sus muchas habilidades y virtudes que, por cierto me hicieron muy feliz, no se encontraba precisamente la de la espiar discretamente sin ser vista.

Hizo un silencio ciertamente teatral dirigido a transmitir su pena por el fallecimiento bastante reciente de la que fue su esposa y la madre de Machalen y a la que nunca olvidaría, según dijo. Y continuó.

- Pero sin decirnos nada convinimos, con miradas y gestos, que aquel lugar parecía seguro para otros tipos de conversación una vez explicada por su parte-señaló a mi padre y éste le devolvió su sonrisa perenne ensanchada si cupiera- la actividad clandestina que llevabais a cabo después de que sonara la sirena de salida. No podía vetar a este valiente que seguía luchando por los que habían sido los ideales de los que perdimos la guerra y, además tan pronto, aquí en esta nuestra Ciudad. Pero había encontrado un amigo y se me ocurrió una idea alocada que solo alguien como usted hubiera podido entender.

Se notaba que era no solo un músico sino también un artista de la escena pues hasta yo, ajeno por completo a la historia que estaba a punto de hacer su entrada, tensé un poco las manos. Pero como una trompeta sonó la voz de mi padre recién tragado el último trocito de solomillo que mi madre le había dado a la boca:

-¡El cinturón!

Y comenzó a reir a carcajadas, una expansión ésta que ni su enfermedad fue capaz de robarle nunca.

-Sí, el cinturón de hierro

corroboró el abuelo y continuó desgranando esa historia secreta.

-Yo, como nacionalista, colaboraba en una especie de club informal de presuntos intelectuales a los que queríamos asociar al recién formado gobierno vasco. Allí nos encontrábamos gentes de todas las profesiones en proporciones que revelaban las tendencias de la Ciudad. Muchos ingenieros, un solo músico, dos o tres artistas y varios curas disfrazados de filósofos. Entre los ingenieros estaba aquel extraño Goicoechea que trabajaba para el tren de La Robla y que quería llevar a cabo obras de ingeniería para defender la Ciudad, invicta hasta entonces, del poder del ejército sublevado que, desde Navarra avanzaba hacia esta Ciudad nuestra que no podía creer que el peligro fuera inmediato.

Se me pasó por la cabeza que era una pena que mi padre no tuviera energía como para haber introducido el tema del Sitio de Bilbao casi cien años antes aprovechando la mención a la naturaleza de invicta que tenía la ciudad por haber resistido el cerco de las hordas carlistas. Incluso tuve la tentación de sustituirle y contar yo las anécdotas que tantas veces le había escuchado relatar con emoción pues él a su vez se las había oído contar a su padre. Pero ciertamente no era el momento pues el abuelo estaba lanzado. Continuó:

- El nombre de su proyecto, ese que usted recuerda tan bien, era una concesión que este ingeniero militar hacía al carácter minero de la Ciudad a la que estaba dispuesto a traicionar desde el principio aunque nos engañó con facilidad. A mí totalmente pues el nombre era el mismo que el del círculo de metal con el que se mantiene tenso el parche de piel de vaca imprescindible del timbal y que se ajusta más o menos en diversos puntos que varían según el tono acústico que el director quiere lograr bien porque cree que es el que el compositor tenía en su oído o bien porque es el que él quiere destacar aun en contra de la fidelidad, ¿no es cierto Machalen?

Era una pregunta que no necesitaba respuesta y nadie la pidió esperando, con la mirada fija en este músico ya mayor, a que la historia siguiera su curso.

- Goicoechea tenía en su cabeza sus conocimientos ingenieriles sobre las defensas francesas en la primera guerra mundial, pero mucho me temía yo que no tuviera en cuenta las peculiaridades de la ubicación de la Ciudad rodeada de montes desde luego, pero también con enormes diferencias entre unos puntos u otros en lo que concierne a la endeblez de sus posibles defensas. Les parecerá raro, pero yo pensé que ahí teníamos algo que decir los timbalistas pues nadie sabía mejor que nosotros que el tono general dependía de la graduación exacta de la presión que el cinturón de hierro ejerciera sobre un punto u otro. Yo no sabía leer los planos de Goicoechea y sus ayudantes, pero había en la ciudad amigos nuestros que podían hacerlo y entender mi conjetura militar sacada de mi formación musical.

Y ¿ahora qué? parecían preguntar las caras boquiabietas de los comensales que dejaban derretirse el helado en su pequeño bowl de porcelana.

-Yo conocía la pertenencia de usted a uno de nuestros círculos de confianza y no dudé ni un minuto en proponerle, a través justamente del que acabó siendo mi yerno, en parte gracias a usted, que colaborara desde el taller de calderería que usted dirigía en el astillero, a la calibración de los distintos puntos de los bordes de la ciudad para hacer de ese timbal que era la Ciudad una fortaleza inexpugnable. El problema no era el armamento o el cemento para los bunkers o los nidos de ametralladoras, ni siquiera el diseño de la dirección de las trincheras. El problema era conseguir que las tropas invasoras tuvieran que dispersarse alrededor de un círculo de gran radio que permitiera las operaciones de defensa puntuales y rápidas por parte de aquellas guerrillas con tan poca disciplina como pequeña era su homogeneidad ideológica. Teníamos que examinar cada uno de los puntos claves para afinar el timbal y aquella tarde usted y yo decidimos que usted comenzaría examinando los planos de un emplazamiento determinado y aplicaría sus conocimientos de calderería para calcular, de acuerdo con el reverbero del sonido de un calderín fabricado ad-hoc, la aportación de ese emplazamiento en la defensa general. No me acuerdo ahora mismo de cuales fueron los planos que mi futuro yerno le llevó al astillero.

Y se quedó pensativo como si hubiera terminado su perorata; pero mi padre pronunció con un tono inusitadamente firme:

- ¡Gaztelubide!

Fue como la señal para que nos levantáramos de mesa y pasáramos al salón a través de aquella puerta corredera, mi padre el último en su silla de ruedas empujada por mí. Mientras mi madre servía el café me fijé que Machalen quería contar algo. Esperaba yo que no fuera el discurso que traía preparado cuyas líneas generales me había descrito. En efecto, no trató de quedar bien quitando intensidad a nuestra relación. Sacó su mejor sonrisa y nos sorprendió con el anuncio del programa del concierto, todo él con mucho ruido de timbales. Le parecía, nos confió, que el abuelo podría todavía hacer sitio a mis padres en el palco principal pues al fin y al cabo era el homenajeado ese día por su aportación al mantenimiento de la afición musical y a la renovación de la orquesta local.

