El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2146 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

La seña y su continuación

biarritz Tu marido presidía la reunión que se celebró en vuestra casa. Alrededor de la mesa del comedor de la que yo solo había tenido una visión fugaz en alguna de las merindas intelectuales cuando tú te levantabas, corrías una puerta y volvías con una cucharilla o cualquier otro detallito. Era una mesa muy sólida y muy grande alrededor de la cual se sentaban señores bastante mayores que yo, o eso me parecía. Por un lado, el Rector de la Universidad pública en la que yo trabajo junto con el Decano de mi Facultad y, por otro lado, estos conocidos o socios o lo que fueran de tu marido, bastante más mayores de lo que yo imaginaba. Y en una esquina estaba yo, el único no encorbatado. Cada uno de nosotros teníamos delante de nosotros una carpeta con nuestro nombre y un contenido supuse que homogéneo, en el que destacaban unos estatutos y un presupuesto además de un borrador de convenio, tres piezas relacionadas con la cátedra especial que algunos señores de la Ciudad, conocidos como empresarios, estaban dispuestos a dotar si ellos y la Universidad conseguían llegar a un acuerdo. Me resultó extraño que no estuvieras tú, aunque, después de pensarlo, creí darme cuenta de mi sesgo, pues relacionaba sin querer esa cátedra con los exquisitos tés que durante todo el curso se habían servido en vuestra casa una vez al mes. Una relación que de todos modos no hubiera resultado tan tonta, pues estaba claro, al menos para mi, que si tu marido era el líder de los señores que pondrían el dinero, debía ser por las muchas cosas que tú le habrías contado sobre esas meriendas por las que habían pasado desfilado como ponentes la flor y nata del claustro.

El Rector fue el primero en tomar la palabra para resaltar esa circunstancia tan poco habitual de la unión de la calidad de no pocos miembros del claustro y de su aparente disposición, poco corriente entre los catedráticos, a trabajar duro para colocar a esta Universidad entre las mejores de Europa. Y, como colofón de su intervención, nos remitió al borrador de estatutos en los que se ponían negro sobre blanco estas ideas en toda su generalidad. Alfonso, que resultó ser el nombre de tu marido, respondió elegantemente diciendo que los allí reunidos estaban dispuestos a firmar un convenio que diera vida a esos estatutos, pero poniendo un cierto énfasis en la parte empresarial de la colaboración. Decía estar seguro de que la Universidad contaba con personalidades de reconocido prestigio en otros campos más científicos que, aunque sin duda podían colaborar a elevar el prestigio de esta Universidad asociada a nuestra Ciudad a través de sus contactos en el circuito mundial, su movilización, pensaba él, debería recaer sobre todo sobre las espaldas del gobierno y no tanto sobre una simple asociación de empresarios. A instancias del Decano, yo traté de justificar la especialización en la que parecían querer incidir los empresarios allí reunidos.

Déjame hacer en este punto como un pequeño paréntesis para explicarte que casi me entró la risa, pues mis palabras eran casi las contrarias a las que había utilizado en mis intervenciones en las meriendas intelectuales que tú organizas. Me largué un buen discurso sobre las enormes posibilidades que abría la consideración de la empresa y sus avatares multifacéticos en un mundo en el que las verdades económicas empezaban a flaquear. Estas verdades estaban asentadas sobre modelos matemáticos cuyos supuestos implícitos eran de una simplicidad alarmante. El mundo no es una máquina sencilla en la que los inputs entran por un lado y los outputs salen por otro. La empresa era, de hecho, un magnífico modelo para entender el mundo en su faceta económica. Un mundo con una enorme complejidad, de acuerdo con la cual predecir era prácticamente imposible y en medio de la cual un pequeño incidente en una planta de producción de automóviles en Detroit podría generar un verdadero revuelo en toda una economía nacional de otro país distinto a los EE.UU. de América. Era esa complejidad sobre la que había que trabajar para lograr acercarnos un poco a su descripción y a su utilización para tomar decisiones informadas por los Consejos y la alta dirección de las empresas. Y esta complejidad se daba precisamente en el seno de las empresas como las que allí, en la mesa de tu comedor, Esperanza, estaban representadas.

Teniendo en cuenta el origen de esos hombres que parecían dispuestos a dejar entrar el aire de la renovación intelectual, me extendí en la comparación entre la física teórica, tan llena de sorpresas intelectuales, y la ingeniería, sobre la que ellos seguramente sabían todo, dada su formación en la Escuela de Ingenieros de la Ciudad, sobre la que les interrogué aunque ya conocía las respuestas. Era justamente lo que ellos querían oír y algo muy contrario a mis verdaderas creencias, como tú sabes bien. Pero no me avergüenzo, pues he aprendido a tener todos mis mundos aislados entre sí, sin intentar una unificación cuya obsesión se debe únicamente a la religión en la que los habitantes de esta Ciudad hemos sido educados. El Decano me miraba asombrado, pero reprimió su comentario para dejar expresarse a esos amigos de tu marido que parecían bastante contentos y que pasaron a considerar el presupuesto que podrían dedicar a esta cátedra especial.

