El Capitalismo que viene

También está disponible para descarga en formato epub. Descarga todos nuestros libros en el repositorio de la Biblioteca de las Indias.


Indice

Información general sobre este libro

Prólogo de Michele Boldrin

Presentación

PARTE I: El Homo posteconomicus

Introducción

Capítulo 1. El usuario como consumidor

Capítulo 2. El usuario como productor

Capítulo 3. El usuario como intermediario

PARTE II: Propiedad, información y ámbito

Capítulo 4. Propiedad e incentivos

Capítulo 5. Costes de transacción y problemas de información

Capítulo 6. Fraternidad: ámbito, diversidad y relativismo cultural

PARTE III: Empresa, mercado y Estado

Capítulo 7. La empresa

Capítulo 8. Mercado y contratos

Capítulo 9. Mercados financieros y aseguramiento

Capítulo 10. Los límites del Estado

Capítulo 11. El ámbito del Estado

Capítulo 12. El tamaño del Estado y el número de estados

PARTE IV: Política económica y humanismo

Capítulo 13. La política económica

Capítulo 14. Capitalismo y humanismo

EPÍLOGO: disipación de rentas

COLOFÓN de Guillermo de la Dehesa

Información general sobre este libro

Créditos y reconocimientos

Este libro ha sido escrito por Juan Urrutia Elejalde, quien hace en­trega de él al Dominio Público.

La corrección de este libro es obra de Yolanda Gamio.

Qué puedes hacer con este libro

Puedes, sin permiso previo de los autores y editores, copiarlo en cualquier formato o medio, reproducir parcial o totalmente sus contenidos, vender las copias, utilizar los contenidos para realizar una obra derivada y, en general, hacer todo aquello que podrías hacer con una obra de un autor que ha pasado al dominio público.

Qué no puedes hacer con este libro

El paso de una obra al dominio público supone el fin de los derechos económicos del autor sobre ella, pero no de los derechos morales, que son inextinguibles. No puedes atribuirte su autoría total o parcial. Si citas el libro o utilizas partes de él para realizar una nueva obra, debes citar expresamente tanto a los autores como el título y la edición. No puedes utilizar este libro o partes de él para insultar, injuriar o cometer delitos contra el honor de las personas y en general no puedes utilizarlo de manera que vulnere los derechos morales de los autores.

Prólogo

Muchas conversaciones, aunque todavía demasiado pocas, con Juan Urrutia me permiten afirmar que, para él, el capitalismo siempre está llegando. En este delicioso (aunque un poco largo) volumen, asume la responsabilidad de hacernos reflexionar sobre lo que llega y lo que se va del capitalismo que viene. Menudo riesgo, pero alguien tenía que correrlo y pocos poseen una visión global de los asuntos pendientes como la que tiene Juan Urrutia.

El capitalismo de Juan Urrutia siempre está llegando porque siempre ha existido y siempre existirá, siempre ha cambiado y siempre cambiará. El capitalismo, para Juan Urrutia, consiste en «propiedad privada» y «libertad económica», nada más.

Comparto totalmente esta definición y comparto también su visión de las sociedades capitalistas como sistemas dinámicos, abiertos y adaptativos frente a los cambios tecnológicos y culturales.

Los sistemas sociales más abiertos y adaptativos, de entre aquellos con los que la Humanidad ha ido experimentando a lo largo de su larga historia postneolítica, han sido todos ellos, fundamentalmente, capitalistas. Y añado algo más: sin capitalismo (en el sentido antes mencionado) nunca habríamos tenido progreso económico duradero, y sin (el) capitalismo (que viene) seguramente no lo podríamos tener en el futuro.

Prácticamente todos los avances en nuestras condiciones económicas y materiales de vida se deben, de una manera u otra y en todos los períodos de la historia humana, a la presencia de la propiedad privada y la libertad de iniciativa económica individual.

Lo difícil ha sido siempre saber cuánta propiedad privada y cuánta libertad individual son óptimas para obtener de nuestros instintos primordiales y nuestras capacidades intelectuales el mayor provecho posible y por el mayor número de seres humanos.