-Eso está hecho y tu, Jon, puedes quedarte entre bambalinas, así que nos vemos otra vez en seguida pero antes he de terminar mi historia confesando que nunca confié en aquel ingeniero que seguramente fue el responsable de que los cálculos de usted se filtraran a las tropas de Mola.

Mi padre dejó de sonreír y cayó como en una especie de atontamiento que, por evidente, aceleró las despedidas y los agradecimientos. Yo acompañe a Machalen y su abuelo hasta la casa de éste y después nos dirigimos ambos hacia el pisito de barrio mal que acababa de encontrar su sitio en la historia de la Ciudad. Caminamos despacio, dando muchos rodeos y en silencio.

David de Ugarte

David de Ugarte 2790 ~ 21 de julio de 2014 ~ ~ 20 3

Comunidad y personalidad

adlerAlfred Adler ha pasado a esos prontuarios divulgativos que son los manuales universitarios por su debate con Freud y su abandono de la Sociedad Psicoanalítica, de la que fue primer presidente. El gran titular nos dice que esta pronta ruptura en el mundo psicoanalítico se debió a la resistencia de Adler para aceptar la teoría de Freud según la cual el origen de la neurosis estaría en la represión de la libido.

Pero nada es más injusto para algo intelectualmente interesante que verse reducido a sus propios titulares. Y lo cierto es que si hay un caso en el pensamiento contemporáneo en el que los titulares han invisibilizado el contenido de una obra hasta el extremo de animar el saqueo, es el de la Psicología adleriana. Y sin embargo, hoy las grandes ideas y preocupaciones de Alfred Adler nos resultan extrañamente actuales y sugestivas.

Una concepción comunitarista del desarrollo de la personalidad

Lexico y apuntesHay mucho de los maestros epicúreos en Adler. Para él la idea de pertenencia comunitaria es central. Nos definimos y nos completamos en una comunidad familiar desde nuestro nacimiento y sentimos nuestras carencias en relación a los que nos rodean. Con ellos intentaremos completarnos, compensar carencias desarrollando otras habilidades y madurar a través de la superación y el aporte, forma ideal de un Gemeinschaftsgefühl -sentimiento comunitario- sano. En ese marco, nuestra personalidad se construye no solo con deseos, sino con metas, con objetivos a través de los cuales iremos creciendo y superando nuestros sentimientos de carencia.

El afán de sentido, la voluntad de superar las inferioridades que sentimos en cada momento de nuestro desarrollo, alimentará un ciclo vital de aprendizaje que nos hará crecer desde nuestros problemas al tiempo que nuestro sentimiento de pertenencia, nuestra definición de comunidad, se extiende desde nuestra familia al entorno y finalmente proyecta la idea de aporte hacia lo humano en su conjunto.

Desde esta mirada sobre la familia como comunidad, Adler pondrá el acento no tanto en los conflictos del descubrimiento de la sexualidad y el deseo como en el lugar del individuo en la estructura de la red familiar, se preguntará por los roles derivados de ser niño o niña o el lugar ocupado en el orden de nacimiento de los hermanos, para reconstruir las expectativas y entender los sentimientos de carencia y desamparo en las fases primeras de la infancia, especialmente antes de los ocho años.

familia AdlerPero si por lo que sea no nos sentimos parte, si la familia como primera comunidad de pertenencia no nos sirve de soporte para superar esas primeras inseguridades, aparecerán toda una serie de metas erradas que buscarán unas compensaciones equivocadas al vacío de sentido vital que produce no sentir el amparo comunitario: la búsqueda de atención y reconocimiento primero, la necesidad de ejercer poder sobre los otros después, y finalmente, cuando el dolor haga evidente lo infructuoso de todas estas falsas metas, el deseo de venganza y el rencor. Es el camino patológico, el de los complejos de inferioridad, potenciados y exagerados por una cultura jerárquica de valores falsamente competitivos, exclusión e individualismo.

Con toda una serie de cuestiones sin responder, o lo que es peor, mal respondidas, el individuo construirá discursos defensivos o derrotistas, desarrollará una lógica privada propia hecha de convicciones que contradicen muchas veces su propio sentido común. Habrá en ella falsas razones para la exclusión de otros y para la inacción propia. El intento de encajar todo y justificar el que evite aspectos de alguna de las cuatro grandes campos de relación adlerianos (trabajo, amor, sexo y las demás personas) conformará un estilo de vida reconocible en sus elementos críticos, entre otras cosas, por sus momentos de violencia y sus sentimientos de culpa. Sentimientos que para Adler son justificaciones del sentido común a la inacción a la que conduce la lógica privada. Una persona sana, para Adler, no tiene sentimientos de culpa: aprende y actúa en consecuencia a través del aporte y de un hacer renovado.

Significado y pertenencia

KibutzNo hace mucho, Javier se preguntaba si habría una relación entre el desarrollo disfuncional de las escalas productivas que reforzó la destrucción de los entornos comunitarios y la emergencia masiva de una serie de trastornos de personalidad a partir de la Segunda Guerra Mundial. La Psicología adleriana respondería sin dudas afirmativamente: privada de comunidad real, la experiencia humana solo puede estar abocada a la falta de sentido, a la sustitución errada de una vida interesante por estrategias de poder y venganza.

Pero una vez se hace posible la experiencia de la comunidad, el pensamiento de Adler es optimista y confía en la capacidad que las estrategias personales de compensación, dentro de un entorno comunitario sano, tienen para construir personas cada vez más empáticas con lo humano en general. En una comunidad real integradora, son nuestros problemas y carencias las que nos ayudan a crecer y hacen nuestra vida interesante. Es más, el desarrollo personal sano lleva a expandier las fronteras de la comunidad familiar hacia una comunidad real cada vez más amplia, hacia los amigos y los compañeros de estudio o trabajo; y finalmente abstraer las formas y generosidad de la relación comunitaria hacia una empatía general hacia lo humano.

De hecho, mientras Freud se mostraba pesimista y negaba la posibilidad de una cultura y una sociedad no neurótica, Adler entendió el desarrollo del espíritu comunitario, la Gemeinschaftsgefühl, no solo como base para la terapia individual, sino como una forma de transformación social, como un camino que, de desarrollarse, modificaría la forma en que una sociedad se ve a si misma y cambiaría la forma de gestionar sus inevitables conflictos.

