El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2141 ~ 20 de agosto de 2014 ~ 0

Las luces

El chiquillo de la margen izquierda continuó pasando los largos veranos en la margen derecha en una casita de aquellas de arquitectura local, sita justo detrás de una iglesia muy frecuentada, y desde la que se divisaba una preciosa vista del Abra. Era una casita de dos plantas la segunda de las cuales era ocupada por la familia de este chiquillo durante más de tres meses, desde San Pedro y San Pablo, a finales de junio, hasta el día de la hispanidad último día de las vacaciones escolares. Aunque seguía paseándose por la playa y acercándose hacia el área que ocupa el toldo de la familia de Esperanza, comenzó a desarrollar sus propias amistades que acabaron conformando un grupo de verano no necesariamente relacionado con su grupo de invierno entendiendo por tal el que se fue formando entre compañeros de curso. Quizá podría haberse esperado una cierta quiebra psíquica a raíz de esta brecha en la formación del sentido colectivo, pero nada parecía afectar a la psique de este chiquillo que, desde muy pequeño consiguió hacer siempre lo de le dio la gana bajo la mirada ciega de la señorita Carmen que, en complicidad con la madre de Jon, trabajaba por las elaciones de éste a través de su contacto con otras misses, fräuleins o mademoiselles que cuidaban de los hijos de familias acomodadas que, no solo deseaban que sus hijos supieran desde pequeños el correspondiente idioma, sino que además pretendían alardear de señorío y capacidad económica.Ni siquiera pareció notar un cambio bastante brusco en las rutinas veraniegas cuando por primera vez el padre de Jon confesó que el Parkinson le impedía viajar todos los días entre el centro de la Ciudad y esta zona de la margen derecha y la madre organizó a las hijas e hijo en una pensión no lejana a la casita bajo la supervisión general de la señorita Carmen. Los planes de entretenimiento seguían siendo los mismos, playa, tenis de tarde y bicicleta, pero ya no tenía forma Jon de corresponder a las invitaciones a las casas de verano de amigos de los de este estío tan largo. Seguramente eso destapaba las diferencias sociales y económicas y tuvo que hacer mella, no tanto en Jon, sino en su madre que si bien supo poner por delante de todo la obligación prioritaria de cuidar al marido, debió sentiré frustrada en su estrategia de colocación de sus hijos a pesar de la resistencia pasiva de ese marido desde ahora ya definitivamente alejado del mundo. Pero Jon parecía no enterarse de esas cosas siempre concentrado en coger olas, ganar al tenis justo después de comer antes de que los chicos y chicas mayores reclamaran la pista ya reservada a su nombre o batallar en la bicicleta en las carreras organizadas a media tarde. No fue la rebaja de status que representaba la pensión , sino la negativa de sus padres de comprarle una bici con motor, lo que por primera vez le hizo pensar a Jon que igual no todos eran iguales y que había por esa margen derecha chicos y chicas muy distintos unos de otros en sus costumbres familiares o en sus valores o en sus posibilidades económicas.

Fueron unos cuantos años que conformaron un rasgo peculiar de Jon, un rasgo que quizá es muy común pero que no siempre tiene el mismo origen, ese despegue de todo lo que no tuviera que ver con el cuerpo a cuerpo, con la competición en lo que fuera, ya se tratara de los resultados escolares, ya de los éxitos o fracasos deportivos o en su momento de los éxitos con las chicas. Lo importante, lo verdaderamente importante no era tener éxito, sino vencer a un contrincante y hacerlo de una manera natural, distanciada, como sin esfuerzo. Esto no era tan difícil en los meses escolares pues en el colegio los retos estaban organizados y cualquier fallo podía compensarse mañana, pero en los entretenimientos de verano la competición comenzaba a localizarse en otro punto menos claro. Tener o no bici con motor, tener casa individual propia durante esos tres meses ya no eran cuestiones que podrían ser dadas la vuelta al siguiente día o al siguiente mes y Jon comenzó a reconocer, siquiera en el inconsciente, que uno tenía que construirse el mundo en el que jugar, luchar o competir, tanto da una cosa como otra.

Uno era responsable de su espacio y de su tiempo. Esa idea de Jean Paul Sartre que leería y entendería años más tarde, era el sentimiento que le fue apartando de sus amigos de verano y le empujó a seleccionar sus amigos de invierno. Y desde luego fue la razón por la que, para alivio de su madre, no opuso ninguna resistencia a comenzar su formación extracurricular en idiomas pasando la mayor parte de los veranos siguientes en países europeos para aprender desde luego el francés, que la madre sabía y se enseñaba en el colegio, o el inglés en que el padre había estudiado aquellos librotes de estructuras navales y, a poder ser, también el alemán que por nada del mundo debiera considerarse el idioma de un pueblo derrotado. Como por algún lado había que comenzar los padres de Jon decidieron, de acuerdo con los padres de uno de los amigos de invierno, llamado Juan, ponerse de acuerdo con los curas del colegio para colocarnos los próximos veranos en uno u otro lugar francófono en el que, además de internacionalizarnos un poco, nos iniciáramos en la formación de la que se podría llamar patrón de remolcador de altura pues alguien tendría que hacerse cargo en la Ciudad de atraer a los grandes cargueros llenos de mercancía que habría que almacenar y luego distribuir. Y así fue cómo Juan y Jon iniciaron como pioneros de su curso del colegio el camino de la ruptura de unas cadenas que no sabían les atenazaban.

