Por David de Ugarte
Los artículos que hemos publicado durante la última semana sobre el 11M, sus perspectivas y consecuencias serán en las próximas semanas el núcleo de un libro que contará con la colaboración de Rafael Estrella (diputado socialista por Granada y Presidente de la Asamblea Parlamentaria de la OTAN), Suso de Toro (escritor, premio Nacional de Literatura) y Juan Urrutia (autor experto en Network Theory, Catedrático de Teoría Económica). Publicamos como adelanto la introducción de este trabajo.
El 11-M por la mañana tenía que tomar un AVE a Sevilla. Iba a dar una conferencia a un grupo de empresarios sobre la Sociedad Red y lo que suponía para ellos. La conferencia, como la presentación de las novelas ciberpunk del año, apenas una semana antes, se abría con imágenes del 11S y el atentado de Bali. La idea era sencilla e impactante: El terrorismo de red es la patología del siglo. La manifestación perversa de la potencia de las redes. El lado oscuro del nuevo mundo. El horror el punto en el que ya no es posible mantener la vieja mirada: El tiempo se detiene durante un instante como si todos los que mirasen la escena inspirasen a la vez. Como si el mundo se contrayera, escribía sobre un imaginario atentado islamista en Algeciras uno de los personajes de Lía MAD phreaker.
El 11S fue para medio mundo ese momento de horror que obligó a mirar de otra manera. España quedó sin embargo en el otro medio. El mezquino análisis del 11S que llegó a la opinión pública en España se ha demostrado dañino: nos ha incapacitado para entender mínimamente lo que luego nos ha pasado más allá de la conmoción emocional y la condena moral.
Recordemos: el diario El País daba la noticia del 11S titulando a toda portada, "El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush". Y mientras la "prensa seria" apuntaba a EEUU como la verdadera amenaza, la opinión informal daba crédito a las leyendas más delirantes sobre la autoría del atentado o la pretendida inexistencia de "judíos" entre las víctimas. Y es que una buena parte de la opinión pública y los medios españoles vieron claramente el peligro que el 11S suponía... para sus propios prejuicios y antes de reconsiderar y reanalizar prefirieron dar pábulo a las versiones modernas de la conspiración de la vieja propaganda nazi. No es casualidad que fuera el mismísimo diario El Mundo quien publicara un upgrade de las mismas leyendas urbanas titulado "La gran impostura", cuando el mero hecho de su publicación suponía un aval a tesis que el propio periódico no podía defender públicamente de puro absurdas. Pero entonces...¿A cuento de qué tanta receptividad para un panfleto sin pies ni cabeza que usaba las técnicas más manidas de manipulación goebbelsiana?. El atractivo del panfleto, más allá de su demencial tesis central (el 11S no era obra de AlQaida sino de una facción de la CIA y el Pentágono) no era otro que "confirmar" una larga serie de falacias y verdades a medias cuyo mensaje último era una vez más la "culpabilidad judeo-anglo-norteamericana". Así se "demostraba" que los terroristas suicidas no podían ser musulmanes con el peregrino argumento de que el suicidio está condenado por el Islam o Al Qaida se presentaba como una organización satélite de la CIA y Bin Laden como un agente americano teniendo por toda prueba su alianza temporal frente al enemigo común soviético durante la guerra afgana. De hecho este último argumento, es un lugar común todavía después del 11M bajo todo un abanico de versiones igualmente falaces cuya variación más suave presenta a Al Qaida como un producto de los norteamericanos que se les habría ido de las manos.