¿Cuánta libertad hace falta dejar a los individuos para que no se hagan daño sino bien? Sin capitalismo no hay cambio, pero el capitalismo puede producir «demasiados cambios». ¿Existe un equilibrio? Y, si existe, ¿cómo se puede calcular?

Juan Urrutia no parece plantearse estas preguntas directamente en su nuevo libro, pero sí indirectamente. La estructura del volumen es la de un tratado de economía para estudiantes universitarios, estudiantes universitarios de los que, por cierto, se espera que sean competentes en muchas otras áreas del conocimiento, además de la economía, pero no se trata de un libro para principiantes, aun estando escrito de manera sencilla y con pluma rápida y ligera.

Empieza con los agentes individuales y sus procedimientos de toma de decisión, además de sus preferencias; continúa con las empresas, los mercados, los tipos de contratos, el Estado y sus papeles; y acaba con una discusión amplia y casi visionaria del proceso de crecimiento económico global, del papel que puede o no puede desarrollar la política económica y, finalmente, la relación entre el capitalismo que siempre está llegando y el humanismo que siempre ha estado y que, sin embargo, en la visión de Juan Urrutia, tiene dificultades para quedarse.

Las preguntas que he mencionado arriba casi nunca se plan­ tean de forma explícita, pero sí se abordan en cada una de las secciones y prácticamente en todos los capítulos. La respuesta, indirecta, a esas preguntas se encuentra en el Epílogo, titulado «Disipación de rentas», un concepto éste, como bien sabe Juan Urrutia por las muchas veces que lo hemos debatido, por el que siento mucho cariño ya que, en mi opinión, define y resume en sí casi todo lo que es socialmente bueno en el sistema capitalista y en la competencia.

Para disipar rentas, es necesario que previamente se hayan crea­ do. Las rentas se crean solamente cuando un bien que no se puede reproducir muy rápidamente (que está «fijo», por lo menos a corto plazo) encuentra una utilización novedosa y con valor social positivo. Es decir, cuando unos agentes económicos introducen (condición previa: libertad de iniciativa económica) una innovación útil para los consumidores, utilizando unos bienes de su propiedad (condición previa: propiedad privada de los bienes que sean «rivales») que, a corto plazo, no se puedan sustituir por otros más abundantes; cuando se dan estas circunstancias, se determinan unas rentas. En resumen, si el capitalismo funciona, entonces hay rentas, ya que casi todos los bienes «rivales» lo son en oferta limitada y no se pueden multiplicar de inmediato. Si se mira de esta manera el asunto que estamos discutiendo, se descubre que, en general, las rentas vuelven a aparecer siempre que hay una invención socialmente útil por parte de un agente privado en una sociedad capitalista. En estas circunstancias, los propietarios del bien en oferta fija pueden capturar una renta sustancial, aun en condiciones de competición determinada por la libre entrada de imitadores. Estas observaciones, bastante sencillas, constituyen el fundamento intuitivo de la teoría de la innovación en condiciones de competencia perfecta que David Levine y yo hemos ido elaborando en varios escritos desde hace casi un decenio. Así que la existencia de rentas, en un mundo capitalista, es sinónimo de (pre) existencia de invenciones útiles para la sociedad.

Muy bien, entonces, ¿por qué razón Juan Urrutia argumenta, y yo con él, que la esencia del capitalismo que viene es «disipar las rentas»? Si las rentas proceden de las innovaciones, ¿no sería esto algo parecido a «disipar las innovaciones»? Mejor aún, si las rentas son la consecuencia de un capitalismo que funciona, ¿no resultaría entonces que «disipar rentas» es lo mismo que «disipar el capitalismo que funciona»? Pues sí, o, mejor dicho, no: disipar las rentas no implica disipar innovaciones, sino adoptarlas masivamente, difundirlas por el mundo y reemplazarlas por otras aún más novedosas. Disipar las rentas no implica disipar el capitalismo que funciona, sino dejarle funcionar aún más: disipar las rentas (y los rentiers) de hoy implica y permite crear las rentas (y los rentiers) de mañana. La renta se crea cuando alguien inventa algo nuevo, en oferta limitada y de lo que existe demanda. Si esta renta (la de hoy, o sea la del párrafo anterior) se disipa, es porque o bien 1) alguien ha encontrado maneras de (re)producir el mismo y novedoso bien utilizando factores de producción abundantes o fácilmente reproducibles, o bien 2) alguien ha encontrado otra invención que hace lo mismo que la anterior, o mejor, y puede vender esta otra invención (la de este párrafo, y de mañana) a un precio competitivo con la anterior (la de hoy, y del párrafo anterior).