El primer verano no les alejaron mucho de casa y lo pasaron en el País Vasco-Francés donde ni uno ni otro de estos dos amigos podía hablar con nadie en otro idioma que no fuera el francés o el euskera que ambos desconocían. Vivieron en casa de un matrimonio aldeano que tenían un hijo de su edad que esperaba poder entrar en el seminario local el siguiente curso y que les mostró los locales donde tenía lugar la universidad de verano y de donde sacaron libros poco adecuados a su edad que no pudieron más que hojear y de los que solo les quedaron algunas ideas guía que, en cualquier caso, no les abandonarían nunca. Voltaire, Montesquieu o los enciclopedistas fueron desde entonces señas de indentidad distintivas de sus personalidades por otro lado bien distintas. Pero no fue solo eso lo que trajeron de vuelta a casa. Para sorpresa tanto de Jon como de Juan las fiestas del pueblo en el que vivían se celebraron bajo la enseña vasca, la ikurriña, esa bandera que Jon solo había visto en forma de insignia que, una vez al menos, llevó prendida en el interior de la cintura del pantalón a sugerencia de la señorita Carmen, una heroicidad que ésta celebró mucho más que cualquiera de los éxitos deportivos, pero en silencio para que no se enteraran los padres o, más exactamente, la madre.

Cargados ya de secretos, el segundo verano de la educación afrancesada fueron enviados a otra casa semirural en un pueblo más al norte en el que ni se podía ir a playa alguna a ver mujeres en bikini ni lucía la ikurriña, pero en el cual parecían veranear familias de París algunas de las cuales tenía hijas de la edad de estos dos futuros patrones de remolcador de altura. Nada intelectual ocurrió ese verano, pero tanto Juan como Jon vivieron en el contacto diario con chicas francesas o que, en cierto sentido, había sido mucho más instructivo que la Enciclopedia. La libertad con la que se expresaban o la picardía de muchos de sus comentarios eran para estos dos jovenzuelos el contenido real de esa idea de libertad que, aunque relacionada con la ikurriña de una manera que no lograban expresar, se mostraba radiante en pequeñas bromas con intención que, de rebote, les enseñó para siempre que también las ideas de fraternidad y de igualdad tienen un contenido muy real y nada etéreo que se materializa a veces en esa costumbre de aquella época de continuar el contacto por carta, una práctica que mantuvieron los dos amigos con las que resultaron ser sus dos chicas más cercanas.

Esto es justamente lo que les faltó a los dos amigos el tercer verano en el que, ya sin la supervisión de los curas del colegio, fueron transferidos a un colegio suizo del cantón de la Vaude solo para varones en el que la internacionalización necesaria para patronear un remolcador de altura parecía ser el producto estrella. Allí estaban aparcados desde iraníes a italianos pasando por griegos o alemanes. Se notaba la precisión suiza en los horarios y en la organización de las actividades tanto escolares como extraescolares. Con un par de italianos de su edad y el acompañamiento de algún cuarto practicó Jon el tenis con cierto rigor impuesto por un entrenador italiano, algo que le sirvió para toda la vida aunque no necesariamente en términos deportivos. Lo que el tenis enseñó a Jon fue el miedo al éxito. En un campeonato de tenis perdió una final que iba ganando por cinco juegos a uno en el último set. Nunca le abandonó el miedo a pensar en aquella derrota que, desde luego, fue humillante pero algo más. Por primera vez se enfrentó a a algo que no llegó a comprender.

Pero lo que realmente hizo de ambos amigos gente de mundo no fue el tenis sino el esquí acuático y el remo: el peligro a caer y el espíritu de equipo. Pero también había salidas diarias ampliadas los fines de semana y eso les permitió a ambos amigos seguir cultivándose un poco en la cultura francesa, ahora concentrada en películas de autor que les pusieron en contacto con las artes, y continuar su educación sentimental cada día más carnal dentro de un orden de chicos de colegio de curas de un país todavía retardado en casi todo.

Después de estos veranos que evitaron a Jon aquella primera vergüenza de la pensión, la enfermedad del padre de Jon se había agravado lo suficiente como para dejar el trabajo en el astillero y pensar en volver a pasar el verano en una casita alquilada de la margen derecha no lejos de la Iglesia cuya mole cegaba un tanto la buena vista que había desde el balcón de aquella primera casa que resume la infancia de Jon. Pero el tiempo no había pasado en balde y ya no era momento de hacer esfuerzo alguno para recuperar aquellas amistades de verano gente que había seguido viéndose y apretando los lazos de un grupo que buscaba su identidad colectiva algo a lo que Jon ya había renunciado hace tiempo. Su futuro estaba marcado y, sin saberlo, no iba a hacer otra cosa que reforzar las líneas de ese futuro que le encaminaban hacia el distanciamiento respecto a todo. No solo habría de afrontar la soledad en bastantes ocasiones sino algo más raro y profundo que no le permitía sentirse cercano a nada pues sabía de antemano que no hay nada de lo que uno pueda estar cercano de manera permanente. No era que la fidelidad le fuera ajena, es que sabía de antemano que, en su caso, su fidelidad no era una virtud porque no era sino el resultado de su conocimiento de que la traición hubiera sido algo inútil pues nunca le hubiera llevado a ningún lado ni hacia alguien al que podría haber sido fiel.

Sabía Jon que su maldición sería la soledad, pero no una de esas que se pretende enarbolar como un estandarte de singularidad, sino como un simple continuo pequeño mareo que no inutiliza para nada, pero que no permite terminar nada relativamente importante pues antes de ello una fuerza extraña le llevaría por cualquier otro derrotero. Y sabiéndose así pensó que se aprovecharía de las circunstancias familiares y continuaría una vida en la que los meses fríos estarían dedicados a cumplir con lo que se esperaba de él y los meses de verano seguiría a la búsqueda de una quimera que ni siquiera sabía nombrar. La competitividad necesaria para la vida en común no le era difícil de conjurar sobre todo porque no le importaba nada perder. Si en general era un ganador era precisamente porque podía competir sin angustia alguna. Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla. Jamás se le pasó por la cabeza tratar de redireccionar su vida por el camino claro que su madre le indicaba. Sabía que si no hacía nada más dejarse llevar acabaría siguiendo paso a paso el camino que su padre procuraba ocultarle, pero que un día se lo marcó con una simple actividad fuera de lo corriente, la actividad de esa extraña asociación no regular de patrones de los remolcadores de altura.