Ceremonias del día de la bandera en EcuadorEn el camino del desarrollo del espíritu comunitario Adler, hijo de su época, aceptaba que pudieran existir capas de cebolla intermedias entre el sentimiento de pertenencia a la comunidad y el amor por lo genericamente humano: abstracciones como la identidad nacional o de clase. Pero la experiencia nos lleva a pensar que en general las comunidades imaginadas y en especial la nación tienen una naturaleza distinta. Recientes trabajos empíricos en el campo de la adopción internacional mostraban como los padres adoptantes más reacios a dar un lugar en el relato de los orígenes del niño a su madre biológica, eran los más inclinados a incluir a esos mismos niños en cursos sobre la cultura y la lengua nacional del país en el que habían nacido, aunque no guardaran recuerdo alguno de su uso por haber sido adoptados antes de aprender a hablar. Estas mismas familias son las que con menos frecuencia permiten que el contacto con la familia biológica se mantenga. El relato nacional del país donde el niño nació pretende sustituir a la memoria de la familia de origen. Algo parecido ocurre allí donde los estados impulsan nacionalismos fuertes: la historia familiar, a partir de cierto punto, normalmente los abuelos, se confunde y difumina en la historia oficial de la nación y sus mitos. La identidad nacional parece un virus que se reprodujera introduciéndose en las memorias comunitarias y familiares para perpetuarse usando sus propios mecanismos de reproducción (los relatos domésticos, las memorias de los parientes vivos, las historias de vida, etc.).

Las identidades aristotélicas, las propias de las comunidades imaginadas, son un disolvente para el Gemeinschaftsgefühl -el espíritu comunitario adleriano- no una consecuencia de su desarrollo.

Microsociología comunitaria

AsambleaPero quizás lo más sugestivo hoy de los aportes adlerianos no son sus esperanzas sociales, sino el hecho de que la lógica de las metas y la definición de los estilos de vida fundamentan una verdadera microsociología comunitaria.

Sabemos hace tiempo que los sistemas de organización industrial que practican metodologías participativas en colectivos que no comparten una amplia reflexión e interacción previa, refuerzan a las finales liderazgos carismáticos o profesionalizados como única manera de superar la aversión al riesgo que la transparencia exacerba. El resultado, a las finales, produce esas mismas actitudes abúlicas que se criticaban como características de los sistemas tradicionales.

Seder de Pesaj en un kibutzPor eso, las empresas, incluso las que buscan innovaciones democráticas, devienen fácilmente comunidades enfermas. En primer lugar porque no suelen formarse desde una deliberación de sus miembros, así que generalmente no derrochan sentimiento comunitario. Y cuando este se trata de introducir desde fuera, los impulsores de los cambios suelen pensar que con cambiar los procedures o las normas basta. Los resultados, lógicamente, defraudan las expectativas. En la práctica es muy frecuente que los propios líderes acaben siguiendo estrategias erradas: ansia de reconocimiento, necesidad de ejercer poder para afirmarse… todo muy adleriano.

No es de extrañar que en otros mundos con similares problemas, desde las comunidades de vecinos hasta los patronatos de fundaciones, abunden los cursos y manuales de convivencia. Y es que en todos estos colectivos, esa microsociología que se esboza en el planteamiento adleriano, parece estar clamando por convertirse en saber comunitario.

Esta es la línea menos desarrollada de las ideas adlerianas, pero también, seguramente, una de las más potentes, sobre todo si aceptamos la epicúrea idea original que articula todo su pensamiento: el sentimiento de pertenencia a una comunidad y la experiencia de generar significado desde ella, son básicos para un desarrollo personal sano… en cualquier etapa de nuestra vida.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2129 ~ 18 de julio de 2014 ~ 0

Paseo por las cercanías del Conservatorio

NOTA:
El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a continuación.

muneca_mariquita_perezDespertamos muy tarde, cada uno guardando el secreto de sus sueños, y no era cosa de acudir a casa de su abuelo ni a la de mis padres con un preaviso tan corto. Así que en un cierto silencio nos adecentamos y nos lanzamos a la calle a la búsqueda de la tienda, o más bien confitería o pastelería de la que tanto habíamos hablado en Salzburgo, la que vendía polvorones de Felipe Segundo y que parecía que los hacía allí mismo, aunque es difícil de entender que ese nombre hubiera sido impuesto por un habitante de esta Ciudad.

- Deberíamos comer algo antes, Jon

- No tengo ni un duro Machalen

- Pero yo sí, el abuelo me dio algo de tapadillo ayer antes de venir al piso.

- Espero que mañana podré sacar algo a mis padres, pero hoy o te exploto o muero de apetito.

Pensé muy rápidamente en usar «apetito» y no «hambre» como una especie de anuncio de la educación recibida y que yo tardaba en olvidar, a pesar de los esfuerzos que hacía para ser yo mismo borrando todas las huellas de mi más que reciente pasado, como aquellos indios de las novelas del oeste que, en su huida, se ajustaban un cinturón del que salía como una escoba que quizá borraría sus huellas, pero que nunca entendí cómo no era una señal obvia de que por allí había pasado alguien que se sabía perseguido. Sopesé comentar este recuerdo con Machalen pero ni siquiera algo tan trivial me parecía suficiente como para cortar con la tristeza de la noche pasada que estaba seguro compartíamos. Era el comienzo de nuestra despedida y debía ser suave, ya que no alegre. Quizá era el momento de separarse, quien sabe si para siempre, sin resentimientos de ningún tipo.

- Acerquémonos hacia Correos a ver si ha llegado mi cheque de la beca. Me lo prometieron para mañana pero quizá se haya adelantado y esté ya en este número de dirección postal que tengo apuntado en esa agendita que tanta gracia te hace. Me pregunto qué ocurre cuando algo como eso se pierde ¿qué hace Correos? ¿Pide conformidad al remitente o exige un nuevo envío previo a la devolución?

- Nunca en un año y casi medio hemos tenido esta clase de conversación distendida, ¿te das cuenta? Debe ser que sentir la Ciudad alrededor nos da espontaneidad y no necesitamos hacernos pasar por personas enredadas sin remedio en sus manías propias de su imagen ante sí mismas.

- Algo así estaba pensando yo.

Y sonreí mirándole a los ojos de refilón.

