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De la globalización a la descomposición

¿Da la descomposición razón del nacionalismo o está el nacionalismo en el origen de la descomposición? ¿Es la descomposición el producto natural de la globalización o la consecuencia de su estancamiento?

La globalización no es más que un proceso de integración de mercados, de generación de interdependencias entre las economías que lleva a que estas ya no puedan entenderse desde lo local, lo nacional o incluso desde lo regional, sino únicamente de forma global.

El término comenzó a usarse masivamente en los años noventa. En aquella década, tras el derrumbe del bloque soviético y el desarrollo de las políticas reformistas de Deng Xiao Ping en China, las economías socialistas comienzan su integración en el mercado mundial. El proceso consiguiente reacelera las tendencias a la integración en el antiguo bloque occidental: en 1993 la Comunidad Europea alcanza la integración plena de mercado y se convierte en Unión Europea con el compromiso de mercado único consensuado con el Tratado de Maastrich, en 1994 se firma el acuerdo de libre comercio entre EEUU, México y Canadá, en 1995 se funda finalmente la OMC. La emergencia de nuevas potencias que ahora, quince años después, estamos viendo es consecuencia directa de aquel acelerón del proceso de integración económica global.

Igual que la primera globalización (1848-1914) tuvo en el telégrafo su símbolo y su tejido nervioso, esta tercera fase tiene a Internet. El impacto de ambos medios va mucho más lejos que la inmediatez en la comunicación: modificaron la topología de redes informacionales, de comunicación y por tanto del comercio. Del mítico Venca a Ali Babá media un mundo. Internet impulsa un desarrollo competitivo de los mercados que erosiona las posiciones de poder de las élites ligadas al papel económico del estado. Globalización + redes distribuidas = Capitalismo que viene.

Las resistencias a la globalización

El proceso de globalización se construye desde cada mercado sobre tres vectores: libertad de movientos para las personas, las mercancias y los capitales. Mientras el último alcanza cierta fluidez en una década, el segundo avanza correosamente y el primero, las personas, encuentra cada vez más y más violentas cortapisas… con las que chocan las nuevas migraciones masivas que van del interior asiático a la costa en desarrollo, de Africa a Europa y de Centroamérica y México a EEUU.

En un primer momento las resistencias a la globalización se dan sobre todo en los países ricos. El desarme aduanero y la libertad de competencia amenazan en primer lugar sectores como el agrario o el cultural que han sido pilares de la construcción identitaria y clientelar del estado nacional. Obviamente hay un desequilibrio en el proceso que acentúa la inseguridad de los sectores más protegidos por el estado nacional: desde los sindicatos a los agricultores pasando por el audiovisual y los diversos beneficiarios del capitalismo de amigotes.

Bajo distintas formas aparece tanto en Europa como en EEUU nuevos enfoques para el nacionalismo y junto a ellos sectores que piden tiempo, que pretenden reformar la globalización, hacerla más armónica no impulsando aún más el libre comercio y la libertad de movimientos de las personas, sino al revés, restringiendo una vez más el movimiento de capitales y poniendo barreras no arancelarias al comercio (como las famosas claúsulas sociales). Son los altermundistas. La evolución de China y otros países demostrará en los hechos que las clausulas sociales sólo relentizan la salida de la pobreza… pero paradojicamente reforzarán también el modelo capitalista autoritario como referencia tanto para los países exsocialistas como para la sociedad de control hacia la que apuntan los estados nacionales en los países ricos.

Pero las resistencias más importantes se dan logicamente en los países periféricos. En los 90 Somalia da el primer ejemplo claro de cómo la unión de las políticas de ayuda humanitaria europeas, el cierre de mercados y el bloqueo de las élites económicas en torno al estado, pueden llevar a las estructuras políticas básicas a la implosión total y su sustitución por paraestados en manos de señores de la guerra. Sólo una década después reaparecerá cierto orden y un nuevo dinamismo económico… el orden a través de Al Shebab, -versión local de AlQaeda- y el crecimiento económico a través de la piratería. El cuadro completo de la descomposición en su fase terminal.