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2141 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Penetración

mapamundi
La Ciudad tiene muchos nombres en ambos idiomas, pero todos hacen referencia a que es como un agujero en la tierra, un bocho rodeado de montañas que la aislaron mientras las comunicaciones fueron rudimentarias y le salvaron de algunos ataques bélicos. Este hecho hace que esta Ciudad componga como un sistema complejo que se sostiene hasta que algo externo ocurre y el sistema explota y cambia de configuración. Y esto externo no puede llegar sino a través del mar, entrando en la Ciudad por la ría a partir del Abra, esa especie de laguna en la que se entra o se sale a través del canal que dejan abierto los dos contrafuertes, el que sale desde la margen izquierda, largo y estilizado, y el que se insinúa, corto y gordo, desde la margen derecha. Cada uno se remata con un faro que proyecta su luz con diferente frecuencia, lo que facilita el acceso normal al canal del buque, casi siempre de carga, aunque a veces entra uno de pasajeros para ser reparado en alguno de los astilleros de la ría, la mayoría de ellos en la margen izquierda. Pero no bastan estas señales luminosas tan codiciadas por los niños que las observan ensimismados, pues el canal tiene sus misterios y ningún buque, del tipo que fuere, se arriesgaría a embocarlo por su cuenta y riesgo sin la ayuda de un práctico que conoce las última modificaciones de la trayectoria. Sacar el buque a alta mar más allá del paso entre los faros no es muy difícil ni peligroso para el práctico, pero llevarle desde cualquier punto de la caprichosa mar sujeta a vientos muy variados puede ser un problema que exige salir lejos y tener una pericia nada fácil de encontrar. Es esta asimetría la que hace que los remolcadores de la ciudad se denominen remolcadores de altura y que los prácticos que los pilotan formen una clase de gentes inconfundibles. Todos chapurrean lenguas extranjeras y tienen amigos en todas partes. No hay nada de extraño en que en momentos cruciales del devenir histórico de la Ciudad hayan jugado un papel importante. Sin remontarse much,o basta con rememorar todas las historias que corren en voz baja acerca de las ayudas que estas gentes proporcionaron a uno y otro bando de la guerra civil y los servicios que prestaron a gentes de una u otra manera de pensar en la guerra mundial que siguió casi inmediatamente. Buques de uno u otro tipo surcaban las aguas cercanas y los patrones de los remolcadores de altura jugaron su papel en las labores de espionaje.

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente. Esta evidencia se iba formando en la mente de Jon desde aquella noche de perros en la que tuvo una visión que, aunque no muy clara, le proporcionó un cierto dibujo de la personalidad del padre y poco a poco de toda la Ciudad, como si ésta en su esencia no fuera sino una extensión de aquella personalidad. La Ciudad, en efecto, habría de ser siempre un locus en el que la penetración debe estar presente y ser de lo más frecuente, para lo cual también tiene que tener lugar la salida del bocho por mar para oxigenar las ideas. Este ir y venir, este mete y saca, si así nos quisiéramos expresar, hace que los verdaderos moradores de la Cuidad, los que le dan su tono más allá de detalles sin interés por mucho que puedan mover muchos intereses, sean inclasificables. Siempre se puede encontrar en ellos algún rasgo de los que definen el momento espiritual del mundo, pero si se pretende entenderlos a partir de ese rasgo se encontrará en seguida la contradicción con otro rasgo que también define su personalidad. Por eso el único y verdadero rasgo definitorio es el enfrentamiento contra cualquier intento de normalización encaminado a etiquetar la Ciudad en un grupo de ciudades o a sus habitantes en un espacio mental determinado.

Por eso los verdaderos ciudadanos de esta Ciudad semiaislada, como el padre de Jon, se identifican no tanto por un «sí» entusiasta a la vida, sino por un «no» continuo a los estereotipos que se quieren dibujar de su personalidad inasible. Son, sin pretensión alguna, patrones de esos remolcadores de altura que se necesitan, y no solo en esta Ciudad, tanto para salvar los contactos de lo que llamaríamos contrabando político, como el que ocurrió aquella noche de perros, como para dejar que se pueda siempre salvar de cualquier intento de autarquía a las ideas que llegan en grandes buques no lo suficientemente grandes para albergar todas las necesarias. La herencia de las luces solo llega en pequeños pesqueros provenientes de un poco más allá de la frontera, y por lo tanto se conoce mal, aunque ha sido imprescindible para no abandonar nunca el ansia de libertad y acompañarla de la fraternidad y de la igualdad. En ciertas épocas se olvidaron estas últimas y la exigencia de libertad pudo enquistarse en el Terror, pero más a menudo ha sido casi siempre cierto que el igualitarismo y la comprensión fraternal ha permitido disolver los odios en una sopa que si bien no es muy sabrosa, es, al menos, sopa caliente. Lo que desde luego traían los grandes buques era la mezcla inconfundible de pragmatismo y de inteligencia que ha permitido a los británicos no perder ninguna guerra. Bien recordaba Jon la admiración de ese patrón de remolcador de altura, en sentido genérico, que era su padre, por la figura de Churchill, y se encargó silenciosamente de que en su casa se supiera que no solo era un político conservador que realmente luchaba por sus conciudadanos, sino también un escritor insigne que supo como nadie convencer de la validez de ciertos valores en contra de las pretensiones de no pocas ideas inteligentes pero que no habían probado la dureza del metal del que estaban hechas. Mucho menos conocida en la Ciudad eran las actitudes de esa Centroeuropa que siempre comenzaba las guerras y nunca las ganaba. Pero aun así la observación interesada de ambas guerras llamadas mundiales y las ganancias que a la Ciudad acarrearon a través de la exportación de aquello que los ejércitos en pie necesitaban, contribuyeron a que en ciertos sectores se afianzaran ideas relativas al honor y a la raza como signo identitario imposible de negar, ideas estas con muchas ramificaciones a muchos niveles, incluyendo el sentido del trabajo bien hecho.