- Aunque me ha venido a la cabeza algo que quiero contarte antes de separarnos dentro de dos días. No quiero irme a América, a la costa oeste, sin decirte que me lo pasé fatal aquella noche que fuimos a despedir a tu amigo fagotista a la estación y me pediste que te dejara sola en el camino hacia el andén. Era natural, pensé, pero me sentí desplazado, y mi malestar se fue acrecentando a medida que pasaba el tiempo y tu no aparecías de nuevo delante de mis ojos. No sabía yo la hora de salida de su tren hacia Viena y, por otro lado, ese americano de nombre sonoro, Tyan, me caía bien y le admiraba por su destreza en la natación. Siempre me dejabais atrás en la piscina a pesar de mis esfuerzos, era mucho más alto que yo y mucho más guapo.

- No fue para tanto, Jon. Y luego te recuerdo que pasamos el resto de la noche sentados en un banco de la estación, primero muy tiesos y luego con mi cabeza en tu regazo. Recuerdo que pensé que debería haber sido al revés, y que yo hubiera debido consolarte, aunque no se de qué. Pero superé mis reflejos de madre y te usé como me dio la gana.

- Ya sabes que no me pareció suficiente, pero los días siguientes recuperamos, al menos aparentemente, nuestra complicidad, y eso me fue suficiente. Bueno quería que lo supieras.

- ¿Que supiera qué, Jon? Si es que te sentiste postergado un poco, ya sabes que lo sé, y para que no haya malos entendidos, déjame ser yo también sincera y confesarte que lo hice un poco a posta para que nuestra separación posterior no fuera tan dura una vez que ya teníamos quejas mutuas.

- Supongo que te refieres a mi obvia atracción por tu amiga danesa, tan rubita y tan a mi medida con aquellos conjuntitos de lana tan confortable, aparentemente al menos.

- ¡Ah! Así que no llegaste a saber si se estaba calentito dentro de ellos -dijo Machalen en un tono tan alegre y distendido que no cabía sino entregarnos a la contemplación de nuestra Ciudad de la que tanto habíamos hablado en nuestros paseos pasados en Salzburgo.

Llegamos a la pastelería de los polvorones, renunciamos a ellos en un gesto de ruptura en el planteamiento del día, y continuamos por una calle alta que transcurría paralela a la calle grande y que nos acercaría hacia el Conservatorio donde ella había pasado sus años de estudiante de música y en donde el abuelo daba sus clases después de algunos años apartado de su plaza. Quería yo encontrar puntos de contacto posibles, pero no parecía que esta operación fuera a ser fácil. Quizá, pensé, la aproximación al Instituto podría ser una buena táctica, pues me permitiría recordar con ella alguna de mis aventuras infantiles, y en cualquier caso estaba cerca del edificio de Correos cuya sola presencia nos avisaba a ambos que nos quedaban pocos días juntos, pues yo mañana ya tendría mi billete de avión y lo tomaría llegara o no el cheque mensual para los gastos de bolsillo que la beca incluía. Así que forcé un poquito un cruce no necesario.

- Nunca venía por aquí, siempre seguía recta hasta la Diputación.

- Pues te perdiste algo bueno, Machalen. Aquí habían buenos profesores de verdad y el edificio era espléndido. Yo he jugado al baloncesto en su patio y más tarde acudía a menudo a conferencias bien interesantes.

- ¡Tú al baloncesto! -dijo riendo con alegría, y no tuve más remedio que acompañarle, pues no soy precisamente un gigante.

- Era un niño de doce años y ni siquiera tenía todavía pantalón largo. Había pegado el estirón antes que los demás compañeros del colegio y durante un año fui el primero en la fila de entrada a clase ordenada por alturas. Así que formé parte del equipo de baloncesto de mi curso. Bueno, he de confesar que nunca me encontré a gusto en este deporte, pero me permitió jugar parte del campeonato infantil en las canchas del Insti, como le llamábamos entonces. Sí, cuando nos enfrentábamos al equipo propio del Insti o cuando lo hacíamos frente a equipos que no contaban con campos de deportes propios y usaban estas instalaciones públicas.

- Pues a esa edad yo ya estaba muy metida en el aprendizaje del violín, además de seguir formalmente la carrera de piano, que era una de mis dos fuentes de cultura general no musical. El abuelo me obligaba a escuchar todas las noches la clase que me soltaba sobre lengua y matemáticas, y luego me interrogaba acerca de las clases del conservatorio, sobre historia de la música, o sobre composición. Ya a los 9 años había compuesto una piececita para piano que duraba unos siete minutos y que pareció gustar al abuelo.

- No me lo tomes a mal, Machalen, pero cuando te oigo estas cosas me das pena y siento tristeza, pues ahora entiendo que todo lo que me contaste anoche te privó de una infancia alegre y de amigas con las que aprender todas las cosas que en ningún lado se enseñan.

- Preferiría que nunca volviéramos sobre lo de anoche…

- Desde luego, si así lo quieres, pero es que durante años y años hemos estado a punto de cruzarnos y algo como el destino lo ha impedido de una forma cruel, pues si un día cualquiera tú o yo nos hubiéramos desviado del camino trazado es muy posible que nos hubiéramos topado de frente.

Sonrió y cambiando de tono continuó…

- … a veces cuando las actividades secretas del abuelo no le permitían venir a recogerme me desviaba del camino establecido, y haciendo una trampa me desviaba aquí mismo y en solo unos pasos me quedaba absorta ante el escaparate de Mariquita Pérez. Supongo que sigue ahí.

Y cogiéndome de un brazo me obligó a tomar a la izquierda. Su sonrisa ensimismada se reflejaba en el escaparate de la tienda de esa muñeca y como en éxtasis musitó:

- Era milagroso que cada día de mi cumpleaños y durante muchos años recibí la nueva mariquita como si mi abuelo hubiera leído mi pensamiento. Están todas guardadas en un desván bien amplio encima del piso. No están empaquetadas, sino que rodean el viejo piano vertical con el que practicaba todos los días, especialmente los de fiesta. Estaba entonces en el mirador que durante años ocuparon los timbales, con la diferencia de que yo tocaba con las persianas subidas.

Entramos sin consultarnos el uno al otro en una especie de cafetería rara al lado de la tienda de muñecas, y después de descubrir que ya habíamos recuperado el apetito, nos forramos a salchichas con choucrout como homenaje a ese mundo que había sido el nuestro hasta hacía dos días.

