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Una vida interesante

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«Comunidad»: guión ilustrado



La red social no es homogénea como una gran red de pesca. Las personas se encuentran, hablan, interactúan y prefieren vincularse más a unas que a otras

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De forma espontánea, porque coincidimos en el mismo espacio o porque nos gusta la conversación, las personas tendemos a formar «grumos» en la red: pequeñas subredes en las que todos nos relacionamos con todos al mismo nivel, con las mismas formas de interacción.

Cuando estos «grumos» se forman voluntariamente, como en Internet, aparece facilmente el «gusto por estar juntos»…

…y lo que es igualmente importante: si a cada una de las personas le pedimos que diga quienes son de su red nos dirá los nombres de los otros y si le preguntamos estos, nos responderá con un conjunto similar que incluirá al primero a quien preguntamos.

Esto es lo que llamamos «identidad»: cada uno conoce y reconoce a todos los demás y por lo mismo puede esperar ser reconocido por ellos.

La unión de identidad y gusto por estar juntos se llama fraternidad y es lo que define la existencia de una comunidad

¿Pero que es lo que genera identidad y por qué realmente nos gusta estar con otros en una comunidad? Una comunidad es una conversación, un espacio social donde todos interactúan al mismo nivel de forma sostenida en el tiempo. El resultado es que poco a poco se forman una serie de contextos comunes: definiciones, complicidades y sobreentendidos que no hace falta explicar una y otra vez para seguir avanzando y aprendiendo cosas nuevas.

Lo que define a una comunidad desde fuera es por tanto su capacidad para generar y desarrollar un conocimiento propio. Es ese conocimiento el que nos hace sentir que una comunidad es más que la suma de sus miembros.

Pero no debemos confundir las comunidades reales con las «comunidades imaginadas» como la nación, la raza, el género o la clase. Esas pretendidas comunidades toman un rasgo común a ciertos individuos que en su gran mayoría no se conocen entre si y derivan de él un supuesto interés colectivo.

Pero como no se conocen entre si, tampoco interactúan entre si de forma directa y sólo pueden imaginarse mutuamente a partir una serie de rasgos comunes. Su identidad y su conocimiento común son por tanto el producto de imaginar, no de conocer a los otros. Esta identidad imaginada, a partir de generalizaciones sirve para construir un ideal desde el que se pretende representar a las comunidades y las personas reales.

En 1993 el antropólogo Robin Dunbar, de la Universidad de Londres, publicó el primer boceto de un estudio en el que mostraba que hay un límite cognitivo en el número de individuos con los que una persona cualquiera puede mantener relaciones estables; ese límite está en relación directa con el tamaño relativo del neocórtex y, al final, impone un límite al tamaño del grupo. Comparando datos de distintas especies de primates, Dunbar relacionaba tamaño grupal y volumen cortical. Al usarla para predecir el tamaño máximo de una comunidad humana, el resultado es de 147,8, redondeando, de 150, el famoso «número de Dunbar»


Al comparar en distintos estudios antropológicos el tamaño de una serie de comunidades reales históricas, desde tribus neolíticas hasta comunidades campesinas de fundamentalistas cristianos, pasando por organizaciones militares de todos los tiempos, Dunbar encontró una y otra vez resultados empíricos que se aproximan a este número, con independencia de la época y el sustrato económico de cada comunidad.


De hecho, una regla informal en la organización de empresas también identifica el número 150 como el límite crítico para la coordinación efectiva de tareas sin jerarquía: empresas mayores no pueden funcionar de modo efectivo sin subestructuras de mando. El hecho es que nuestro cerebro tiene un límite para el número de personas con el que podemos realmente reconocer e interactuar y que este tiene que ver con el tamaño máximo que puede alcanzar una tribu de cazadores-recolectores sin generar necesariamente una crisis de recursos.


Estudios posteriores demostraron que en la práctica hay una serie de «mínimos locales» óptimos en 12, 60 y 80 personas que aparecen una y otra vez en el número de miembros que historicamente han tenido las mayores organizaciones «planas», sin mandos intermedios, en ejércitos, talleres artesanos o cuadrillas de trabajo.

Lo que ocurre es que ninguno de nosotros hace parte de una única comunidad, nuestra vida social es más rica que eso. No ocupamos nuestro potencial de relación en una única red, sino en varias. Incluso nos relacionamos con algunas personas sin compartir amigos ni conocidos en común con ellas. Toda esa parte de nuestra red que conocemos pero con la que no necesariamente compartimos otra identidad que la amistad es lo que se llama «entorno real»

Pero al final, nuestras comunidades reales más nuestro entorno real no pueden sumar, para ninguno de nosotros más de 150 personas. Simplemente la cabeza no nos da para más, podemos coleccionar más caritas en nuestro blog, en nuestra agenda o en una página de contactos, pero serán cromos, no personas con significado para nosotros. Algo alrededor de 150, esa es la escala humana. Ese es el tamaño del cuerpo social en el que nos es posible pensar, poner a las personas primero.

Más allá de la escala humana simplemente reaccionamos, pensamos no en un conjunto de personas sino en un constructo intelectual, en un objeto único y abstracto que fácilmente se confunde con identidades imaginadas. Para quien sepa provocarlo somos fácilmente manipulables.

Numerosos estudios psicológicos realizados en la última década evidencian la incapacidad de nuestro cerebro para valorar racionalmente el riesgo a partir del momento en que los números sobrepasaban determinados umbrales. Cuando el contador ha utilizado todas las cifras se resetea. En nuestra cabeza, la alternativa a la escala humana es simplemente mucho o nada. La consecuencia es una sobrevaloración continua de los peligros que se nos presentan desde el discurso político, la ciencia o los medios. A partir de ahí, se produce la generalización de un lenguaje del miedo que juega con esta limitación básica de nuestra capacidad intelectual, se extiende por todos los ámbitos de poder y sirve para generar consensos sociales reactivos. Por eso la nación, el género, la clase y todas las comunidades imaginadas están siempre sufriendo nuevos peligros, ataques y dolores, presentándonos a plebiscito medidas que pretenden defender poblaciones que no podemos visualizar frente a riesgos que no podemos dimensionar.

Una de las cosas maravillosas de Internet ha sido devolver el protagonismo en nuestra vida a nuestras comunidades reales: la familia, los amigos, pero también las comunidades que creamos en la red con aquellos con los que disfrutamos conversando y aprendiendo.

Porque en cierta manera, hemos recuperado la capacidad para deliberar y generar conocimiento sin tener en cuenta identidades imaginadas y representadas por otros. Internet con su extensión global, permitiéndonos conectarnos libremente con quien queramos, nos ha devuelto paradójicamente a la escala humana al poner de nuevo en el centro a la comunidad real.

««Comunidad»: guión ilustrado» recibió 0 y desde que se publicó el 17 de marzo de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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