La disipación de rentas es el resultado de la competencia capitalista que trabaja y funciona, de la misma manera que la creación de rentas es el resultado del capitalismo competitivo que funcio­ na. Creación de rentas y disipación de rentas, creación de rentas y disipación de rentas… el capitalismo que funciona, viniendo. Ahí está la respuesta de Juan Urrutia a las preguntas anteriores: ¿cuánta libertad económica y cuánta propiedad privada son lo «justo»? Respuesta: las suficientes para que el capitalismo que viene siga funcionando, creando rentas y disipándolas. El lector consciente notará que, aquí, hay un tradeoff fundamental y clarísimo. Si la libertad es demasiado poca, ni se crean rentas nuevas (porque hace falta la innovación) ni se disipan las antiguas (porque hace falta la imitación). Si la propiedad privada está demasiado poco extendida, faltan también los incentivos para inventar (ya que no somos dueños de los bienes utilizados para inventar, ni de las invenciones), pero si la propiedad privada está demasiado extendida (por ejemplo, porque existe el monopolio sobre las ideas) faltan las oportunidades para imitar y hasta inventar. Si hay demasiada libertad (por ejemplo, para robar o plagiar), no se pueden crear las rentas e inventar no sirve, pero si la libertad es escasa (porque no se puede imitar o no existe libertad de entrada) las rentas no se pueden disipar porque falta la imitación y la competición. Ahí están, entonces, las respuestas fundamentales, que son metodológicas y no preceptivas: son metodológicas porque cuánta libertad/propiedad es «lo justo» no se puede contestar de una vez y para siempre. Depende de las tecnologías y de las culturas, que cambian en el tiempo por efecto del mismo devenir del capitalismo, por efecto de la innovación y de la disipación de rentas. Así que cuánta libertad/propiedad es «lo justo» es también una respuesta que viene, como el capitalismo de Juan Urrutia.

Juan Urrutia y yo compartimos estos principios básicos, y las preguntas que los motivan, hasta tal punto que, con mucha frecuencia, nos aburrimos bastante en nuestras discusiones. Cualquiera que sea el tema, si es de naturaleza económica, al cabo de dos minutos de empezar la conversación nos percatamos de que hemos llegado a las mismas conclusiones, y casi siempre pasando por la misma ruta. Lo cual es, como bien saben todos los tertulianos practicantes, un desastre: sin disparidad de opiniones la discusión es inútil, además de resultar un gran aburrimiento. Lo mismo vale para un colofón o un epílogo a un libro: repetir lo que el autor ya ha escrito en su libro para confirmar que estamos de acuerdo, que lo ha argumentado muy bien y lo explicado aún mejor es bastante aburrido, para el comentarista, para el autor, y sobre todo para los lectores. Establezcamos entonces que comparto el 95% de lo que Juan Urrutia nos cuenta –mejor dicho, desvela– en su nuevo libro. Comparto en particular el análisis y los argumentos de la segunda parte, aun con matices que, siendo de naturaleza bastante técnica, no me parece oportuno abordar en cuatro páginas. Comparto también la previsión de una globalización que, a largo plazo, no hará más que ampliarse, aun en medio de fuertes oscilaciones y hasta de retrocesos como los que podrían llegar pronto, vaticino yo, en Europa. La centralidad del conocimiento, su naturaleza distribuida y compleja, la redefinición de las entidades estatales en base a factores identitarios diferentes de las banderas y de los «estados nacionales», todo ello y muchas cosas más está bien dicho y no solamente es correcto, sino también orgánicamente original. Es decir, cada una de esas cosas ya ha sido mencionada o discutida cientos de veces, pero Juan Urrutia consigue ponerlas en un marco analítico uniforme desvelando los canales subterráneos que las conectan entre sí. Trabajo de teórico muy fino, de hecho, y nos hemos quedado con muy pocos.