Pero si la carencia en los medios y la opinión de un análisis mínimamente riguroso del 11S puede explicar nuestro desarme teórico para esperar o tan sólo temer el 11M, las reacciones y lecturas que se han hecho y se están convirtiendo ya en moneda corriente, requieren una explicación más profunda. Buena parte de la ciudadanía, por no decir de los articulistas, ha pensado o incluso explicitado que si España no hubiera apoyado la invasión de Irak, nunca habría habido un atentado integrista en nuestro suelo. Es de nuevo la teoría del justo castigo, ahora aplicada no ya a EEUU sino a nosotros mismos. Una doctrina sumamente peligrosa porque sigue dejándonos indefensos frente a la amenaza del terrorismo de red mientras implícitamente señala la responsabilidad del asesinato en aquellos conciudadanos que apoyaron al Gobierno en nuestra intervención en Irak. Intervención discutible sí, pero en cualquier caso independiente de una amenaza que ya era explícita mucho antes y frente a la que hemos estado indefensos complacidos en la teoría de que "el grande", "el imperio", era el verdadero peligro.
La diferencia fundamental entre la digestión que la opinión española ha hecho del primer asalto del terrorismo de red y la que han hecho otros países se resume en a quién hay que defender. El "de qué" es en todo caso una consecuencia de esta. La prensa y los opinadores, seguidos de una buena fracción de ciudadanía han pensado que lo que había que defender era la paz, la solidaridad Norte-Sur o los valores de la justicia internacional. Es decir, cuando enfrenta la realidad internacional la opinión española lo hace desde el punto de vista de la defensa no de un sujeto, de una comunidad humana real, sino de unos valores éticos universales.
Por eso era tan importante la atribución del atentado desde un primer momento y por eso todos temimos que el Gobierno tuviera la tentación de manipular la información sobre la autoría culpando a ETA con tal de no reconocer que fuera Al-Qaida. No porque hubiera "culpa" o el Gobierno la sintiese. Sino porque el plano y la visión del peligro se hacía completamente diferente para nuestra opinión pública en un caso u otro: mientras que frente al terrorismo doméstico hay claramente un nosotros material (los ciudadanos, el país) al que defender de un ellos (ETA), frente a un atentado del terrorismo de red internacional la opinión española entiende que no hay un nosotros que defender, sino unos principios que imponer al orden internacional sin cuyo triunfo las víctimas son inevitables pues no son más que consecuencia del "dolor" causado por la existencia de diferencias de poder y renta entre los países y bloques. Diferencias de las que nosotros mismos seríamos beneficiarios y que nos harían por tanto en cierta medida culpables de nuestras propias víctimas... más aún si nuestro gobierno ha actuado internacionalmente apoyando al "imperio" frente a países y gobiernos del Tercer Mundo.
Cuando piensa en política internacional el español medio ha pensado hasta ahora como un católico (universalista) y no como un ciudadano moderno. Ha pensado desde el punto de vista de los valores e ideales de convivencia universal kantiana y no desde el pragmatismo de su supervivencia como comunidad. La mirada española hacia el exterior es una mirada desubjetivada y es esto lo que nos diferencia de Estados Unidos, pero también del Reino Unido, Holanda, los países escandinavos y centroeuropeos o incluso de países donde el pacifismo está tan extendido como Japón. El problema básico para nuestra seguridad en el Nuevo Desorden Mundial es la ausencia de una identidad.
Todo problema identitario es un problema de ausencia de estructura de red. Si hay un nexo que no puede obviarse entre el tiempo que media entre el 11S, el 11M, el 14M y las nuevas necesidades que se abren para España a partir de ahora, es precisamente esa carencia de estructura, de vertebración. Y esa es la tesis central de este trabajo. La España que es incapaz de entender el 11S es un país de cuadrillas, un país donde el protagonismo político y social reside en los últimos intentos de imponerle una identidad nacional canónica al estilo de las del siglo XIX tanto por el Gobierno del PP como por los emergentes independentismos periféricos. Ese mundo llega a su fin el 11M. Los sucesos del día 13, que siguen paso a paso las tesis publicadas apenas unos meses antes por Juan Urrutia, marcan la emergencia de una nueva realidad, la nación red, cuyo desarrollo es la clave fundamental para enfrentar el reto del nuevo mundo y el peligro de terrorismo de red.