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Cuatro bases para juzgar una movilización nacida de la red en el siglo XXI

¿Qué aprendimos de las revoluciones de colores y las revolución euromediterránea? No todas las movilizaciones juegan realmente en la lógica del nuevo mundo y no todas las reivindicaciones apuntan hacia el futuro. Hoy, una guía básica indiana de las condiciones que una movilización ha de cumplir para no ser un vector más de descomposición.

  1. Objetivos: la ética hacker no va de llorarle a papá estado para que nos compre un piso, nos de un trabajo o aumente el gasto asistencial. La proyección política de ética hacker -y lo hemos visto y apoyado activamente tanto en el Este europeo como en el Norte africano con claridad desde hace años- va de hacer las cosas por nosotros mismos y exigirle al estado, cuando sea necesario, que remueva las trabas que nos impiden hacerlo
  2. Estructura y secuencia: El modelo general de una movilización «auténtica», no precocinada desde los medios o grupos de poder, ha sido constante en estos años. Primero un largo madurar deliberativo, público y profundo en el que se generan nuevos grandes consensos. Después un estallido movilizador sobre ellos -es decir, sobre mínimos comunes e integradores claros- que culmina en movilización en la calle. La secuencia es importante porque la contraria -movilizar primero para discutir después a partir de «sentimientos» amorfos- no sería más que una expresión más de la cultura de la adhesión, inane propositivamente e incapaz de traducirse en cambios globales.
  3. Herramientas: la estructura y secuencia de movilización determina las herramientas. Por motivos prácticos, pero sobre todo de fondo no existen «twitter revolutions». La deliberación requiere tiempo y argumentaciones y siempre ha tenido lugar en foros y blogs en largos periodos de tiempo. Los medios de adhesión y coordinación (desde los libros de cromos a los SMS) son herramientas posteriores que sirven para difundir convocatorias a las que la gente ya sabe por qué y con qué fines concretos se convocan, ya sea evitar un pucherazo electoral o derrocar al dictador de turno.
  4. Cultura y agenda pública disruptiva: la pequeña burguesía española, como buena parte de la del mundo latoc hizo la reforma agraria que tenía que haberse hecho en el siglo XIX con la tierra de labor, en el XX con «plazas en propiedad» en la administración. A eso le llamaron «socialismo» en más de una ocasión y lugar, pero en España por ejemplo instituyó sus bases con la dictadura de Primo, en México con el PRI y en Argentina con Perón. La conceptualización del trabajo público como minifundio alternativo tuvo su contraparte simbólica en la universidad de masas, con el traslado de la Complutense a Madrid y la creción de la Ciudad Universitaria o en Argentina con la apertura y masificación de la UBA. No faltan nostálgicos a ambos lados del Atlántico, aunque en pocos lugares el modelo cerró tanto como en España: todo un sistema financiero montado sobre las hipotecas y apalancado en un sistema político que vía planes de ordenación urbana aseguraba la revalorización (osea la especulación sostenida al alza). En lo social eso significaba, de hecho, una transferencia de las clases trabajadoras a las clases medias mediada por el estado «social». En lo cultural el sistema consagraba seguridad como valor y bendecía la represión cultural (y a veces no solo) de toda tendencia social hacia la autonomía económica, el comercio, etc. («niño, no destaques», «alquilar es tirar el dinero» «no puedo dejarte una propiedad pero te dejo una carrera hijo mío» etc etc.). Es con esa cultura entera y con los consensos sociales implícitos -basados en el hipoteca+plaza de funcionario- con lo que es preciso romper. Las movilizaciones que hemos visto en estos días son por el contrario un llanto por su insostenibilidad, una queja porque no se puede volver al «lado bueno», la seguridad en el futuro y la no necesidad de hacer y construir por nosotros mismos. Toda movilización valiosa, portadora de futuro, ha de romper con esta cultura imponiendo una agenda pública genuinamente «nueva».

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