Para acabar, intentaré entonces, y coherentemente con mi postura de siempre, discutir algunas tesis que no comparto o que encuentro, al menos, dudosas. Ya que las restricciones de espacio, tiempo y, sobre todo, mi capacidad expresiva en la lengua española limitan la realización de mis ambiciones, me contentaré con discutir solamente uno de los temas controvertidos: la existencia del Homo posteconomicus y la utilidad analítica de dicho concepto. De hecho, esto me permite abordar un tema crucial más general y que considero aplicable al conjunto de este volumen excelente en muchas otras dimensiones: la exageración del tamaño de los cambios que la globalización y las TIC han generado y generarán en el comportamiento económico de los agentes y en el tipo de instrumentos analíticos que hacen falta para entender lo que ocurre y lo que viene.

Dicho de manera sencilla: Juan Urrutia ve venir más cambios y más transformaciones radicales de las que yo percibo y considero probables, o hasta posibles. Juan Urrutia ve un hombre que cambia en sus rasgos fundamentales, mecanismos de mercado que dejan de funcionar y deben ser remplazados por otros mecanismos de naturaleza más colectiva o cooperativa, empresas en las que el papel del capital y de la propiedad «clásica» se desvanece y en las cuales los stakeholders van a tener una centralidad mucho mayor que antes, estados nacionales que desaparecen reemplazados por redes de comunidades más pequeñas pero culturalmente más homogéneas, etc. Para entender todos estos cambios, sugiere Juan Urrutia, los instrumentos analíticos de la ciencia económica tradicional ya no sirven de mucho y tienen que ser reemplazados por instrumentos nuevos. En cierto sentido, coherentemente con una línea de investigación que él ya ha ido siguiendo durante varias décadas, Juan Urrutia sugiere (o mejor dicho, afirma) que nos hace falta desarrollar el pensamiento económico postmoderno. Mi impresión es que no es así, y por dos razones. Por un lado, porque lo que Juan Urrutia (y los demás) llaman el pensamiento postmoderno, o bien no tiene nada de interesante que decir sobre los asuntos de la economía o bien lo que tiene que contarnos ya lo hemos aprendido hace tiempo. Por otro, porque los cambios que Juan Urrutia ve venir, y que yo también veo, me parecen más de tipo cuantitativo que cualitativo. Es decir, que necesitan, para ser interpretados y entendidos, no un paradigma novedoso, sino una refocalización y profundización del paradigma ya existente en sus niveles más altos, olvidándonos de la enorme masa de mediocridades que la explosión de las publicaciones económicas ha producido a lo largo del siglo anterior.

En este aspecto me parece que Juan Urrutia adopta una actitud demasiado fácil y, me temo, que hasta un poco a la moda: la teoría económica presume que los seres humanos son calculadores hiperracionales (en el sentido de la pura racionalidad instrumental) y que maximizan solamente el valor presente esperado de sus beneficios monetarios. Es el Mickey Mouse economics de los libros de texto universitarios más exitosos y de los periodistas de moda. Como Juan Urrutia bien sabe, estos temas y estos enfoques nada tienen que ver con los asuntos que trata la mejor investigación económica y que siempre han preocupado a los grandes economistas, desde el sempiterno Adam Smith hasta nuestro común héroe contemporáneo, Kenneth Arrow. Nunca utilizamos novelas basura, como Da Vinci Coke, para juzgar el estado de la literatura contemporánea, por exitosas que éstas sean. Preferimos, Juan Urrutia seguro y yo con él, mirar hacia obras con menos éxito como el reciente Diario de un mal año, de J. M. Coetzee, para decidir si todavía merece la pena comprar literatura en las librerías del mundo o abandonar para siempre esta mala costumbre. Lo mismo, creo yo, hay que hacer con la teoría económica: mirar las pocas cimas y olvidarse de las muchas mediocridades de moda. Pienso que, al hacerlo, se podría concluir la lectura de este volumen con la comprensión clara de que hay muchas cosas que no entendemos, pero que los instrumentos para entenderlas no están completamente ausentes y que el problema principal está en su utilización atenta e inteligente.