Pónganse ahora juntas todas estas ideas que por difíciles de conocer eran tanto más fanáticamente defendidas por unos o por otros en la Cuidad y se entenderá que la aparente jocosidad que se atribuye a sus verdaderos hijos no es sino el triunfo de la fraternidad, un bálsamo que solo se usa para continuar viviendo juntos sin excesivos roces y para cuidar con él el crecimiento y educación de los nacidos, como era el caso de Jon, en medio de este maremágnum ideético. Un lío que tan bien reflejaba aquella foto que nunca desapareció de su memoria visual, en la que su madre y su padre salían de casarse en donde todo habitante de la Cuidad con cierta tradición lo hacía y justamente el día del bomardeo de Guernica. La madre, muy seria, lucía un buen brillante en su mano derecha, que parecía utilizar para expresar lo que fuera con una dignidad exagerada. El padre, en su combinación que Jon asociaría para siempre a su figura. Traje impecable de sastre inglés y boina de diseño local que, sin embargo, servía no tanto como etiqueta de raza sino, sobre todo, de recuerdo de un asedio en el que su padre, de sombrero riguroso, tuvo que enfrentarse a otros habitantes más bien rurales a los que su padre ahora ofrecía la paz desde su pragmatismo anglófilo.

Margen izquierda y margen derecha no eran sino una simplificación de toda esta mezcla de influencias foráneas sobre un pequeño bocho que no tenía más remedio que mirar hacia fuera si no quería desvanecerse en la nada. Ahí, en la foto de boda de sus padres, empezó el calvario y el camino de perfección de Jon. Entre un margen y otra, entre el casco y los ensanches, entre la religión de sociedad y las ideas que aquélla silenciaba, entre la violencia y la supervivencia. En medio de todas estas tensiones castrantes, con las montañas siempre ahí separando el valle de todo lo que quedaba al sur, todavía le quedaría a Jon los caminos del mar por donde navegaban las novedades y de donde venían los buques que las portaban y que penetraban lenta e inexorablemente en el largo útero de la Ciudad.

las Indias

las Indias 996 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 1

Lecturas interesantes del 14 de agosto de 2014

Juan Urrutia

Juan Urrutia 2141 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Historias de Lourdes

bilbao_casco_viejo

Me parece Esperanza que me has metido en un buen lío. Tratando de contar contigo como ayudante de meriendas intelectuales, todo ello en favor de la universidad pública, me has entregado en manos de Lourdes, una viuda joven y rica, pero llena de problemas. No está mal que sea rica, pues esta vida en la que estoy metido, si bien es lo que yo quiero, no me da como para hacer extravagancias que también quiero llevar a cabo por lo menos en aquellos momentos en los que el cariño de mi padres me dejan libre del cuidado de su nieto nacido en LA y sin madre. No quiero pensar en aquellos meses en los que tenía que escribir la tesis, una vez finalizada la formación previa realizada a trompicones, mientras visitaba médicos con aquella mujer, quizá la pieza más cotizada de mi colección perversa, pero sobre todo un carácter sólido que era lo que yo necesitaba dada la inestabilidad caprichosa de hijo varón único y la cierta holgura financiera que un día heredaré de mis padres. Pero las visitas médicas se hicieron más frecuentes, ella no pudo seguir con su tesis, y un día decidió que quería morir en España. No nos dio tiempo de prepararlo todo y está enterrada en el cementerio del mismo Westwood, entre héroes de guerra y en donde algún día, cuando nuestro hijo sea ya un jovencito, la visitaremos.

No, no está mal que sea rica, pero la pena que arrastra no es un simple duelo, es algo hondo que viene de muy atrás y en lo que me voy enredando a pesar del distanciamiento que he procurado mantener, pues yo solo estoy para hacer bien mi trabajo de profesor/actor y para continuar con mi colección erótica. Me ve como alguien de otro lugar al que le cuentas todo lo que, en general, te guardas para tí. Como si fuere un compañero de asiento de un vuelo transoceánico con el que acabas hablando de tu propia familia o incluso inventándote anécdotas divertidas para hacer más llevadera la imposibilidad de dormir en esos asientos de clase turista que los que no somos tan ricos como tú, querida y lejana Esperanza, son los únicos que nos podemos permitir. Ya he entendido que su padre no nació rico y que su madre no era de buena familia y, lo más importante, que ambos se prometieron no hacer pasar a sus cuatro hijos por las mismas humillaciones que tuvieron que pasar ellos para ser aceptados como parte de la comunidad rica de la Ciudad. Pero el padre lo consiguió y de una forma bien peculiar. No me refiero a los negocios, que también eran poco corrientes, pues una fábrica de chapas para botellas no es lo que la Cuidad admira, sino que me refiero a sus inversiones en tierra en un mundo en que la poca calidad de ésta ha obligado a emigrar a generaciones casi enteras en un pasado no tan remoto. Montes enteros pasaron a sus manos y su madera le dio mucho dinero cuando, en silencio, la construcción comenzó a constituir una buena inversión. Mejoraron su domicilio y esto, me cuenta Lourdes, le permitió cambiar de colegio y coincidir contigo en ese colegio al que tantas veces te acompañé hace veinte años.

Que no le recuerde a ella cuando ella jura que nos veía con envidia todas las mañanas cuando nos separábamos con tiempo suficiente para que yo no llegara tarde a mi colegio, le produce una especie de dolor que no consigo quitárselo ni con dosis crecientes de aguardiente, que lejos de alegrarle, parecen ensombrecer su sonrisa hasta hacerla desparecer, cosa que ocurre indefectiblemente cuando añadiendo tiempo a nuestro trabajo de coordinación, que se ha convertido en más frecuente, rememoramos nuestros veraneos, el mío donde ya sabes y el de ella no lejos de la Ciudad, pero tierra adentro, como si sus padres quisieran exportar su éxito en los negocios al terreno de la alcurnia y ésta se encontrara solo en tierras de caza con su correspondiente casa de campo que, además, sirve para dedicar fines de semana a este deporte e invitar a conocidos escogidos entre lo más florido de la Ciudad para anudar relaciones y propiciar posibles oportunidades de negocio.