Habría que seguir hablando, dijeron, pues, a la luz de lo compartido hoy alrededor de esa mesa tan sólida, era muy posible que otros empresarios con las mismas preocupaciones que los allí presentes aceptaran cooperar en la financiación de la cátedra e incluso pudieran aportar sus ideas a la organización general de la operación. La reunión se acabó entre comentarios banales sobre la coyuntura económica y los universitarios nos despedimos pretextando, con una sonrisa que quería sembrar la duda, que teníamos que preparar las clases del día siguiente. Yo recogí la carpeta que llevaba mi nombre y la introduje en mi cartera de profesor mientras me despedía tibiamente de los capitanes de empresita. Volví al centro de la ciudad con el Decano que me dejó cerca de mi casa, no lejos de la suya.

La sorpresa del día estaba todavía por llegar, pues al sacar de la cartera la carpeta para depositarla en el fondo de algún cajón, volví a echar un vistazo a su contenido y me encontré con un sobre con la dirección en blanco en el que no había reparado durante la reunión. Te había pedido una seña pensando en algo como un guiño de ojo y he aquí que me sorprendías con toda una misiva en la que me emplazabas a acompañaros a Lourdes y a ti a Francia el próximo viernes a hacer las compras para el verano saliendo, el jueves por la tarde, un esquema que sabías cuadraba con mis obligaciones. No sé qué hago reproduciéndote lo que tú misma habías redactado, solo sé que aquello me satisfizo de una forma extraña, sea por su tono o sea por cierta ironía subyacente a un texto que parecía escrito a dos manos. Temí que todo fuera un juego, pero decidí correr riesgos y seguir las instrucciones, bien simples por cierto. El jueves a las cuatro de la tarde me recogerían en el parking de la estación llamada del norte sita en la llamada plaza circular.

Como ya conoces el resto me limito a contar, más bien para mi mismo, los sentimientos de aquella escapada. La cena del jueves en el café de París de Biarritz fue rápida y muy divertida gracias al buen humor, raro en ella, de Lourdes. La noche muy larga y más que satisfactoria. Si recuerdas, yo llevaba conmigo mi cartera, pero su contenido no era el habitual, pues mis instrumentos de trabajo se habían quedado en el despacho de la Facultad y habían sido sustituidos por una muda, el neceser y un cuadernito de tapas blandas en el que yo suelo tomar breves notas sobre las características de la última pieza de mi colección y que luego son trasladas al cuaderno de tapas duras convenientemente enriquecidas de una forma que yo me atrevería a llamar poética. Espero que te agrade saber que ese cuaderno de tapas blandas que llevé conmigo permanece en blanco, pues no aproveché tu breve sueño para apuntar nada, ya que nada tenía que anotar. Habíamos bebido bastante, pero no fue eso, sino una especie de llegada a la meta lo que me hizo comportarme como un jovencito enamorado, musitando palabras de amor de estilo de escritor ruso romántico. Fuiste mi primer amor en la playa de aquellos veranos infantiles y a pesar de todas mis aventuras intelectuales y deserciones y desapariciones, nunca te había olvidado, y por lo que vi tú tampoco me habías olvidado a mi. Si no hubiera sido porque ambos no andábamos mal de experiencia amatoria, esa noche hubiera parecido una noche de bodas, en la que se mezclan las declaraciones con los jadeos y las sorpresas. Nada de esto hubo, pues tu cuerpo se acopló al mío, y el mío al tuyo, como si lleváramos años descubriendo recovecos de una cueva prehistórica. Nada memorable, me temo, excepto la fuerza extraordinaria con la que apretabas mi espalda, como si te agarraras a un bote salvavidas. Nos dormimos cuando comenzaba a amanecer, y cuando yo desperté ella ya no estaba allí. Supuse que Lourdes y ella habían acudido a las boutiques más chic para no dejar de examinar ninguna de las novedades y también, supongo, para comentar y chismorrear sobre esta escapada y sus resultados sin dejar que ningún pensamiento oscuro ensombreciera la alegría infantil que parecía embargar a los tres, pero sobre todo a las mujeres. Llegamos ya de noche a la Ciudad y fui depositado en el mismo lugar en el que había sido recogido el día anterior. Ni una palabra de amor y solo un mensaje escueto cuya única gracia, recuerdo haber pensado, era que quizá Lourdes no lo entendió: «observarás pronto otra seña y espero que te guste».

María Rodríguez

María Rodríguez 596 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 2

Cuento de verano (I): Los peregrinos no mueren

peligro-peregrinosAl tercer día de golpes continuos en el patio de luces de su casa, Carmen García, traductora freelance, llamó a su tía para pedirle las llaves de su apartamento de la playa. Estaba solo a tres horas, y aunque a esa altura del año todavía estaría algo fresco, era el lugar ideal para terminar sus entregas a tiempo sin tener que soportar a la cuadrilla de obreros parlanchines que cuando soltaban el pico o el taladro hablaban a voz en grito a la altura de su ventana.