El capitalismo siempre ha estado viniendo y alterándose: generar el cambio es su raison d’être, así que no puede ser de otra manera. Desde siempre, los detalles de los modelos de ayer se han adaptado mal a las realidades nuevas de hoy, y desde siempre ha hecho falta cambiarlos para entender el proceso capitalista de transformación social. Nada nuevo en todo esto: el esquema malthusiano-ricardiano del mundo anterior a 1700, desarrollado en 1800, ya no era apropiado en su tiempo. Tuvimos que cambiarlo y adaptarlo para entender la revolución industrial y el desarrollo de los siglos XIX y XX pero los instrumentos analíticos fundamentales no cambiaron y todavía encontramos en Ricardo (o en Mar­ shall: disipación de rentas) los conceptos básicos que nos hacen falta. En cierto sentido, la teoría económica siempre y solamente puede teorizar sobre el pasado: el futuro es demasiado imprevisible y el presente demasiado complicado para ser medido con la rapidez necesaria del instant-analysis, lo que no impide la presencia de exitosos instant books económicos, ni su éxito comercial. Esto simplemente impide que nos los tomemos en serio: son, y siempre serán, freaks.

Lo mismo me parece el caso, por ejemplo, en la modelización de las redes, esta imagen-símbolo de la economía contemporánea. No hace falta ninguna economía postmoderna para entender el Open Source o la cooperación al estilo wiki, o los fenómenos de productor/consumidor típicos de los sistemas de información digital. Se puede entender todo bastante bien con un poquito de Marshall, un poquito de signalling, complementary goods, y cuanto haga falta de teoría de la producción neoclásica. Las redes de mercaderes existían en 1200 e iban desde Venecia (o Barcelona) hasta China, pasando por Samarcanda y conectándose por vías misteriosas y subterráneas, como hoy. Los idiomas y los conocimientos se infectaban recíprocamente, alterándose y evolucionando, hace mil o dos mil años, lo mismo que hacen hoy a través de la web. Solamente que lo hacían más lentamente, así que el cambio era imperceptible y hacían falta decenios o incluso siglos para ponderarlo. Hoy lo hacen más rápidamente, y el cambio se nos viene encima antes de que seamos capaces de verlo venir: no ha cambiado el modelo, han cambiado los parámetros, Juan, y hay que rehacer la calibración con datos nuevos.

Por esta razón no hace falta redefinir el Homo economicus, inventándonos un Homo posteconomicus, para entender que existen preferencias y las preferencias de los individuos pueden ser múltiples, variadas, altruistas y hasta «irracionales» según los parámetros de la racionalidad instrumental al estilo Mickey Mouse. Desde hace varios decenios la psicología evolutiva o sociobiología como la llaman, nos ha permitido entender la profunda relación que existe entre los mecanismos económicos de competencia y selección y los que gobiernan la evolución animal y humana. La sorpresa ha sido descubrir que conceptos de la «antigua» racionalidad económica resultan tan productivos en conocimientos originales para ámbitos tan ajenos y novedosos. Los tiempos de la evolución humana son demasiado extensos para preocuparnos por el capitalismo que viene. Los hombres, economicus y posteconomicus, son el mismo tipo y existen desde hace muchos siglos. Estaban ahí en tiempos de la transición neolítica y estaban ahí, tal cual, en tiempos de la revolución industrial. Están todavía aquí ahora, en los tiempos de la transición digital y de las biotecnologías. Si estas últimas no provocan desastres imprevisibles, y sin duda desechables, estarán aquí durante algún tiempo más.

Mientras existan capitalismo y competencia, el Homo economicus, y el posteconomicus, seguirán haciendo lo que siempre les ha gustado mucho hacer a todos los hombres libres: generar rentas para disiparlas.