- Vayamos ahora a echar la siesta Jon, y así nos acostumbramos a vernos solo después de comer, pues todos estos días que nos quedan aquí antes de que tomes ese avión yo tengo que ensayar con la orquesta. Me tiene que salir muy bien pues es el concierto que también te despedirá a ti, aunque es realmente el homenaje que la orquesta de la ciudad, y en realidad toda la Ciudad, rinde a este músico desconocido que sacrificó su carrera a la formación de su nieta y guardó los timbales de la orquesta de antes de la guerra en un sitio u otro, primero en casa de su hija y su yerno, y más tarde, con el ambiente menos tenso, en su propia casa.

- Jawohl! -contesté con la boca llena del último trocito de salchicha- pero un día me tienes que enseñar el Conservatorio por dentro.

las Indias

las Indias 980 ~ 16 de julio de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 16 de julio de 2014

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2129 ~ 16 de julio de 2014 ~ 1

Recuerdos y Descubrimientos

Puente DeustoMe levanté con ella y sentí una sensación extraña cuando comencé a abrir la persiana del mirador y atisbé enfrente al gobierno militar. Quedé paralizado hasta que me di cuenta de que ya no había que ocultar timbal alguno en aquella casa camino del monte. La abrí del todo y dejé entrar esa luz tibia que a veces ilumina las horas tempranas de la Ciudad. Es lo que Machalen podía esperar para estos pocos días de ensayo que le habían concedido para que pudiera participar de ese concierto con el que se conmemoraba un cierto aniversario del abuelo, y sobre todo la nueva época de la Sinfónica que finalmente podría salir de pobre y explotar menos a sus socios y admitir a cualquiera que pagara una entrada razonable. Creo que casi nadie sabía que era el primer concierto de Machalen, y era mejor así, pues tampoco todo el mundo en la Ciudad estaba muy conforme con la decisión del Patronato de la Sociedad Sinfónica de darle un homenaje a alguien como el abuelo que nunca se había avenido a reconocer con un gesto que todo había cambiado ya.

Me llamó la atención que a pesar de que el abuelo vivía en el mejor sitio de la Ciudad, la distancia desde su casa al teatro no era mucho más corta que la que había entre este piso en el que pasábamos nuestras últimas noches juntos y ese teatro al que se tenía que dirigir Machalen para ensayar el programa que había seleccionado para el homenaje a su abuelo. Le acompañé a paso ligero y sin darle conversación, pues no me habría oído, pues estaba totalmente concentrada en la música que, pensaba yo, le bullía en la cabeza. Después de dejarla en su camerino, decidí dejar para el día siguiente lo de ir a Correos, y me incliné por bajar hasta la vecina ría e irme poniendo en situación a lo largo de un paseo por el muelle cruzándola ahí mismo, cerca del teatro, y volviéndola a cruzar por el puente de Deusto hasta llegar al parque de doña Casilda. Un lugar exquisitamente diseñado en el que había yo crecido hasta que comencé el colegio a una edad ridículamente tardía que, mira por donde, me había permitido aprender hasta quebrados con una profesora particular, escuchar a Salgari en la suave voz de mi señorita de compañía y todavía, antes de mudarnos a la margen izquierda, jugar en el parque como casi el único chico en medio de un grupo de chicas un poco mayores que yo que me jaleaban proporcionándome algo parecido a la felicidad.

Tenía tiempo de sobra antes de ir a comer a casa de mis padres, en donde habíamos quedado Machalen y yo, y en donde estaba seguro de que mi madre habría hecho preparar una comida exquisita que le diera pie a enterarse de lo que había entre esa directora de orquesta y yo, habida cuenta de que yo me iba a las américas, como ella decía, revelando su ascendencia indiana. Así que me demoré escuchando el rumor de la subida de la marea y el ruido de los barcos plataneros que atracaban enfrente de esa universidad privada de la que había escapado para ir a Salzburgo. Ahora lo veía claro: ¿cómo no intentar largarme si durante años me había distraído en clase observando las maniobras de atraque y desatraque de buques con matrícula de ultramar, o eso pensaba yo, de las islas Canarias por muy españolas que fueran? Cruzar a estas horas de mediodía el puente de Deusto en sentido inverso al camino que seguí puntualmente cada mañana desde la casa de mis padres hasta el aula, también despertó en mí recuerdos de aquellas paradas obligatorias cuando el puente se levantaba para dejar pasar esos buques cargados ahora de hierro, que aprovechaban la bajada de marea para facilitar la maniobra de los remolcadores, uno en la proa y otro en la popa.

Pero esos eran recuerdos de casi ayer, cuando lo que yo perseguía esa mañana, que seguía la alegre conversación que el día anterior ella y yo habíamos tenido por la parte del Instituto y el Conservatorio, era rememorar la niñez y la sensación de libertad que tuve o que creí tener a pesar de todos los cuidados entonces comunes en una familia del ensanche. Una libertad ficticia, naturalmente, pues jamás tuve permiso para bajar a la parte que llamábamos «los patos», o jugar al escondite en la Pérgola. Eran estos los lugares más meticulosamente cuidados, pero el desnivel del terreno me hubiera alejado de la visión de águila de mi cuidadora. Ya era hora de que yo por mí mismo echara un vistazo a esos lugares aparentemente prohibidos, pero que desde hace años yo creía percibir como inofensivos.

Y, sin embargo, las frescas corrientes de agua y el remanso del estanque no podían ocultar una extraña sensación de peligro localizado en una especie de enorme nido de pavos reales inaccesible en medio del estanque. Allí sin duda estaba el peligro, en esos bichos que además de pavonearse podían sacarte los ojos ante cualquier gesto que ellos interpretaran como agresivo. Una especie de aviso sobre la inseguridad que daban aquellos hombres desempleados o ya jubilados que paseaban por los arcos de la pérgola, disfrutando de esa joya tan cercana a los astilleros donde mi padre había trabajado toda su vida y con los que, sin duda, estos hombres aviesos podrían haber estado relacionados.

Tenía tiempo, así que tomé asiento en uno de estos bancos prohibidos y dejé volar el recuerdo y mi autorreflexión. Me iba de la Ciudad y lo hacía sin haber llegado a saber nunca el por qué de muchas de las reglas de conducta cuyo cumplimiento riguroso, sin preguntarme nunca por su razón de ser, están en el fondo de mi carácter alegre y abierto a todas las posibilidades que la vida me ha ido trayendo hasta ahora. Y la vida ha sido pródiga conmigo en muchos sentidos especialmente en el de las mujeres. Siempre he vivido entre ellas, y eso me hace ser un chico aparentemente muy poco lanzado a la búsqueda del sexo, pues puedo muy bien pasear y charlar con ellas sin que parezca que voy a lo mismo que, como dicen, vamos todos los hombres. Esto les debe dar mucha tranquilidad, porque finalmente todas caen en mis brazos, en mis redes pensé, pero no hubiera sido cierto porque no les tiendo trampas, sino que puedo bailarles el agua como hacen ellas entre ellas.