Con el tiempo, pensaba su madre, acabarían aceptando la invitación hijos e hijas de sus nuevos amigos y Lourdes y sus hermanos podrían integrarse entre la gente bien de la Ciudad y hacer una buena boda. Esto es justamente lo que Lourdes hizo. Al terminar el colegio ya estaba ennoviada con un hijo de buena familia, de las que solía ir a cazar a la finca de sus padres, y que extrañamente había empezado a estudiar arquitectura en Madrid. Era una carrera larga, pero Lourdes supo esperar con la ayuda de personas como tú, Esperanza, que no he conseguido saber cómo, has llegado a ser como una hermana para ella. Una hermana cuyas intenciones en relación conmigo tampoco consigo aclarar.

Tendrás que concederme que he llegado a saber mucho en el poco tiempo que nos deja la organización de la siguiente merienda intelectual en tu casa. Decidimos el tema de común acuerdo y luego pensamos quién podría jugar el papel de conferenciante siempre que, en un momento posterior, esa persona aceptara ese papel en los términos un poco raros para un soit disant pensador o científico consistentes en que las chicas no consiguen saciar su sed de conocimientos probablemente porque no llegaron a terminar ningún estudio superior. Esta semana, por ejemplo, hace dos días, he conseguido que el catedrático de astronomía acudiera a ese café donde tú me maltrataste a fin de convencerle de que sus conocimientos eran intensamente demandados por unas señoras jóvenes -y guapas, añadí yo, como para romper un hielo que por otra parte no parecía existir- cuyas labores de casa no les permitían acudir a centros regulados y de calidad contrastada y cuyos maridos tampoco habrían estado muy contentos con la confesión pública de que sus esposas no estaban del todo satisfechas. Lourdes le tiró de la lengua pues el tema parecía apasionarle y este interés sirvió de coqueteo entre ella y este profesor y observador del universo, mientras yo solo deseaba con impaciencia que terminara ese coqueteo y tuviera que levantarse para ir a su casa con su familia después de una dura jornada, y Lourdes, viuda sin hijos, y yo, viudo con un hijo pequeñito y muy bien atendido, pudiéramos tener unos momentos solos y alargar la noche tanto como quisiéramos.

Dada la experiencia, que empezaba a ser abundante, todo ocurrió como estaba previsto y una vez que yo comentara que la cuenta del refresco y la copa que había consumido el futuro conferenciante corría de mi cuenta, finalmente nos encontramos Lourdes y yo uno enfrente del otro. Solo eran unos segundos, pero todos los meses, cuando llegaba ese momento recordaba yo con amargura cómo prácticamente me tiraste el dinero a la cara aquel primer día que te cité en este mismo café.

En esta ocasión yo había anunciado que me gustaría invitar a Lourdes a un restaurante del casco viejo que en el pasado había sido escenario de muchos buenos momentos. No estaba lejos del café y un paseíto le vendría bien a Lourdes, le permitiría refrescar las ideas. Cuando volvió del guardarropa con el abrigo puesto me quedé impactado, pues el abrigo era una copia de aquel abrigo de mouton rasé con el que siempre recordaré a aquella señora del Simca 1000 de la que nunca te he hablado a ti, Esperanza, pues me colocaría en una situación incómoda por evocar un aspecto de la Ciudad y de mi vida que tu entenderías en toda su complejidad e ignorarías como una excentricidad más. En vuelta su cabeza entre las enormes solapas del abrigo, en una postura que el tiempo otoñal no exigía, aceptó andar hasta el restaurante a lo largo del trozo de la ría que hace un suave círculo hacia el Mercado. Curiosamente el camino le era familiar y me dijo que lo hacía a menudo cuando de joven se quedó un tanto descolgada. No solo conocía la historia del teatro Arriaga, sino también el edificio de la Bolsa vieja y esa esquinita desde la cual se puede ver la basílica de Begoña, un lugar que pocos conocen y cuya identificación revela a un verdadero habitante de esta ciudad, de esos que no la han abandonado para dispersarse por la margen derecha muy cerca ya del mar abierto.

Pero esa no había de ser la mayor sorpresa de la noche. Al quitarse el abrigo casi me deslumbra el brillo de un collar de diamantitos que sostenía un diamante muy grande y, en cierto modo, inadecuado para el tipo de cena que yo tenía en la cabeza, informal y bastante alcohólica, como el inicio de una complicidad irrompible de esas que creemos poder forjar en una juventud que todavía no ha tenido tiempo de conocer de primera mano la potencia rupturista del olvido que el paso del tiempo siempre trae consigo. Cumplimos con todos las exigencias gastronómicas del local, comenzando por un aperitivo bastante alegre que, si bien al principio solo sirvió para que Lourdes pudiera observar a su antojo a las mesas de nuestro alrededor hasta convencerse de que no había nadie cuya presencia le disgustara, enseguida desató su lengua. Y así comenzó una especie de monólogo en una dirección totalmente inesperada para mí. Creo que la elección de ayudante que tú forzaste fue muy bien pensada.

Para ti será una historia demasiado conocida, pero para mí fue un descubrimiento que alguien como ella no se resignara a esperar inactiva la terminación de la carrera de ese novio que tanto le convenía y aprovechara los años para matricularse en la Universidad privada de la Ciudad en la carrera de Filosofía casi recién inaugurada. Por lo visto no le importaban mucho las notas y tampoco la mayoría de las materias, pero cuando se encaprichaba de una podía dedicarle todos los minutos del día, ya fuera en la casa paterna, ya fuera en la biblioteca. Así ocurrió con la Teoría del Conocimiento que finamente “me derrotó”, confesó ella entre la ensalada y el plato de caza que había elegido de segundo. Sigo sin entender cómo podemos estar seguros de cualquier explicación por reconocida que ésta sea. No me refiero, por ejemplo, al tipo de tela de tu camisa -”que por cierto es muy elegante”, añadió como para saber si debía seguir con la exposición de sus preocupaciones epistemológicas o si yo esperaba algo menos técnico y más frívolo-.