Michele Boldrin

Presentación

El capitalismo es un sistema económico entre otros concebibles o históricamente observados. Como tal sistema económico específico está basado en la propiedad privada y en la libertad. La propiedad privada de los medios de producción es un signo distintivo presumiblemente esencial sin el cual no se podría resolver en principio el problema general de incentivos en un mundo presidido por la escasez, tal como ha puesto de manifiesto la discusión sobre el llamado socialismo de mercado y tal como lo experimentamos personalmente cuando no podemos apropiarnos del fruto de nuestro trabajo. En cuanto a la libertad, el capitalismo debe llevar a la práctica la libertad de empresa, la libertad de elección del consumidor y la libertad para crear mercados. Si en estas condiciones de libertad los bienes son conocidos en todos sus detalles, la tecnología no varía, y el número y la naturaleza de los bienes existentes no cambia, de forma que los mercados abiertos son siempre los mismos, la propiedad privada basta y sobra para que el capitalismo ponga en práctica la producción «correcta» y una asignación «óptima». Si esto no es así, y ciertamente no lo es, el sistema capitalista evoluciona de manera más o menos cíclica, la propiedad privada no basta para que su funcionamiento productivo y asignativo sea el «adecuado» y tenemos que pensar en su regulación, pero no necesariamente por el Estado, aunque éste sea la institución en la que primero pensamos cuando se trata de regular.

El objetivo general de El capitalismo que viene es explorar el impacto que sobre el comportamiento del Homo economicus, sobre las instituciones básicas del sistema (propiedad privada, empresa, mercado y Estado) y sobre su funcionamiento general vayan a tener la globalización, la importancia creciente del conocimiento y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Esta exploración estará basada, además de en la observación de los evidentes cambios registrados, en la exploración de enfoques teóricos novedosos derivados de las revisiones e interpretaciones alternativas del modelo estándar de asignación de recursos, representado por el modelo de equilibrio general de Arrow/Debreu.

Estos enfoques teóricos novedosos están relacionados con la Economía de la Información, la Revolución de las Expectativas, la teoría de Incentivos, la teoría del Óptimo Subsidiario y con los planteamientos evolutivos y de dinámica social. Sin estos últi­mos en efecto es difícil llegar a apreciar la mayoría de las instituciones sociopolíticas que enmarcan hoy el sistema económico capitalista, pero no bastan. La formación de expectativas y la adaptación de las creencias de formas más o menos racionales con­ dicionan sin lugar a dudas el comportamiento de los agentes económicos de la misma forma que lo hacen la información existente, su asimetría o su relativa difusión. Y las dificultades informacionales, así como en general los problemas de incentivos que condicionan el comportamiento, pueden llegar a representar unas limitaciones que eliminan la posibilidad real de alcanzar un optimum optimorum, obligando a contentarse con un óptimo de segundo orden.

De manera muy general se describen a continuación las cuatro partes en que se presenta el serial.

La parte I se dedica al Homo posteconomicus. Las TIC hacen del agente individual algo muy distinto, en la teoría y en la práctica, de lo que creíamos entender y modelábamos hasta hace poco. Lo imaginábamos, en efecto, como un ser dotado de racionalidad funcional, pero hoy sabemos que hay otras formas de ser racional que llevan a decisiones poco corrientes, y que fenómenos como la identidad o el altruismo pueden explicar algunos hechos sorprendentes. En la práctica, el agente individual ya no puede considerarse como alguien sin poder que se adapta pasivamente a las condiciones del mercado. Como consumidor relacionado con otros a través de redes más o menos activas, puede influir a través del efecto-red en la configuración de hábitos de consumo extendidos (estilos de vida) de enorme importancia para las decisiones de producción del sistema. El agente individual también puede conformarse a sí mismo como un verdadero productor (autónomo) o un pequeño banquero de inversiones, todo ello debido a la disponibilidad de información.