Camino ya de casa de mis padres para estar allí antes de que llegara Machalen, recordé una de estas amigas con la que pasé muchas horas sentado en ese bar del parque, en el que, además, se alquilaban bicicletas y al que sí estaba permitido acercarse e incluso alquilar una bici con la paga. Me encontré con ella muchas veces por la calle y siempre me recordó por el corte de pelo y desde luego por el conjunto de lana o algodón, sin duda adquirido en Biarritz, a aquella danesa que entretenía mis momentos de ocio a ese lado de aquella frontera que durante mucho tiempo nos separó a Machalen y a mí en aquella extraña ciudad de chocolate. Un día me atreví a pararle y se lo dije de sopetón frente a una barra de bar donde habíamos coincidido las dos pandillitas, la suya y la mía. Resultó que este atrevimiento mío juntó ambas pandillitas y se formó un grupo mixto de gente del ensanche que nunca han perdido el contacto. Caminando ya hacia el cercano portal de la casa de mis padres pensé que igual estaría bien contactar a alguno de ellos a pesar de que, seguramente, cada uno y cada una estaban en sus lugares de veraneo. Pero podría probar para despedirme de alguien y dejar así un ancla en esta Ciudad a la que, en ese momento, no sabía si volvería nunca. Ya lo pensaría mejor. Ahora tenía que abrazar a mis padres que debían sentirse solos sin ningún hijo en casa.

Mi madre abrió la puerta contrariamente a su costumbre, y después de achucharme a gusto, pasamos a la salita en la que mi padre solía pasar el día sentado en su sillón de ruedas y rodeado de sus cada vez más escasos entretenimientos. Esta vez el achuchón partió de mí, y mientras él, trataba de apretarme contra sí, me dijo haciendo un esfuerzo que solo llegó a susurro:

-Yo conocí al padre de Machalen.

Desde que mi padre dijo con su voz temblorosa que conocía o había conocido al padre de Machalen y yo conseguí procesar esa información, las cosas se sucedieron con rapidez. Yo llamé por teléfono a Machalen y por suerte la encontré todavía en el camerino. Se disculpó por la tardanza, pero mentí alegrándome de encontrarla, pues había sucedido un pequeño accidente con mi padre, se había atragantado con el hueso de una aceituna y tenía que llevarle al médico con cierta urgencia. Le sugerí que visitara a su abuelo, cuya casa le caía muy cerca del teatro, y añadí que trataría de posponer la comida para el día siguiente. Mi madre, por su parte, y una vez entendido que mi padre me quería hablar, llamó a una de sus amigas íntimas y se largó posiblemente para dejar que padre e hijo pudieran hablar con más confianza de algo que ella ya sabía y que no quería recordar.

Así que me quedé a solas con mi padre, el hombre de las sentencias definitivas que no solo parecía dispuesto a hacer un esfuerzo para lograr articular palabras sino que parecía querer hablar en el sentido menos corriente y más policial de desembuchar algo que había mantenido oculto. Comimos juntos y degustamos el buen menú que mi madre había hecho preparar para la ocasión. No estoy seguro de haber captado todos los matices que él parecía querer introducir dadas las toses y los atragantamientos, inevitables a pesar de mi dosificación precisa de lo que le ponía en la boca y de mis consejos continuos para que comiera tan lentamente como quisiera, pero sí que me enteré de lo importante. Mi padre y no pocos obreros del astillero habían constituído a partir de la caída de Bilbao una especie de grupito clandestino para la circulación de noticias de la guerra mientras ésta duró, y más tarde para el seguimiento de lo que ocurría al gobierno vasco en el exilio y su postura en la guerra mundial ayudando a los aliados mediante la utilización del idioma autóctono, cuya presencia en la calle disminuía a pasos agigantados, pues, o bien era considerado como de pobres por los señoritos, o bien podía ser razón suficiente para caer bajo la lupa de los comisarios políticos del momento.

Pero resultaba que no solo trataban de mantener viva la conciencia de quiénes eran ellos y aquellos a los que habían perdido de vista por el exilio, sino que pretendían organizar pequeñas acciones generalmente dirigidas a librar a gente afín de trampas que los nuevos mandamases tendían continuamente o de situaciones que les podían llevar a ser castigados, si bien no con el calabozo, muy posiblemente sí con el aislamiento social. El padre de Machalen era miembro de ese grupito no muy numeroso pero compacto y transversal socialmente, pues había tanto arquitectos navales como mi padre hasta obreros sin educación formal alguna y gente como el padre de Machalen, cuya profesión técnica, no necesariamente sostenida por titulación alguna, les hacía imprescindibles para el taller de calderería en el que trabajaba también mi padre y que, a pesar de su nombre que suena a oficio de gitano, era crucial para que el trasto del casco, fácil de construir, vogara sin peligro y complementara el timón para las viradas bruscas típicas de los amarres en días de galerna. Su posición en el grupito clandestino era la misma que en los talleres de calderería, sin él nada se hubiera hecho. Pero en este grupito no había nadie que le frenara sus iniciativas, y utilizaba utensilios o productos semiterminados del astillero para incursiones nocturnas en aventuras arriesgadas, como podrían ser meter gente exilada en la Ciudad o sacar a gente oculta para reunirla con su familia ya huida desde antes de la entrada de las tropas nacionales en la Ciudad.

Esta historia que, por la razón que sea, no me sorprendía tanto y que es relativamente simple, nos llevó toda la comida, incluida la tarta de limón que en casa salía tan bien y de la que mi madre estaba realmente orgullosa. El traslado de mi padre del comedor a la salita era fácil, pero su instalación en su sillón preferido en esa salita en la que esa tarde temprana brillaba al sol, llevaba su tiempo y exigía un esfuerzo por parte de mi padre parkinsoniano ya cercano a sus setenta años que aceleraba su ritmo cardíaco, y que tardaba en volver a su cadencia normal. Yo me aprestaba a echarme una siestita hojeando el periódico, pero mi padre no había terminado el cuento que hoy quería hacerme heredar. Ese hombre valiente, que además era muy guapo, había caído rendido ante la belleza gentil de una tal Magdalena con la que los clandestinos le tomaron el pelo durante meses y meses. Y entre bromas y veras y entre simples misiones sin peligro alguno y otras cada día más arriesgadas, resultó que Magdalena quedó preñada, y el padre de ese bebé que resultaría ser esa chica que yo les quería presentar y de la que les había hablado en mis cartas del último año, se volvió un poco loco e intensificó sus acciones audaces.