Por supuesto, le dijo su tía, podía disponer del apartamento toda la primavera, pues ella y su tío tenían un viaje del Imserso planeado y no llegarían al apartamento hasta el mes de junio. Esa noche ya estaba instalada en el apartamento de vacaciones de la playa de La Isla, en Colunga, donde ese mes de abril solo uno de los apartamentos aparte del suyo estaba ocupado, y sería raro incluso cruzarse con alguien en sus paseos por la playa o los acantilados. Imposible encontrar un lugar más tranquilo para trabajar.

Después de cenar salió a dar un pequeño paseo. Vio que eran más de las 11, pero se recordó que incluso estando casi vacío, La Isla era sin duda el pueblo más seguro de España… y tanto que lo era, pues delante de ella pasaron un coche de la policía local de Colunga seguido de un todoterreno de la Guardia Civil… quizás demasiado rápido para estar de patrulla.

Subió la pequeña cuesta por donde desaparecieron los coches, hacia el barrio de La Colonia, donde se encontró al pueblo entero, además de tres vehículos de la Guadia Civil, dos de la policía local, dos de la Judicial de Gijón y un coche fúnebre.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó Carmen a una vecina
- Hola Carmencita, fía – respondió la vecina- ¿que haces aquí? ¿cómo está tu tía, la pobre?
- ¿Mi tía? Está mejor que yo. ¿Qué ha pasado?
- Una desgracia, fía, no nos dicen nada… pero han encontrado un muerto en las Colonias y parece que hay sangre
- Pero ¿quien es el muerto? ¿conocido?
- Por aquí hemos hecho todos recuento y no falta naide, así que del pueblu nun ye
- ¿Un veraneante? ¿en abril? ¿un abrileante?
- Quién sabe, fía
- Espera, conozco a ese de ahí, al Guardia Civil ¡Pacooo! – gritó Carmen agitando la mano en el aire

caminoEl agente miró hacia los gritos extrañado y se acercó con cara de sorpresa

- Carmen, cuanto tiempo, ¿que haces aquí en abril?
- Vine a buscar paz y tranquilidad
- ¡Que puntería!
- Ya te digo. Cuenta, ¿quien es el muerto?
- El fallecido
- ¿Quién es el fallecido?
- Como eres… no lo sabemos
- Pero no ha muerto de viejo, ¿verdad?
- Mmm
- Venga Paco, suéltalo
- No tiene buena pinta
- ¿Hay sangre?
- Hay
- ¿Mucha?
- No está mal
- Y el muerto…
- El fallecido
- ¿Cómo es? Aunque tapian las ventanas se siguen colando mendigos, adolescentes…
- No tiene pinta de mendigo
- ¿Ni de adolescente?
- No
- ¿De qué tiene pinta?
- Pues… de pelegrín
- ¿¿¿En serio???
- No lo cuentes por favor
- Vale, pero antes o después se sabrá
- Los jefes no quieren, en el Principau no va a gustar, es mala prensa para el Camín
- Me imagino, nunca había pasado algo así. En el camino del interior todavía, pero ¡en el de la costa!
- En el del interior tampoco, Carmen, esto es nuevo
- Cierto
- Los peregrinos… no mueren

Próximamente el capítulo 2: Les verdaes manquen

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las Indias 1001 ~ 26 de agosto de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 26 de agosto de 2014

David de Ugarte

David de Ugarte 2803 ~ 26 de agosto de 2014 ~ ~ 24 10

Del cosmopolita al nómada digital: brevísima historia del nomadismo en el pensamiento Occidental

Crates e Hipparchia_ en Villa_FarnesinaLa figura del nómada nos ha acompañado desde que comenzamos nuestro vagabundeo por los orígenes no-platónicos del pensamiento Occidental.

Vimos cómo los cínicos abrazaban un nomadismo radical que suponía romper los lazos de la pertenencia a la ciudad y separarse del demos de la polis estruendosamente: el cosmopolitismo. Por contra, los epicúreos mantuvieron una respetuosa distancia con la pasión política, cumpliendo con los deberes externos de esta, pero no siendo parte más que de su propia comunidad de vida, trabajo y conocimiento. Cuando estas florecieron se convirtieron en red, y un nuevo tipo de cosmopolitismo, de nomadismo entre comunidades epicúreas, apareció de forma natural. Nos quedan sus trazas, aunque no fue especialmente teorizado. Pero la imagen y la leyenda del nomadismo nos acompañarán hasta el final mismo de la Antigüedad, aunque paradójicamente ligadas a las periferias del tronco de la influencia estoica, una escuela que había transformado la ruptura con la polis de sus orígenes cínicos en distancia ética e intelectual frente a las tentaciones y lógicas del ejercicio del poder, involucrándose a las finales en el desarrollo político del Imperio.

El retorno medieval

caravanaEn el medioevo, un tiempo en el que las teologías cristiana y musulmana tornarán hegemónicos el platonismo y el aristotelismo, el nómada recuperará pronto su protagonismo en Occidente. En el Sur, Ibn Jaldún, visto por muchos como el último estoico, convertirá al nómada en el verdadero motor de la Historia y la innovación en el mercado.