Ella no debe saber lo que tú tampoco conoces, Esperanza, pues si lo supieras se lo habrías contado, que prefiero lo técnico, pues me parece lo más frívolo. Así que el gesto serio que debí hacer por la fuerza de costumbre parece que le convenció de que yo prefería su conferencia sobre la imposibilidad de saber que los comentarios sobre moda masculina.

-Este hombre -se refería al próximo conferenciante- parece creer que las explicaciones científicas sobre el nacimiento del universo son el ejemplo del método empírico que nos acerca inexorablemente a la verdad. Yo no sabré nada, pero me parece que el método empírico exige muchos experimentos para ir disminuyendo la probabilidad de error. Y aunque esos experimentos fueran económicamente asequibles, como esta cena, digamos, nunca podrían elevar la probabilidad a la unidad, con lo que siempre es posible que otra teoría en la que no hemos pensado nunca sea la verdadera, y digo verdadera pues no sabría como usar otra palabra que reflejara nuestra ignorancia insalvable.

Ni ella ni yo habíamos probado bocado del segundo plato y pareció el momento de cumplir con la cortesía y las buenas maneras mordisqueándolo y fingiendo un apetito que al menos yo había perdido. Así que me lancé a un discurso improvisado e interesado.

-Cuanto me alegra lo que me has contado, querida Lourdes, pero por razones quizá inadecuadas. Yo pretendía acercarme esta noche a ti con intenciones no muy santas y héteme aquí que tú tocas una fibra muy íntima y lo haces de manera totalmente inesperada. Pero ¿cómo es posible que una mujer joven como eres, y más que lo eras en esos años, pueda entregarse a un tipo -perdona mi lenguaje, pero son ya muchas copas- que solo pretende, digo yo, construir casas o lo que sea, aunque fueran iglesias, en un mundo del que no sabemos nada?. Y mientras tú aquí en casa de tus padres viendo cómo tus amigas se ennoviaban de verdad y honraban sus hormonas. Lo tuviste que pasar fatal y me extrañaría mucho que no se lo hicieras pagar a tu marido cuando finalmente os casasteis. No me siento mal preguntándote ahora mismo si fuiste feliz con ese hombre, si te satisfizo vaya, si perdiste la cabeza aunque fuera por unos segundos.

Callamos unos minutitos mientras nos ofrecían el famoso postre de la casa que aceptamos sin rechistar. Ya quedábamos pocos en el restaurante y quizá por eso Lourdes sonrió y fue muy franca:

-No Jon, nunca, ni un segundo fui feliz. Este marido no hizo sino aprovecharse del dinero de mis padres o mío una vez heredada para sus aventuras de todo tipo. Las arquitectónicas fueron lo de menos. Las más horribles fueron los constantes engaños que comenzaron con los imprescindibles -según él- viajes y poco a poco se fueron extendiendo a esta Ciudad nuestra tan poco discreta y tan dada a la murmuración. Se dijo de todo y todo lo que se dijo era cierto. No me quedaba más que Esperanza que hizo lo que pudo por ayudarme y por tener en mi una confidente, pues tampoco a ella le fueron las cosas tan bien. Pero ella tuvo hijos y ese hecho te da fuerzas para resistir lo que sea. Pero ahora que esos niños son ya mayorcitos pierde resistencia y se empieza armar contra cualquier enemigo, real o imaginado. Yo nunca le he traicionado con su marido, pero empieza a sospechar, y por consiguiente pretende echarme en tus brazos.

- No me gusta ser utilizado, pero en esta ocasión creo que se lo voy a tener que agradecer.

Sonreí pícaramente mientras pedía la cuenta.

-Venga Lourdes empecemos esta noche, déjame contarte mis manías y lo poco que yo te puedo ofrecer. Solo algo de Teoría del Conocimiento. El resto es muy poco y muy poco ortodoxo; pero, ¿quién sabe? Igual tú me lo permites.

Salimos en dirección al Mercado. Lourdes le había dado la noche libre al conductor y por allí había una parada de taxis. Tomamos el primero y para cuando yo introduje mi cabeza en el asiento de atrás, después de franquearle la puerta a Lourdes, ella ya había dado su dirección al taxista. Tardaríamos en llegar y no era el caso de entablar una conversación que continuara la del restaurante. Así que tanteé un acercamiento al objeto de mi manía secreta.

Alan Furth

Alan Furth 48 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 1

La banalidad del mal contra los yazidíes en Irak

Yezidis celebran el año nuevo en DohukEl horror de la masacre del pueblo yazidí por parte del Estado Islámico en el norte de Irak seguro va a dar para mucho análisis por mucho tiempo. Y es que a pesar de que la organización viene demostrando ser una máquina asesina dispuesta a arrasar simple y llanamente con cualquiera que no adhiera a su interpretación del Islam, el yazidismo tiene una estructura de creencias que al parecer lo hacen especialmente odioso para los sistemas de creencias que han motivado más de 70 masacres contra ellos a lo largo de su historia.

El discurso empleado para demonizar a los yazidíes no se anda con demasiadas sutilezas: se les acusa literalmente de ser «adoradores del Diablo». La concepción está tan arraigada que incluso algunos medios occidentales se hicieron eco de ella en el 2007 durante la cobertura del terrible caso de Doaa Aswad Dekhi, una muchacha yazidí presuntamente dilapidada por su familia como castigo de su decisión de convertirse al Islam para casarse con un musulmán.

Pero la catástrofe humanitaria a los que los ha sometido el Estado Islámico al parecer esta vez ha motivado a los medios a hilar un poco más fino en cuanto al presunto «satanismo» de los yazidíes:

Creen en un Dios creador, que encomendó el cuidado del mundo a siete ángeles. Uno de ellos, Melek Taús, el ángel del pavo real, se negó a postrarse ante Adán por considerarlo una creación inferior. Dios consideró su decisión sabia y lo premió nombrándole su delegado en la tierra. La cosmogonía islámica tiene un relato parecido, pero en su caso, el desobedecimiento del ángel lo hace caer en desgracia y pasa a convertirse en Shaytan, el equivalente aproximado al Satanás cristiano. Este choque de interpretaciones ha motivado acusaciones de “adorar a Satanás” en un conflicto de siglos que ahora adopta un giro crítico.