Descomposición

Pero no saltemos pasos. El cierre de filas de las redes clientelares y los privilegiados del mundo nacional en torno al estado no es un fenómeno periférico. En EEUU y en Europa las industrias dependientes del monopolio de la propiedad intelectual (cultura y entretenimiento, farmaceúticas, software…) juegan cada vez más abiertamente un papel dirigente en las políticas estatales. Del Digital Millenium Act de Clinton al ACTA el control social hacia dentro y el tecnoimperialismo hacia fuera se convierten en la base del orden mundial impulsado por la UE y EEUU.

A otra escala fenómenos similares de fusión y parasitismo clientelar alrededor del estado aparecen en todos los estados. Los intereses vinculados al estado cierran filas en torno a este, restringiendo su alcance y capacidad y enquistándolo en un nacionalismo útil para evitar la pérdida de poder para las élites locales a corto plazo pero destructivo para el propio mercado interno a medio, sobre todo en los mercados nacionales más débiles.

En consecuencia surgen progresivamente ”zonas de sombra” donde el estado no llega por su propia definición nacional o donde es incapaz de mantenerse por su pérdida de centralidad económica. Son estos espacios los primeros en ser ocupados por paraestados y redes criminales transnacionales. Es el terreno natural de Hamas, el Primeiro Comando da Capital o los cárteles mexicanos.

¿Pero de dónde salían estos movimientos? Las políticas de captura funcionaron como el perro del hortelano: al limitar el alcance de la globalización y cercenar el desarrollo del capitalismo que viene sin recursos ni capacidad para conseguir un cierre total o alternativo en un ámbito menor, el nacionalismo de las élites privó a las clases medias de acceso a las posibilidades de competir en la globalización al tiempo que les negaba ya la protección clientelar del estado.

Son las nuevas clases globales de la postmodernidad. Los descolgados de la globalización, las élites medias de las estructuras sociales de la perifería eran ya hijas de Internet y las compañías de vuelos baratos. Si volvemos atrás un lustro y miramos las biografías personales de sus líderes veremos que los dirigentes de los cárteles mexicanos habían estudiado en inglés en buenos colegios, los activistas de AlQaida habían estudiado en universidades occidentalizadas y hecho viajes de estudios a Europa e incluso la dirección del Primer Comando da Capital paulista gestionaba vía satélite el curso de sus tráficos en tres continentes con la eficiencia de los sistemas de logística y mensajería punteros en el mercado.

Conclusiones

Pocas cosas pueden representar mejor qué es la descomposición que esa nueva lumpenburguesía transnacional. Y sobre todo hasta qué punto la descomposición misma es el producto de un equilibrio de fuerzas mantenido demasiado tiempo, entre el capitalismo que viene y los sectores que viéndose perjudicados por él mantienen sin embargo el control sobre el aún formidable poder del estado.

Evidentemente las consecuencias son distintas en cada parte del mundo en función de su lugar en el mapa económico y político mundial. Lo que en EEUU genera el Tea Party en Venezuela genera el chavismo y en Palestina Hamas. Lo que en Somalia abre paso a una alQaeda local, en Michoacán da lugar a una filé negra. Lo que en Rusia produce el fenómeno Putin en EEUU y la UE se manifiesta como leyes tendentes a la sociedad de control. Pero en realidad se trata de la misma obra representada en distintos escenarios con distintos contextos.

Y por cierto demuestra cómo el altermundismo no puede sino ser contraproducente y el antiglobalismo directamente reaccionario pues ambos acaban alimentando y dando razón de un enquistamiento nacional del estado indistinguible de su captura por las redes empresariales y clientelares que están en el origen de la descomposición misma.

La descomposición no es una consecuencia de la globalización, sino de su estancamiento ante la resistencia de los sectores del poder económico y social dependientes del estado nacional. Resistencia que hasta ahora ha podido frenar el tener que verse sometida a una creciente competencia… pero que en el intento ha sacrificado la cohesión social e impulsado para paliarlo políticas cada vez más autoritarias vestidas, eso sí, de canto identitario al imaginario nacional.

Por eso el globalismo tiene más sentido que nunca.

«De la globalización a la descomposición» recibió 0 y 1, de los cuales desde que se publicó el 01/09/2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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