-Tu casi llegaste a conocerle aquella noche en la que a bordo de un remolcador propiedad del astillero conseguimos enderezar un pesquero.

Hice un esfuerzo de memoria y se me representó la escena aquella en la que había conocido a aparentes amigos de mi padre que, ahora pensaba, podrían ser parte de aquel grupito en el que me era dificil imaginar a este padre al que este relato parecía haber liberado un poco de su parkinson. Con la luz del sol en la cara continuó balbuceando que el que acabó siendo el padre de Machalen estaba en las rocas esperando a que el pesquero en el que habían sacado a unos cuantos hasta un buque de carga de matrícula de Panamá, volviera a poder ser utilizado para llevarlo de vuelta al astillero antes que sonara la bocina que llamaba al trabajo a los obreros del primer turno.

Mi padre debía de ser como el viejo mago de esta bendita banda, pues a los pocos días aquel joven no solo inconsciente sino también valiente, pidió a mi padre que le escuchara y le ayudara si le parecía bien a hacerse perdonar por el padre de Magdalena. Se le alegraba la cara a mi padre a medida que continuaba con su relato a trancas y barrancas y me descubría, para mi sorpresa, que en esta misión también había sabido del abuelo de Machalen. Era alguien bien conocido en la Ciudad, pues era profesor del Conservatorio y un músico crucial en la Orquesta Sinfónica, un músico que había estudiado percusión en Alemania. Quizá por eso fue siempre considerado como políticamente cercano al régimen de España y al eje en el conflicto europeo. De ahí la sorpresa que se llevó mi padre al ver facilitada su misión por la seña inconfundible de los perdedores que aquel músico le dedicó cuando quedaron en un café elegante de nombre francés de la calle grande de la Ciudad para hablar del futuro de aquellos jóvenes, por cierto llamados a mantener la llama encendida.

Le conté lo que había aprendido la noche anterior y su semblante se oscureció un poco al enterarse del destino cruel de aquella pareja. Recuperó una cierta sonrisa cuando le propuse convencer a mi madre de que renovara la invitación para mañana y la extendiera al abuelo que podría venir desde el teatro acompañando a su nieta.

Qué es «las Indias»

Juan Urrutia2129 ~ 17 de julio de 2014 ~ 0

Manifiestos

CALOR EN BILBAOLlega el calor y casi todo se hace espeso e imposible de digerir. Parece no haber nada con lo que distraer las calurosas noches de insomnio. Y, sin embargo, todavía puedo respirar un poco gracias a la estela de ese éxito de Podemos que milagrosamente me ha rejuvenecido aunque me temo que por la razón por la que es, en general, criticado: porque se supone que cuando tenga que bajar de las musas al teatro se acabará su posible relevancia; pero es que yo siempre he preferido las musas. En este tiempo de abanico aparecen, aparte susurros empresariales, tres manifiestos casi simultáneamente y los tres relacionados por la cercanía del comienzo del game of chicken entre Mas y Rajoy. El que se fotografía delante del congreso con Vargas Llosa en el centro se me antoja una simple defensa del statu quo. El de los intelectuales y artistas catalanes al que pone cara Isabel Coixet me parece que si bien no sobra, está muy cerca de ser prescindible en su federalismo para un mero lector de periódicos como yo. Y, finalmente, el que dicen promovido por Sartorius, que está más cerca de parecerse al manifiesto confederal que nunca aparecerá y que es el único que yo firmaría en el estado presente de mis convicciones políticas. Se parecería algo al último mencionado al menos en el sentido de que lo que predican para España lo entienden extendible a Europa. Ambos tienen en la cabeza lo que hace días llamaba, siguiendo a John Roemer, un equilibrio kantiano. Lo que quiero para mí, lo quiero para todos.

RecetarioIdiomas

Mayra Rodríguez Singh95 ~ 14 de julio de 2014 ~ 4

Unuaj tagoj en Tuluzo

Dum julio ni laboros en Tuluzo por la plenumo de Eŭropa projekto. Nia unua laborsesio okazos merkrede sed ni jam de kelkaj tagoj estas en Tuluzo. Ni alvenis al Tuluzo pasintan ĵaŭdon kaj vendrede ni ĝuis nian partoprenon en la Tuluza monata manĝo-klaĉo. Bongustaj salatoj, fromaĝoj, salikokoj spicitaj per kareo kaj precipe interesaj konversacioj kiuj daŭre fruktodone ŝvebas en nia kapo. Dankon al ĉiuj pro la gastamo.

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Juan Urrutia2129 ~ 13 de julio de 2014 ~ 0

Le catorce juillet: ¡Vive la liberté!

351px-MarseillaisenoframeDos fechas hay en mi vida que no se me pasan nunca. La del dos de mayo de 1874, de la que he hablado aquí y aquí, y la del catorce juillet de 1789. Ambas están asociadas a dos himnos que en mi familia no se dejaban de cantar ningún año. El himno de los auxiliares, que volví a subir a este blog el dos de mayo pasado, y la Marsellesa. Los dos himnos son cantos de libertad, y he debido heredar de mi madre el gusto entusiasta por ese lema de la Revolución Francesa. Así que mañana lunes la Marsellesa no se me irá de la cabeza y espero que quizá este año haga el esfuerzo de aprender todas sus estrofas, incluso las más belicosas y violentas. Creo que he heredado el gusto por los gestos heroicos desgraciadamente asociados, directa o indirectamente, a la violencia. Un gasto indirecto en favor de la libertad así como un cántico a la ayuda mutua en su defensa es este otro que también solía recordar mi madre cuando se ponía épica. Casi al final de la primera guerra mundial, cuyo centenario de su inicio se ha conmemorado este año, los americanos decidieron intervenir y uno de sus primeros gestos de apoyo fue acercarse a la tumba de Lafayatte y en posición de firmes gritar “¡Lafayette, nous voici!”, aquí estamos, Lafayette, nos ayudaste a librarnos de la metrópoli en nuestra guerra de la independencia y henos aquí dispuestos a devolver el favor. Era el 4 de julio de 1917. Casi 150 años después de la declaración de Independencia que crea los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776, el ejército americano viene a ayudar a Francia, cuna de libertad, a mantenerla.