De hecho, al parecer el sistema de creencias yazidí, en el que conviven elementos del Islam y el cristianismo con otros del zoroastrismo, del mitraísmo y otras tradiciones religiosas preislámicas mesopotámicas y asirias, tiene una concepción muy particular del bien y del mal.

Tony Lagouranis, un soldado del ejército estadounidense que trabajó como torturador durante la ocupación de Irak y que escribió un libro sobre sus experiencias, habla sobre las creencias de un prisionero yazidí en en estos términos:

Hay mucho misterio alrededor del pueblo yazidí y mucha información contradictoria. Pero hay un aspecto de sus creencias que me llamó la atención: los yazidíes no tienen un Satanás. Melek Taús, un arcángel, el favorito de Dios, no fue expulsado del cielo de la misma manera en que se expulsó a Satanás. Por el contrario, descendió, vio el sufrimiento y el dolor del mundo, y lloró. Sus lágrimas calleron sobre las llamas del infierno durante miles de años, extinguiéndolas. Si el mal existe en el mundo, no es porque provenga de un ángel caído o de las llamas del infierno. La maldad del mundo es producto del hombre. Sin embargo, los seres humanos pueden, como Melek Taús, ser buenos mientras viven en este mundo.

melektausSi el relato de Lagouranis es acertado, la noción yazidí del bien y del mal como dependientes de la voluntad humana quizá vislumbre un conflicto con el Islam que va más allá de las malas interpretaciones semánticas y las leyendas encontradas. De hecho, sería un conflicto no muy distinto al que ha caracterizado a buena parte de la historia del siglo XX en occidente, un siglo en el que se derramaron toneladas de sangre en nombre de concepciones éticas esencialistas que, si bien no iban de la mano del fanatismo religioso, siguen vivas entre nosotros.

Puede que por eso sea que tal como lo expresaba Bobby Ghosh en un artículo reciente en Quartz, hay paralelismos claros entre la manera de actuar del Estado Islámico y varios de los movimientos políticos europeos que causaron las masacres más sangrientas del siglo pasado:

… ISIL es a la vez genérico y sui generis. Su retórica nos es familiar porque se ejecuta en el lenguaje (literal y metafóricamente) de la mayor parte de los grupos islamistas militantes…

Pero las similitudes no van más allá de lo superficial. Si uno profundiza, se da cuenta que ISIL es una criatura más compleja y más aterradora. Si el invocar otras monstruosidades ayuda a entenderlo mejor, recomiendo ampliar la visión más allá de la militancia islamista y profundizar en los horrores del pasado.

En su avance implacable por el este de Siria y el norte de Irak, los combatientes de ISIL han demostrado la misma voluntad de hierro y la disciplina que el Khmer Rouge desplegó contra el ejército de Camboya y el pueblo camboyano. En los territorios que controlada, Al-Baghdadi utiliza las mismas tácticas de intimidación y castigo público que Pol Pot utilizaba para intimidar a sus compatriotas camboyanos.

En su apetito por el genocidio, ISIL parece inspirarse en los nazis de Adolf Hitler. Así, han identificado a categorías enteras de personas para exterminarlas. Sus combatientes han rodeado sistemáticamente a grupos de «no creyentes» -y recuérdese que puede tratarse de cualquiera, incluyendo a sus compañeros suníes- y los masacraron de una manera que habría gozado de la aprobación de Heinrich Himmler.

Qué es «las Indias»

Juan Urrutia2141 ~ 17 de agosto de 2014 ~ 0

Un interludio económico

Recesión europea
En medio del esfuerzo por ir dando forma a la gran novela de Bilbao, título a penas pretencioso, y de terminar de ordenar las entradas que conforman la serie «Hacia un Nuevo Relato», que continúa y cierra, esperemos, Crónica de un Crisis, me permito una distracción para mencionar las últimas malas noticias de la economía europea y la vaciedad del lenguaje de nuestros políticos, forzado, claro está, por los datos aparecidos ayer día 14 y dados a conocer en los periódicos correspondientes a la Virgen de Agosto. Por una vez estoy contento de estar de acuerdo con el columnista del País José Carlos Díez , y recuerdo que su propuesta ya fue señalada en estas páginas al usar como pancarta: inflación y eurobonos.

RecetarioIdiomas

Juan Urrutia2141 ~ 14 de agosto de 2014 ~ 0

Parecido razonable

Tip y coll

Como ayer por la noche alguien que sabe mirar el arte me dijo que cada vez me parezco más a Txillida, he cogido confianza en mi recuperada capacidad fisiognómica de la que hacía gala el otro día. Esta capacidad, más la inactividad física en el Ampurdán, me han llevado a descubrir otro parecido que me parece asombroso. Verán. Dedico bastante tiempo a la televisión y especialmente a «Amar es para Siempre», la saga de Antena 3, y ahí me he fijado en Antonio Garrido, intérprete del malo Augusto Lloveras. Su cara me recuerda a alguien, pero hasta ayer no he sabido exactamente a quién. Ayer, en efecto, me relajé por la noche con la repetición enésima de números maravillosos de Tip y Coll en el programa «Cómo nos reímos» y, en un momento dado, caí en la cuenta de que la cara de Coll en aquellos años en los que tendría la edad del Lloveras de la serie, es idéntica a la de este último.

David de Ugarte2800 ~ 12 de agosto de 2014 ~ 0

Ensayos y pruebas

Teatro Municipal de Rio Teatro municipal de Rio Teatro Municipal de Rio Teatro Municipal de Rio
Acaba el día y lo acabo agotado tras pasar la tarde con el maravilloso equipo de TEDxRio en los ensayos. Grandes conversaciones y el increible entorno del Teatro Municipal de Río de Janeiro, una inmersión en el optimismo y las referencias culturales e históricas con las que se emparentaba el Brasil de los primeros años del siglo XX. Mañana a las ocho, se abrirán las puertas de nuevo con decenas de futuros alternativos.