Al Norte, en la Europa cristiana, una nueva cepa de nómadas transformaba la estructura social y recuperaba, como discurso propio de sus Artes, la concepción epicúrea de la fraternidad. El nacimiento mismo de un ámbito europeo, distinto de Occidente -que incluye al Magreb- y de la Cristiandad -que incluye el Oriente ortodoxo- llegará de la mano de la reapertura del Camino del Norte peninsular, ahora «de Santiago» y la consolidación del papel económico de una población flotante desaparecida desde el fin del Imperio.

Caída y resurgimiento del nómada

mcluhanEn próximos capítulos de esta serie hablaremos de cómo la idea nómada se transformará en los comienzos de la Era Moderna y el Barroco, metamorfoseándose en los nuevos mitos del primer pensamiento liberal y libertario.

Sin embargo, la «segunda globalización», la consolidación industrial del capitalismo y el desarrollo del nacionalismo, irán relegando progresivamente al nómada hasta convertir la mera idea del «desarraigo» en una pesadilla sinónimo de pérdida de la identidad, como vimos con Stefan Zweig en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Será precisamente la digestión intelectual de aquel horror, la crisis final del platonismo, lo que abra una nueva etapa de reflexión sobre el nómada a partir de McLuhan, Guattari y Deleuze. Si el primero apuntará al rol práctico de la evolución tecnológica de las comunicaciones y la reducción de las escalas, los segundos recuperarán para la postmodernidad el «epicureísmo marcial» de Lawrence y su doctrina.

Nómadas urbanos y digitales

Nómadas digitalesPero sería el desarrollo de la experiencia social de Internet y las redes distribuidas con todo lo que traerían -globalización de los pequeños, reinvención hacker del cooperativismo, etc.- la que daría una nueva base a la conceptualización del nómada en dos dimensiones. La primera, la filé, colectiva y comunitarista, la segunda, individualista, vendrá bajo dos etiquetas: nomadismo urbano y nomadismo digital.

El nomadismo urbano se presenta como un fenómeno básicamente interno a los estados nacionales, como una suerte de itinerancia free-lancer entre espacios de coworking, cafeterías y eventos que incluye un cierto mensaje ético, una suerte de ascesis que renuncia a ingresos a cambio de un modo de vida que maximiza la libertad y el continuo disfrute de nuevas conversaciones. El nomadismo digital, por contra, surgiendo del mismo contexto, apunta al modo de vida del free-lancer asociado a la «clase internacional», maximizador de ingresos y anglocéntrico, pero por lo mismo abierto a saltar fronteras aunque sea a la búsqueda de paisajes sugestivos y costes menores, aunque siga ajeno al enriquecimiento de las conversaciones porque sus clientes «van consigo».

La población flotante y los milagros económicos

coworkingAunque pueda parecer paradójico, la historia del nomadismo parece una galería de milagros del desarrollo local. Hay ejemplos en todas las épocas: La refrigeración y la conservación de los espárragos por los epicúreos, el desarrollo económico y demográfico de los reinos peninsulares gracias al Camino de Santiago, el nacimiento del negocio conservero peninsular en el XIX y hasta la invención y globalización del sushi en el Japón contemporáneo. El denominador común es la innovación que, al parecer, surge «espontáneamente» del paso del diálogo a la conversación, en el contraste y la necesidad de explicar y aportar al otro. Seguramente por eso, no es difícil quedarse con la impresión de que los nómadas han hecho más por el desarrollo local que los localistas, generalmente conservadores y, especialmente a partir del Romanticismo, muchas veces extasiados en la búsqueda de lo auténticamente «original».

Así que como sugeríamos hace ya más de una década, es muy posible que en los próximos años el nómada -digital, urbano, en comunidad o por su cuenta- sea repensado desde lo local como un polinizador, como alguien a atraer, tan interesante económicamente o más que su parodia industrial, el «turista».

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las Indias 1001 ~ 25 de agosto de 2014 ~ 0

