El Correo de las Indias

Una vida interesante

Grupo Cooperativo de las Indias

¿Capitalismo que viene o postcapitalismo orientado a la abundancia?

Qué es el capitalismo, por qué se agota y cómo las tendencias hacia su superación sólo pueden nacer del mercado y las redes distribuidas.

Capital industrial

PIB desde 1700A finales del siglo XVIII el aparato productivo y la sociedad comenzaron una transformación drástica. Con la decadencia del Imperio español, el enfoque europeo del francés y el ascenso de Holanda y Gran Bretaña, se abre un periodo de incipiente libertad comercial transoceánica. En ese marco, la unión de una serie de nuevas tecnologías mecánicas y la acumulación de capital comercial en manos de un nuevo tipo humano sin los constreñimientos de la tradición católica e imperial, creó un nuevo factor productivo: el capital industrial.

Su efecto fue prodigioso. Conforme se extendía su uso crecían no sólo la producción per capita, sino las innovaciones, las comunicaciones, los mercados… El uso del capital industrial revolucionaba la productividad, lo que el trabajo humano podía conseguir por unidad de tiempo, y por tanto de la riqueza social generada y su valor. Su uso intensivo era, sin duda, de un avance sin precedentes que hizo por primera vez posible el sueño del bienestar universal.

Capitalismo

Pirámide del capitalismo (IWW)Pero el capital industrial era un factor productivo tan valioso como escaso. Esa contradicción entre las posibilidades que generaba y la dificultad de acceder a él, confirió pronto a sus poseedores -aquellos que tenían acceso o poseían por si mismos formas anteriores de capital- un poder extremo en la organización económica. Su aporte y su escasez lo justificaban. El capital industrial impuso sus reglas: todos los demás factores se pagarían a precios de mercado, es decir se remunerarían a su coste de oportunidad… pero él no sería remunerado exclusivamente sobre su coste de oportunidad (que en el caso del capital es el tipo de interés) o a partir de él con una prima de riesgo… no, todas las rentas serían en exclusiva para él.

Y las rentas más legítimas, las de innovación, en un momento en que el mercado mundial distaba mucho de estar completo (a grandes rasgos no lo estaría hasta 1914), no eran tan fugaces como hoy. Recordemos que uno de los inventos más importantes de la época, la desmotadora de algodón, nunca cobró royalties ni derechos de patente. A su creador Eli Whitney, no le hizo falta: prosperó sobradamente gracias a las rentas de innovación de sus creaciones sin necesidad de reclamar su monopolio y prefirió ver cómo su innovación cambiaba el mundo.

Así, con la exclusividad sobre las rentas, aportar el capital se hizo sinónimo de tener la propiedad de la empresa y el poder para organizar sus procesos. El capital pasaba de ser un factor productivo a ser una relación social.

Y es a esta relación social que escoraba la propiedad en exclusiva hacia sus poseedores y no al uso de capital industrial ni al desarrollo de la productividad- a lo que llamamos capitalismo. A muchos contemporáneos, desde el Papa León XIII a John Stuart Mill, les pareció que habría que equilibrar la organización industrial para dar juego a los poseedores de otros factores o simplemente, como en el modelo de Marx, que el desarrollo de la productividad (que el llamaba «desarrollo de las fuerzas productivas») haría saltar por los aires el conjunto de las desiguales relaciones sociales y jurídicas nacidas de la escasez original de capital. Por supuesto hubo también pioneros de una nueva forma de relaciones sociales que modernizaron y adaptaron las relaciones igualitarias nacidas en el marco de los gremios y las viejas explotaciones comunales precapitalistas (en inglés «commons»), nacía el cooperativismo… pero, necesitado de capital industrial, sus focos nunca llegaron a configurar una alternativa general práctica. La escasez de capital seguía operando y cruzando toda la actividad económica.

El legado del capitalismo: hacia un mundo sin rentas

La Historia del capitalismo ha sido la historia de una revolución permanente. Su legado ha sido multiplicar la capacidad para generar riqueza, permitir un incremento desconocido de la población mundial y desterrar el cerrado mundo de los dogmas estamentales para sustituirlo por un mundo en continua ebullición de nuevas ideas.

Y algo más. Llegado cierto punto de desarrollo, en algún momento de la segunda mitad del siglo XX, la productividad es tan alta que las nuevas tecnologías empiezan a independizarse del capital primero y de la escala después. La unión de nuevas tecnologías que permiten la comunicación distribuida con una nueva oleada de globalización, abre la perspectiva de un capitalismo sin rentas, un mundo, el que vivimos, en el que todo en el mercado apunta a la disipación de rentas. Es ese mundo el que Juan Urrutia describe, analiza y llama «capitalismo que viene».