David de Ugarte2800 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 4

Puesta de Sol sobre París, amanecer en Río de Janeiro

Anochecer sobre Francia Rio Lagoa Rio Amanece en Lagoa Rio Copacabana

Tras un largo viaje pasando por París, llegué a tiempo de ver amanecer en Río. En un par de horas comenzaremos las previas y los ensayos del TEDxRio Metropole. Pronto más desde Copacabana…

Juan Urrutia2141 ~ 11 de agosto de 2014 ~ 2

Fisiognómica munichesa

goethe_stieler_1828Ya de vuelta. Llegamos ayer por la tarde y bastante cansados pues el tráfico era muy denso. Pero refrescados de la rutina. Muchas cosas podría contar de München y casi todas buenas, desde la belleza de sus gentes y sus calles hasta la increíble riqueza museística. Pero prefiero contar cómo he recobrado mi potencia fisiognómica. En el café del museo Lenbauhaus -cómo no, puesto al día por Foster- reconocí a Belén López, la bella y malvada Tía Elena de «Amar es para Siempre». Y en una exposición de fotografía de Avedon reconocí a Toni Zabalza en un retrato de Cioran. y después de varios días de propinas, el maître de desayunos del hotel me confesó que me encontraba la versión rejuvenecida de Blatter el de la FIFA. Sin embargo, el verdadero shock vino al reconocer en el retrato de Goethe con una carta en la mano derecha en la Nueva Pinacoteca, a mi doble. No me había fijado, pero de repente me di cuenta de que no podía salir de una cierta sala porque me seguía la mirada del retrato de un hombre por otro lado muy parecido a Txillida, del que yo llevo camino de ser su vivo retrato.

Alan Furth48 ~ 5 de agosto de 2014 ~ 0

Alemania, ¿la nueva tierra de las oportunidades?

grafitti-art-berlinAsí es como la describe el Washington Post. Alemania ya es el segundo destino más importante para los inmigrantes a nivel global después de Estados Unidos, en donde el debate sobre la inmigración se hace cada vez más tóxico. El gobierno alemán, por el contrario, se ha abocado a simplificar los procedimientos migratorios, subsidia el aprendizaje del idioma, y hasta abre «centros de bienvenida» para los que llegan buscando su trocito del «sueño alemán».

El artículo describe la vida cotidiana de Jordi Colombi, un arquitecto catalán que estaba desempleado en Barcelona pero ahora trabaja en Berlín: «durante una tarde reciente en su oficina en la obra, Colombi… se alterna a diario entre el inglés, catalán, español, italiano y alemán básico, mientras analiza los planos con un pasante de ingeniería de la India».

Y es que Alemania ha ido mucho más allá de la Unión Europea para atraer la mano de obra que necesita su boyante economía, introduciendo un sistema de «Tarjeta Azul» que en la práctica deja entrar al país a cualquiera que tenga un título universitario y una oferta de trabajo con un salario mínimo de 50.000 a 64.000 dólares al año.

(más…)

Juan Urrutia2141 ~ 3 de agosto de 2014 ~ 1

Wir fahren nach München

Mapa-de-MunichSí, efectivamente, mañana por la mañana y muy temprano comenzaremos nuestra escapada a Múnich en dos etapas y en automóvil. Hoy he revisado el coche y parece que todo está en orden. No tengo ni idea por qué abandonamos por una semana nuestro refugio del Baix Empordà y nos largamos a pasear por Cataluña, Francia, Suiza y Alemania, y vuelta. Sospecho que es el deseo de dejar siquiera por unos días este país aburrido que durante todo un mes solo nos va dejar saber las temperaturas y el número de muertos en carretera. Pero también es posible que por debajo esté mi deseo de sentirme más joven, como cuando estas escapadas no me daban miedo y ni siquiera revisaba el coche. Ahora, sin embargo, reviso cien veces el mapa, calculo las distancias, trato de anotar donde podríamos parar por el camino en lugar de dejarnos llevar por la música de ópera alemana ya cargada en el coche o por el simple apetito. Pero además de miedo, a esta edad me molesta dejar de escribir en el blog partes cortas de una novelita que intento armar sin saber muy bien cómo. Si pierdo la concentración es posible que todo se venga abajo. Pero también es verdad que esta excursión me trae recuerdos de juventud, como el de Frau Klein, mi primera profesora de alemán, la que me transmitió los rudimentos imprescindibles para pasar una temporadita en Salzburg, todos los de esta bella ciudad a la que a no creo que nos acerquemos, y esas frases famosas como la del título que he puesto a este minipost si sustituimos München por Berlin o aquella de la que se reía tanto Frau Klein que compuse en honor a
Lilo Pulver : Ich habe mein geld mit Lilo Pulver gepulvert. Sea como sea el viaje se los contaré a la vuelta, y mientras tanto les dejo con lo último que he escrito en plan literario.

Estadísticas del Correo de las Indias

La feed indiana tiene hoy una media de 773 feed subscribers activos. Esta estimación se calcula como el número de personas que durante los tres últimos días descargó al menos un post cada día de nuestra feed principal. Así que si una persona no se conectó o a pesar de estar suscrito, no nos leyó durante un día de los últimos tres, no se computa como suscriptor, por eso este número se reduce de sábados a martes y es más alto de miércoles a viernes.

Blogs dentro del blog

Nao VictoriaJuan Urrutia,
Carolina Ruggero, y
Las Indias in English.

El Correo de las Indias es el blog colectivo de los socios del
Grupo Cooperativo de las Indias
Gran Vía 48 - 48011 - Bilbao
F-83409656 (SIE) ~ F-85220861 (EAC) ~ F-95712659 (E) ~ G-84082569 (BIE)