Lecturas interesantes del 25 de agosto de 2014

    true-blood-copa

  • Marina Silva, segunda en intención de voto
    La primera encuesta realizada tras la trágica muerte de Eduardo Campos da a Marina un 21% de la intención de voto, en empate técnico con el candidato del PSDB Aécio Neves. La presidenta Dilma Rousseff, aparece la primera con un 36% de preferencia del electorado.
  • 22 aplicaciones para hacer videos en clase
  • Nuevo sistema operativo estará dedicado a la impresión 3D
    Se trata de una plataforma a la que los impresores 3D acceden de forma gratuita ya que se trata de un software open source. Por el momento los drivers para ciertas impresoras ya están disponibles como los de MakerBot 2, 2x y Dual, Ultimaker 1 y 2, así como Duplicator 3 y 4. Los drivers disponibles por el momento son de Mac y Windows pero también se puede solicitar la versión beta o alpha para Linux y para algunos modelos de Raspberry P.
  • Adiós a True Blood, la mítica serie de vampiros sureños
    «True Blood no fue una serie de vampiros normal, no fue otro clon más de las obras míticas de Anne Rice, ni tenía absolutamente nada que ver con vampiros de piel escarchada (el horror para los fanáticos de los vampiros). True Blood nos contó cómo sería si los vampiros existiesen, y tendríamos que convivir con ellos… Ninguna serie es perfecta… y por ello True Blood no tuvo un final digno, sino insípido. Pero eso sí, no dejó cabo suelto, y los que seguimos a esta gran serie durante siete temporadas la extrañaremos».
  • La nueva demografía del videojuego no conoce diferencias por sexo
    La demografía del sector se transforma: para empezar ya hay tantos jugadores como jugadoras.
  • Makers y cooperativismo: ¿Catedral o Bazar?
    Venido desde Nueva York, Jon Santiago presentó en la Bilbao Mini Maker Faire el pasado julio una charla sobre cooperativismo y movimiento open source/maker. Jon trabaja en una cooperativa, Htink, que se dedica a la formación de en temas relacionados con la tecnología empleando para ello software y hardware libre, organizados según ellos siguiendo el «modelo Mondragón». Jon planteaba si hay una ausencia de proyectos orientados a crear grandes discursos y terminaba su presentiación preguntando si no debíamos comenzar a pensar como constructores de catedrales.
  • Feminismo y posesión infernal: El Tren de la Bruja de la Infamia
    LPD arremete contra el discurso del feminismo institucional: «Hoy día el feminismo institucional se está transformando en un monstruo a pasos agigantados, en una mezcla de religión de andar por casa, autoayuda y postración al poder que se encauza mediante la censura, la autocensura y el ataque a los demás en forma de linchamiento, cada vez más exacerbado. Cualquier discrepancia con el discurso feminista oficial coloca al que la emite del lado de los morlocks, trolls y ogros que pretenden, a juicio de esta ideología o «idiotología», elaborar discursos machistas, misóginos y, ay que no falte la palabrica, heteropatriarcales. Cualquier análisis o reflexión que encuentre incoherencias, faltas o errores en dicho discursos será tachado de enemigo de la igualdad»
Juan Urrutia

Juan Urrutia 2146 ~ 25 de agosto de 2014 ~ 0

El Honor

424px-TheTrialDVDCoverJon creía que después de los dos veranos de Bel Atha Cleath su formación preuniversitaria estaba decidida, y que nada faltaba y nada sobraba para llegar a ser un patrón de remolcador de altura en el sentido general y nada sencillo en el que había acabado pensando cuando elucubraba en cómo estar a la altura del padre añadiéndole unos toques de mundanidad para contentar a la madre. Pero no sabía todavía que habían cosas, palabras y gestos que correspondían a otra cultura oscura con la que debía familiarizarse para fortalecerse y no limitarse a contestar con un simple silencio las solicitudes de la clase dominante, tal como había ocurrido al final del último verano en esa ciudad que también llaman Dublín. Ante la tontería no basta con el silencio y menos si éste es despreciativo. Lo que se exige de alguien como el que Jon quería llegar a ser es el Honor, esa virtud rara vez catalogada como tal, que hace que quien la posee ante nadie se arrodille y ante la verdad incline la cabeza. Sobre la verdad había ya leído mucho a través de la filosofía del lenguaje estudiada en la soledad de la embriaguez celta, pero esperaba que la universidad le confrontara justamente con ese problema al tiempo que le formaba en lo que sus amigos más conscientes de la deriva del régimen y la potencial liberación nacional llamaban el contraste, o la contradicción, entre la estructura económica y la superestructura jurídica. Tendría pues que estudiar la doble carrera en la universidad privada de la Ciudad, se decía a sí mismo, disfrazando de reflexión intelectual lo que no era, una vez más, sino la mera imposibilidad de frustrar las esperanzas de la madre justificándose, como para sus adentros, con la idea de que al final no se dejaría deslumbrar por el solitario y que acabaría calándose la boina para que, añadíase con humor, no se le escapara ninguna idea de las que iba a estar hecho el intercambio comercial de la Ciudad en el futuro que le iba a tocar vivir.

De este primer año en la universidad lo único que le interesó fue lo que se llamaba la Filosofía del Derecho que, con su capacidad para la síntesis, pronto resumió Jon como la fuente de la legitimidad. ¿De dónde viene la obligatoriedad de las normas jurídicas cualquiera que fuera su origen? O bien de la violencia, como finalmente concluye Schmitt, o en el formalismo de Kelsen, que solo se siente obligado a lo que procedimentalmente cumpla los requisitos de cuyo origen no le cabía otro remedio que conceder la ignorancia suprema. Este es un problema, el de la explicación última, que nunca supo Jon tratar, así como tampoco el de las contradicciones hegelianas que subyacen al análisis económico de Marx y a su sentido de la historia. De momento solo se dio cuenta de que Marx, Hegel, Schmitt y Kelsen deberían ser leídos en alemán, para lo cual frau Klein apareció en su vida localizada por la señorita Carmen y financiadas sus clases particulares por los padres.