David de Ugarte2790 ~ 11 de julio de 2014 ~ 5

Comunidad y felicidad

imageEl Philosopher’s Mail, blog de Alain de Botton y los seguidores del ateísmo 2.0, publica un artículo sobre los epicúreos. Lo mas interesante es que en pocas palabras defiende que el comunitarismo epicúreo se fundamenta en la minimalista definición de felicidad de su fundador:

Con su análisis de la felicidad en la mano, Epicuro hace tres importantes innovaciones:

En primer lugar decidió vivir con sus amigos. Ya bastaba de verlos de cuando en cuando. Compró un pedazo de tierra asequible fuera de Atenas y construyó un lugar donde él y sus amigos pudieran vivir unos junto a otros de manera permanente. Cada cual tenía su habitación y había áreas comunes en la planta baja y el sótano. De esa manera los residentes podían estar siempre rodeados de gente con la que compartían miradas sobre el mundo, siendo amable y divertido. Los niños eran cuidados por turnos. Comían todos juntos. Podías charlar en los soportales hasta tarde. Fue la primera comunidad intencional propiamente dicha.

En segundo lugar, todos dejaron de trabajar para terceros. Aceptaron reducir sus ingresos a cambio de centrarse en un trabajo que les llenara. Algunos de los amigos de Epicuro se dedicaron a trabajar en la granja, otros a cocinar, unos pocos a hacer muebles y objetos de arte. Tenían mucho menos dinero, pero ganaron satisfacción por lo que hacían.

Y en tercer lugar, Epicuro y sus amigos se dedicaron a encontrar la serenidad a través del análisis racional y la reflexión. Dedicaban un tiempo cada día a reflexionar sobre sus propias ansiedades, mejorando el autoconocimiento sobre sus personalidades y dominando los grandes temas filosóficos.

El experimento vital de Epicuro cuajó. Se abrieron comunidades epicúreas en todo el Mediterráneo y ganaron miles de seguidores. Estos centros prosperaron durante generaciones hasta que fueron brutalmente suprimidos por el fanático y agresivo cristianismo del siglo V. E incluso entonces, su esencia sobrevivió al volverse algunos de ellos monasterios

De Botton olvida que ese monastismo epicúreo, familiar y mixto del siglo V, común e incluso hegemónico en lugares como la península Ibérica o la isla de Irlanda, fue poco a poco cercado desde Roma y finalmente extirpado con la reforma gregoriana. El espíritu del comunitarismo epicúreo comenzaría entonces a prosperar en un entorno muy diferente. Pero esa es otra historia.

Manuel Ortega443 ~ 8 de julio de 2014 ~ 0

¿El embargo de Estados Unidos a Cuba tiene los días contados?

obama_raul_castro_jef_131210_16x9_992En 2012 el embargo de Estados Unidos a Cuba cumplió 50 años y a día de hoy todo apunta a que tiene los días contados. Todo empezó con un apretón de manos entre Obama y Raúl Castro durante el funeral de Mandela y un creciente interés por el mercado cubano. 2013 sentó las bases para un nuevo posicionamiento de Cuba en el mundo y abrió las puertas para un cambio fundamental en las relaciones con Estados Unidos. Sin embargo, sería Holanda quien primero rompería filas con la UE, abriendo un dialogo político con Cuba. A principios de 2014, Cuba, en su campaña de actualización, anunció una ley de inversión extranjera más «profunda», y en el terreno de los gestos políticos, la congelación de los activos vinculados a Al Qaeda. El embargo recibió su herida mortal durante la II Cumbre de la CELAC, donde todas las voces fueron de elogio y bienvenida a los cambios en desarrollo en la isla. En Palabras de Insulza, secretario general de la OEA, «Cuba es siempre bienvenida». El último invitado a la fiesta ha sido Eric Schmidt, director general de Google, quien durante su última visita a la isla ha declarado que «el embargo no tiene absolutamente ningún sentido para los intereses de los Estados Unidos».

Manuel Ortega443 ~ 7 de julio de 2014 ~ 2

La lingvo plej parolata en la mondo estas la «ne-angla»

bla_blaEn multaj konversacioj pri la disvastiĝo de la lingvoj kaj la uzo de la angla kiel lingua franca ni renkontas la aserton, ke la angla estas la plej parolata lingvo en la mondo. Gravas memorigi ke la realo estas tute alia. La plej parolata lingvo en la mondo estas la «ne-angla», tio estas, la ceteraj lingvoj. La nombroj kaj elcentoj, troveblaj en «The World Factbook», klare prezentas tiun ĉi realon. Prezentinte tiun ĉi fakton, endas emfazi, ke preter la nombroj kaj elcentoj la diskutindaj punktoj pri la supero de la lingvaj barieroj kaj la adopto de lingua franca estas aliaj. Ni parolas pri la rentoj kaj povostrukturoj povigitaj de la adopto de nacia lingvo kiel lingua franca, ĉi-okaze la angla, kaj pri la limigoj trans supraĵaj interagoj.

La funkcia angla, kiel ĉia ĵargono, montriĝas utila por supraĵaj interagoj, ekzemple kiam kelnero en kafejo de Antaljo priskribas al vi la vidon al la maro kiel „very nice” (tre belan). Ĝi atingas siajn limojn en la kunteksto de universitata instruado, intelekta funkcio supera, kiu mobilizas plene la lingvajn kapablojn. Ĉar oni havas tre malofte la saman nivelon de nuancigo kaj de precizigo en lernita lingvo ol en sia gepatra lingvo. Tiu fera leĝo de lingva kompetento konfirmiĝas eĉ en landoj famaj pro sia kono de la angla lingvo.

Estadísticas del Correo de las Indias

La feed indiana tiene hoy una media de 687 feed subscribers activos. Esta estimación se calcula como el número de personas que durante los tres últimos días descargó al menos un post cada día de nuestra feed principal. Así que si una persona no se conectó o a pesar de estar suscrito, no nos leyó durante un día de los últimos tres, no se computa como suscriptor, por eso este número se reduce de sábados a martes y es más alto de miércoles a viernes.

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