Evidentemente estas tendencias hacia una sociedad sin rentas no se materializan sin resistencia. Los beneficiarios del capital y en general los privilegiados que disfrutan rentas, se aferrarán al estado y su poder coercitivo como última y brutal forma de conservarlas. El viejo capitalismo toma su enésima encarnación bajo la forma senil de «capitalismo de amigotes». Pero para muchos, las reglas de juego son ya otras.

Cuando el capitalismo se torna disfuncional en el mercado

Una de las consecuencias que más se proyectaron en el tiempo de la escasez de capital originaria fue la necesidad de escala. La escala dio forma al sistema productivo e incluso a sus tipos humanos porque aportaba una solución organizativa al «hambre de capital» del sistema. Escala y capitalismo, como lo hemos definido arriba, van de la mano. Pero en el nuevo marco, con la productividad independizándose del capital, las escalas no son necesarias más que para apropiarse del tablero y capturar rentas: son disfuncionales. Una tendencia que no sólo se manifiesta como degradación de la calidad de los productos, del medioambiente y del servicio, sino sobre todo en la posibilidad cada vez más cercana de producción fabril de vanguardia a pequeña escala, incluso individualizada.

El primer acto, o mejor dicho, la obertura de este fin de la escala, emergió en los noventa ligado a la globalización bajo la forma de «ruptura de las cadenas de valor» y «globalización de los pequeños». Sus consecuencias, aunque secuestradas por la desigualdad distributiva que define todavía al pago de los factores, han sido drásticas: nunca antes tantas personas habían salido de la pobreza.

Todo apunta a que las unidades productivas, las empresas de una sociedad sin rentas, serán cada vez más cercanas a la escala humana con unas pocas decenas de personas por equipo. Y lo serán no sólo porque la tecnología y la forma en que aporta a la productividad (cada vez de un modo más individualizado) lo hagan posible, sino porque las cada vez mayores ineficiencias de escala ligadas a la búsqueda y captura de rentas, lo hacen necesario.

Y lo que es igualmente importante, la idea misma de que las rentas sean en exclusiva para el capital, entra en crisis cuando estas se limitan a las rentas de innovación y son sumamente fugaces. Ahora lo escaso, de cara a obtener esas últimas rentas, no es el capital sino el conocimiento que permite innovar.

En puro mercado, el capital, para mantener empresas así, ha de competir por los sujetos de la innovación -la comunidad y su relación con el entorno- aumentando su remuneración hasta reducir la propia al coste de oportunidad. Esa es la tendencia que vemos, por ejemplo, en las B-Companies.

Esta es la más hermosa paradoja de nuestra época: la empresa para mantenerse en un mercado en que las rentas se disipan debe dejar de ser capitalista para sobrevivir. Esta es la marea que mueve las aguas bajo las mil discusiones sobre la gestión del capital creativo, la economía social, la empresa abierta o la democracia económica…

¿«Capitalismo que viene» o post-capitalismo?

Simplemente el capital es ya un factor más, y todo lo que no sea remunerarlo por su coste de oportunidad (el tipo de interés) más una pizquita de incentivo, es disfuncional. Y si el reparto deja de ser un monopolio también deja de serlo el poder y el control de la gestión. Más cuando si el centro está en la innovación, la clave de todo proyecto nuevo que intente maximizarla está en el desarrollo de la comunidad y su horizonte en la generación social de abundancia.

Pero si la lógica de poder y distribución que llamamos capitalismo se está convirtiendo en contradictoria, en suicida, dentro las formas de productividad creadas por el propio capitalismo, la alternativa no vendrá de un cambio legal, de una imposición de un nuevo tablero, sino de dejar que el actual se desarrolle hasta sus últimas consecuencias. Es por eso que la ética hacker es funcional a las nuevas condiciones. No derribaremos el capitalismo, simplemente lo superaremos. Y el mercado será palanca y escenario del cambio.

Y es que, seguramente sea ya hora de decirlo, el «capitalismo que viene» no es un capitalismo, sino más bien todo lo contrario, conduce necesariamente a la puesta en cuestión de sus bases y, Juan nos perdone, habría que comenzar a llamarle más bien «economía de mercado sin rentas» o simplemente, post-capitalismo orientado a la abundancia.

«¿Capitalismo que viene o postcapitalismo orientado a la abundancia?» recibió 0 y 3, de los cuales desde que se publicó el 21/03/2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

Deja tu comentario

El Correo de las Indias es el blog colectivo de los socios del
Grupo Cooperativo de las Indias
Gran Vía 48 - 48011 - Bilbao
F-83409656 (SIE) ~ F-85220861 (EAC) ~ F-95712659 (E) ~ G-84082569 (BIE)