Como cuando en la infancia Doña Modesta reforzaba sus conocimientos al mediodía de cada jornada semanal para estar siempre entre los primeros de clase, en este comienzo de vida universitaria Frau Klein intentaba todos los días al mediodía hacer su oído a este idioma tan divertido de aprender y tan agradecido que realmente te alegra cada vez que eres capaz de decir algo como, por ejemplo, «no sé alemán bien pero me hago entender», o como cuando comienzas a experimentar con la utilización de esos verbos de los que tienes que desgajar la proposición previa y dejarla para el final de la frase, por no hablar de las declinaciones que te retrotraen a las épocas del latín o de las concordancias. Pero nunca había aprendido Jon un idioma sin al mismo tiempo tratar de leer literatura o filosofía escrita en ese idioma y que le permitiera asociarlo a una cierta idea central, como las luces con el francés, o el pragmatismo, embriagador o recio, en el caso del inglés. Pero aquí Frau Klein no era muy útil y en la biblioteca de su casa no había grandes obras relacionadas con la filosofía alemana o con su vasta literatura, y lo que había no le era suficiente como para convocar un sustantivo definitorio de un cierto rasgo de carácter nacional, o quizá no había esa nacionalidad, sino una infinidad de ellas, cada una relacionada con un cierto acento diferencial en la manera de pronunciar el mismo idioma.

Y ahí llegó de manera quizá forzada la idea del Honor como algo que te permite mantener la cabeza erguida frente a los que creen tener derecho de prioridad en todo, algo que desde luego hay que ejercitar, pero que poco valdría si uno no tuviera a su vez algo que decir. Así que la idea de Honor se fue configurando al ritmo de las conjugaciones y las concordancias como un cierto tono que te distingue no solo en el hablar, sino en la forma de expresar tus ideas para hacerte visible. Algo así como la colocación adecuada de las comas que da a tu lenguaje una, digamos, altura, que te permite recabar la atención de quien escucha. Desde ahí habría que construir el nuevo idioma como un arma más del patrón de remolcador de altura. Pero no sabía el joven Jon que hay ciertos lenguajes que se hablan a sí mismos y que hacen de ti, pobre hablante, un mero instrumento. Este era el peligro del alemán para Jon, y aunque sin sabérselo contar, intuyó en seguida el peligro que semejante poder tenía, así como la oportunidad que se le brindaba de romper sus cadenas y aprender a hablarlo a su manera, esa que divertía tanto a Frau Klein y que un día habría que limar, pero que de momento servía para enraizar esa fortaleza indefinida que le hacía poco flexible y tremendamente frágil.

Era el momento de dejarse de filosofía del lenguaje y de abandonar las pesquisas sobre la verdad o sobre las condiciones de su existencia y de parapetarse tras la fuerza de la voluntad como arco de bóveda de cualquier construcción de uno mismo. Y la ocasión llegó en el verano de segundo de carrera cuando Jon volvió a viajar, solo esta vez, hacia el este camino de la universidad de verano en München, pasando previamente unos días por Frankfurt invitado por un antiguo profesor progresista de su colegio de jesuitas en Bilbao que colaboraba con la emigración española en esa ciudad y cuya comunidad le proporcionaba una especie de hostal barato en el que cobijarse mientras Jon se enteraba de sus condiciones de vida, mucho peores de las de los inmigrantes de la margen izquierda de la Ciudad, y también tenía tiempo de pasearse por una ciudad que parecía no haber sufrido la contienda bélica y ofrecía diversiones varias. Y no solo diversiones. También experiencias extrañas que más adelante en su vida se repitieron y a las que nunca ha encontrado explicación, iniciando así su convencimiento creciente de la imposibilidad de explicarlo todo. Asistió a una sesión cinematográfica en la que se proyectaba una película de Orson Wells sobre una obra de Kafka, seguramente El Proceso, hablada en alemán, el mismo idioma en el que se expresaban las cuatro personas que ocupaban las butacas posteriores a la que Jon había elegido en un cine semivacío y, desde aquel entonces ya, muy cercana a la pantalla. No solamente podría haber jurado que entendió todo lo que se decía desde la pantalla, sino que también fue consciente y entendió lo que esas cuatro personas comentaron al finalizar la proyección. No podía ser cierto y, efectivamente, no podría haber reproducido nada de lo escuchado pero no le cabía ninguna duda de que había estado casi dos horas en su ámbito lingüístico propio. Lo contó mil veces y luego dejó de contarlo ante la cara de incredulidad que mostraban sus interlocutores. Hasta que pasados los años y habiendo adquirido, según él, la virtud del honor, volvió a contarlo a menudo en un tono especialmente alto y sin admitir nunca ninguna prueba en contrario ni inclinar la cabeza ante quien solo sabía esgrimir la risa o la incredulidad.

Pero llegó el día en que partió hacia München a vivir experiencias más terrenales. No fue clasificado como totalmente analfabeto en alemán y se pertrechó a prepararse para un día poder llegar a leer a sus autores secretos en ese idioma. En esa juventud todopoderosa todo va muy rápido y a su Marx, su Hegel, su Schmitt y su Kelsen ya había añadido a Nietzsche, Mann, Rilke, Kafka y Freud. Pero esa misma velocidad acabó con todos sus buenos propósitos en pocos días y se dejó deslizar por el placer de la conversación internacional de unos grupos de alumnos europeos que hablaban idiomas que Jon podía hablar sin dificultad. Eso le granjeó la admiración de sus amigos recientes, pero cerró casi totalmente la posibilidad de progresar en el aprendizaje del alemán. Pero aprendió muchas otras cosas. Con l´Ambasadeur supo que una carrera diplomática no era una mala idea, aunque la idea de depender de un gobierno como el español le sacaba un sarpullido. Con un no tan joven profesor de filosofía al que llamaban Socrates dio no pocos paseos por la ciudad, fácil de recorrer, hablando de esto y aquello, y consideró que todavía estaba a tiempo de cambiar de carrera, una idea que pronto se difuminó ante el atractivo de Jacqueline, una suiza de Ginebra muy preparada para el amor.