La parte II se dedica a relativizar algunas ideas tradicionales a la luz de las TIC y de la emergencia de la sociedad del conocimiento. El capitalismo no puede defenderse o explicarse hoy, como se hacía hace años, en base a unos resultados analíticos determinados, tal como pretendía hacer la Economía Neoclásica a partir de los teo­ remas del bienestar, o en base a las ideas relacionadas con la ca­ pacidad creativa del empresario o con la potencia epistémica del mercado que caracterizan a la tradición austriaca. Entender hoy el capitalismo requiere un esfuerzo más sutil. Por un lado hay que mezclar ambas tradiciones en un entorno con problemas de información y con restricciones adicionales correspondientes a incentivos mínimos o a condicionamientos epistémicos. Por otro lado hay que integrar en esa manera de pensar la emergencia y la desaparición de empresas y de bienes, la extensión de estos últimos hasta nociones como, por ejemplo, estilos de vida y la organización en red de los agentes económicos. Y si las TIC y la disponibilidad de conocimiento nos llevan hacia un mundo así es necesario reflexionar en dos direcciones novedosas. El sistema de libre mercado quizá puede autorregularse de forma que la propiedad privada empiece a bastar por sí sola sin necesidad de apelar el Estado para garantizarla. Por otro lado, lo que constituye una posibilidad inquietante, y aparentemente contradictoria con el carácter esencial de la propiedad privada, es la posibilidad de que dicha propiedad privada sea sustituida en ciertas circunstancias por el acceso y de que no deba ser protegida con exceso de celo en otras circunstancias.

La parte III explica como el mercado, la empresa y el Estado cambiarán de fisonomía. En esta parte hay muchas direcciones que explorar. La empresa, ante la posibilidad de no controlar a sus empleados y ante la volatilidad de su demanda y de su estructura de capital, quizá tendrá que prestar mucha más atención al capital social y a los stakeholders. Es también previsible que el mercado sea mucho más volátil, no sólo el mercado de valores, sino el de cualquier bien. Y el Estado habrá de ser repensado. Por un lado hay fuerzas que le llevarían a desaparecer detrás de un conjunto de agencias reguladoras independientes, pero por otro lado no está claro que no vaya a recuperar protagonismo ante muchos fallos de mercado de naturaleza novedosa.

En la parte IV se prestará atención a los aspectos macro­ económicos del capitalismo que viene. Todas las modificaciones estudiadas en las partes anteriores y puestas en el contexto de la globalización acabarán renovando la problemática macroeconómica. Habrá que examinar la posibilidad de que el problema del desarrollo se empiece a solucionar a través del comportamiento empresarial, ya que los países subdesarrollados acabarán siendo la salida estratégica obvia. Las instituciones internacionales y las nacionales se pondrán en juego y su pervivencia tendrá que examinarse a la luz de ideas evolutivas. Tal como se verá, hay hoy razones para esperar que se acabe la tensión entre reglas y discrecionalidad en el comportamiento de la Política Económica. Y aca­ baremos discutiendo la naturaleza humanística del capitalismo. Un epílogo, dedicado a estudiar especialmente cómo las llamadas rentas se disipan en este capitalismo que viene, así como otros temas colaterales, cerrará El capitalismo que viene.

El mensaje subliminal que se desprenderá del conjunto de estas cuatro partes es que el capitalismo y el conservadurismo son incompatibles. Esta tensión entre uno y otro generará a su vez un movimiento oscilante que quizá hoy bascule hacia la responsabilidad social, hacia la compatibilización de la creatividad como fuente de cambio con la seguridad necesaria para su emergencia y ejercicio y, posiblemente, hacia la relativización de la no discrecionalidad del Estado.

Los agradecimientos son demasiados numerosos. Baste con mencionar a Toni Espasa, que me abrió las puertas del BIAM, a Michele y a Guillermo por su generosidad, a todos los «indianos» y a quienes me ayudaron con la composición de este puzle, de Mirandiki a DT.

Juan Urrutia Elejalde

Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico

El Correo de las Indias es el blog colectivo de los socios del
Grupo Cooperativo de las Indias
Gran Vía 48 - 48011 - Bilbao
F-83409656 (SIE) ~ F-85220861 (EAC) ~ F-95712659 (E) ~ G-84082569 (BIE)