Los paseos con ella se hicieron diarios y ambos comenzaron a visitar un piano bar después de una cenita nada frugal. Era alta, casi demasiado para él, y tan fuerte que le recordaba a Esperanza, aquella chiquilla de la playa de su infancia a la que, a pesar de todos los juramentos, había acabado por casi olvidar. Besaba con lentitud apasionada y se dejaba tocar con cierto recato pero sin ningún tabú. Jon era feliz con esa cadencia de clase de alemán por las mañanas y amor el resto del día, parloteando en francés e incluso en inglés, y olvidando todo lo aprendido por la mañana. Esta especie de idilio tan poco discreto les hacía a ambos populares entre sus compañeros de clase y Jon aprendió, o creyó que aprendía, que nada hay tan atractivo en un varón para una mujer que el hecho, no firme del todo, de que esté ligado a otra mujer. Se vio Jon pues en una especie de gloria tontuna pero muy satisfactoria para su ego y sus hormonas. Hablaban sobre todo de las diferencias culturales entre sus países de origen y se confiaban sus deseos ocultos. No faltaban a ninguna de las excursiones programadas durante los fines de semana, hasta que un día, Jaquie y él, decidieron hacer una escapada en tren hasta la vecina Salzburgo, desapareciendo de la universidad por un par de días de los lectivos. El paisaje era simplemente muy bello y los dos enamorados se recrearon en él y en el hecho de mirarlo juntos. La especie de pensión que habían reservado se encontraba lejos de la estación de ferrocarril y fueron caminando hasta el centro de esa ciudad de juguete también con río dulce y llena de referencias a Mozart más allá de su casa y de los dulces típicos. Tomaron posesión de su habitación, pequeña y menos que sencilla, y salieron otra vez a escalar la montaña no hasta el castillo, su plan para el día siguiente, sino hasta la parte alta del escenario de la vieja sala de conciertos excavada en la roca y desde donde se podía escuchar la ópera sin guardar ninguna compostura. Su abrazo y sus besos seguían el ritmo de la orquesta, quizá dirigida por el mismísimo Von Karajan, y el fervor de Jon fue aumentando hasta el punto de liberar su brazo derecho del abrazo y dejar a la mano que lo remataba adentrarse por caminos prohibidos que Jaquie no parecía reconocer como tales. Ambos disfrutaron del todo y abrazados bajaron de la montaña y volvieron a la pensioncita que se había convertido en un palacete cuya mejor y más distinguida habitación abrigó la noche en la que guiado por aquella mujer joven cazó la primera pieza de su perversa colección de vulvas, una pieza que nunca supo describir con detalle y que no consta como tal en los cuadernos que en los años siguientes fueron describiendo las siguiente piezas con detalles mucho más precisos.

El viaje de vuelta y el resto del curso del verano nada tuvo que ver con el aprendizaje del alemán sino que estuvo dedicado en exclusiva al amor con sus correspondientes promesas de eterna fidelidad. Se volverían a ver el verano siguiente, esta vez en esa pequeña ciudad, Salzburgo, que sería para siempre el emblema de su amor. Y, sin embargo, las cosas no sucedieron como ellos hubieran deseado, pues Jon tuvo que ajustar sus planes al cambio en las normas que regían las milicias universitarias y que habían adelantado un año la incorporación al primer campamento de instrucción. Las cartas entre Jon y Jaqueline reflejan frustración inicial y paulatino enfriamiento, como no podía ser de otra manera, y Jon supo ejercer su recién adquirida virtud del Honor y silenciar su frustración al tiempo que reforzaba su íntima independencia de criterio y decidía dejar su carrera al final de ese tercer año y, después de cumplir con el segundo campamento, trasladarse precisamente a Salzburg, en donde en la Universidad regular se ofrecían un par de años en Comercio Internacional financiados por una fundación americana a la que pediría una beca para no tener que someterse al chantaje de su madre para que acabara primero su carrera ya iniciada y en la que le iba muy bien. Mientras tanto seguiría con frau Klein, esta vez tomándoselo en serio.

Qué es «las Indias»

Juan Urrutia2146 ~ 27 de agosto de 2014 ~ 0

Misión cumplida

Es lo que, adelantándose a los acontecimientos, dijo Bush Jr. desde un portaviones al poco de comenzar la invasión de Irak que todavía hoy da guerra: «mission accomplished». Yo no me precipito si digo que yo he cumplido con mi misión, pues la novela está terminada, aunque, claro está, faltan detalles y rematarla puede llevar bastante tiempo. Pero este trabajo ya no lo haré en esta casa del municipio de Foixá en el Baix Empordà. He trabajado todos los días y mi ánimo se ha ido consolidando a partir del retorno de München, a donde viajamos ya hace cuatro semanas. Pero mañana volvemos a Madrid y habrá que retomar la vida excitante de una ciudad que no te permite concentrarte tanto como este campo que se conserva bello gracias a, o a pesar de, las subvenciones europeas.

RecetarioIdiomas

Carolina Ruggero138 ~ 26 de agosto de 2014 ~ 0

El camino del mar

puerto fenicio

El concepto de comercio, rutas comerciales, internacionalización, optimización de espacio, logística, diseño, oferta conjunta de productos, complementariedad económica, navegación, nichos…

Esto y mucho más es lo que se puede aprender yendo de visita al Museo Nacional de Arqueología Subacuática situado en Cartagena.

Las colecciones expuestas en el museo están constituidas principalmente por objetos procedentes de excavaciones arqueológicas subacuáticas desde el siglo VII a.E.C. al XIX d.E.C.
Especialmente significativas, tanto por su volumen como por su calidad, son las piezas de época fenicia, así como los conjuntos de procedencia romana.

El premio mayor se lo llevan los pecios fenicios de Mazarrón y de San Javier, y sus ánforas con recuerdos de pescado, platos, lucernas, cuencos, urnas, ungüentarios, peines, ámbar, marfiles y bronces…

Por su patrimonio y por sus estrategias didácticas para todo público es sin duda un lugar para visitar.

Juan Urrutia2146 ~ 23 de agosto de 2014 ~ 0

Una noche de perros… y ranas

cuidado-ranasParece que la borrasca se va alejando, pero ayer sufrimos una de esas que no se olvidan. Los rayos y los truenos fueron casi constantes y la luz eléctrica se iba y volvía sin ninguna prisa. Si una vez hace años nos quedamos encerrados fuera, ayer corríamos el peligro de no poder salir, pues la puerta para el coche funciona con electricidad únicamente. Creíamos que el tejado no tenía fisuras, pero comenzaron las goteras, y llenamos el piso de arriba con baldes como los que se veían en los años cincuenta en cualquier casa. Fue sin duda una tarde-noche de perros, y esta mañana en mi paseo matinal he visto muchos perros solos, como si hubieran salido huyendo de su encierro, a cazadores gritando por los cotos de caza sin duda llamando al perro extraviado, y a varios automovilistas dubitativos vagando a la búsqueda de sus mascotas, o decididos una vez recuperadas éstas. Pero la mayor muestra de la dureza de la borrasca han sido las ranas. En mi paseo he visto cuatro cadáveres de rana, cada una con manos y patas estiradas como si se hubieran ahogado en un medio que no es el suyo, algo solo explicable por la cantidad de agua que la tierra no podía absorber. Esto de la naturaleza es algo realmente cruel en lo que nos encontramos inmersos.

Juan Urrutia2146 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Un interludio económico

Recesión europea
En medio del esfuerzo por ir dando forma a la gran novela de Bilbao, título a penas pretencioso, y de terminar de ordenar las entradas que conforman la serie «Hacia un Nuevo Relato», que continúa y cierra, esperemos, Crónica de un Crisis, me permito una distracción para mencionar las últimas malas noticias de la economía europea y la vaciedad del lenguaje de nuestros políticos, forzado, claro está, por los datos aparecidos ayer día 14 y dados a conocer en los periódicos correspondientes a la Virgen de Agosto. Por una vez estoy contento de estar de acuerdo con el columnista del País José Carlos Díez , y recuerdo que su propuesta ya fue señalada en estas páginas al usar como pancarta: inflación y eurobonos.

Juan Urrutia2146 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Parecido razonable

Tip y coll

Como ayer por la noche alguien que sabe mirar el arte me dijo que cada vez me parezco más a Txillida, he cogido confianza en mi recuperada capacidad fisiognómica de la que hacía gala el otro día. Esta capacidad, más la inactividad física en el Ampurdán, me han llevado a descubrir otro parecido que me parece asombroso. Verán. Dedico bastante tiempo a la televisión y especialmente a «Amar es para Siempre», la saga de Antena 3, y ahí me he fijado en Antonio Garrido, intérprete del malo Augusto Lloveras. Su cara me recuerda a alguien, pero hasta ayer no he sabido exactamente a quién. Ayer, en efecto, me relajé por la noche con la repetición enésima de números maravillosos de Tip y Coll en el programa «Cómo nos reímos» y, en un momento dado, caí en la cuenta de que la cara de Coll en aquellos años en los que tendría la edad del Lloveras de la serie, es idéntica a la de este último.

David de Ugarte2803 ~ 12 de agosto de 2014 ~ 0

Ensayos y pruebas

Teatro Municipal de Rio Teatro municipal de Rio Teatro Municipal de Rio Teatro Municipal de Rio
Acaba el día y lo acabo agotado tras pasar la tarde con el maravilloso equipo de TEDxRio en los ensayos. Grandes conversaciones y el increible entorno del Teatro Municipal de Río de Janeiro, una inmersión en el optimismo y las referencias culturales e históricas con las que se emparentaba el Brasil de los primeros años del siglo XX. Mañana a las ocho, se abrirán las puertas de nuevo con decenas de futuros alternativos.

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