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El estado de la descomposición en Europa Sur

La evolución y el desarrollo de la descomposición en el área mediterránea europea se manifiestan no sólo en lo económico sino sobre todo en lo cultural y político, haciendo cada vez más difícil la construcción de entornos de libertades y bienestar para la comunidad.

La descomposición es el elemento dominante en nuestra época. Crece hoy a ojos vista sobre todo en los «países centrales» y en los «periféricos» que tenían élites político-empresariales para las que mantener sus viejos privilegios suponía supeditar la apertura de los mercados a las relaciones previamente existentes con los sectores del «capitalismo de amigotes» de los países centrales. México -véase tan sólo el ejemplo del ACTA-, Angola e incluso Venezuela -donde la relación se estatalizó, apartando a las viejas clases privilegiadas, pero se mantuvo en lo esencial- son ejemplos de esto último. En sentido contrario, Brasil o China, parecen excepciones precisamente porque la dirección política de sus élites ha encontrado modelos que, sin poner en cuestión al grueso de las viejas élites dominantes, consiguen insertar en el mercado a buena parte de las clases populares sobre un equilibrio basado en la apertura de su producción al mercado global.

Sin embargo, encaramados en el estado, los viejos sistemas proteccionistas y clientelares, se muestran incapaces de mostrar un futuro para buena parte de sus propios beneficiarios: monopolios legales como los basados en la llamada propiedad intelectual e incluso sectores sociales enteros dependientes de redistribuciones de rentas a través de regulaciones y políticas estatales, ven cada vez más difícil matener su estatus y se revuelven. Son revueltas inanes marcadas por la misma lógica de la descomposición en las que se reclama «ir para atrás», «volver» a los viejos contratos sociales, pero en las que sobre todo se reproduce un pesimismo característico.

Porque la consecuencia cultural central de la descomposición es la desaparición de «el futuro» como movilizador social. Si las grandes movilizaciones de los 60 y 70 en Europa y América Latoc se identificaban sobre un nebuloso «socialismo» que pretendía reafirmar y extender el contrato social a nuevas capas, movimientos como el griego contra el «rescate europeo» de las cuentas públicas o el 15M madrileño no ofrecen un cuadro de conjunto como objetivo, no muestran un «lugar de llegada», no planten un «sistema» alternativo. Reflejan así la propia incapacidad de los sistemas nacionales y clientelares para dotarse de una perspectiva hacia delante en la historia.

Este pesimismo de fondo se manifiesta en la cotidianidad más allá de un «sálvese quien pueda» generalizado. La perdida de toda confianza en el futuro erosiona hasta los límites el valor de la palabra, el sentido de construir, la ética del esfuerzo, el valor de la perseverancia y el conocimiento para el propio desarrollo personal. La responsabilidad individual desaparece como valor y resulta aceptable socialmente, incluso conveniente, presentarse como víctima, como «afectado» que requiere una intervención estatal, antes que plantear alternativas o asumir los propios compromisos. Así, se vindica abiertamente socializar los costes de cada cual como nueva utopía progresista. Utopía que en la práctica no puede desarrollarse sino mediante nuevas transferencias de rentas que cubran el coste de las decisiones personales o empresariales de los hasta ahora beneficiados por el estado de cosas ya insostenible ante la presión de la crisis económica.

La cultura de la descomposición es, no podía ser de otra manera, una mezcla a partes iguales de «sálvese quien pueda» y banalidad que reproduce identidades cada vez más infantilizadas y dependientes del paternalismo estatal. Es decir, identidades que aumentan los fundamentos mismos de la descomposición extendiéndola por todas las facetas de la vida social.

En este sentido el «Movimiento del 15M» en España representa un verdadero arquetipo y un aviso de lo porvenir en Europa. Un debate social que parte de la nada, sin discusión ni objetivos previos pero que exige un aplauso por el hecho de «moverse», que se contenta en «acampar» no como fruto de una deliberación social previa sino como expresión de una «indignación» que no es sino un gran «no me gusta» que no sabe ir más allá porque es incapaz de construir su propia pirámide del compromiso desde el momento en que ni siquiera sabe definir su demos. Pero sin definirse, sin asumir costes, no hay comunidad, ni contexto, ni por tanto conocimiento y por tanto el resultado no puede ser otro que la toma de la dirección intelectual por los medios (la única estructura social que genera un significado para el movimiento capaz de llegar a todos sus adherentes). En este sentido, el efecto global del 15M es tan negativo o más que la locura y la crispación política que siguió al 14M en 2004 y lo único que en principio sería positivo -la difuminación de toda representación organizada de la alteridad en movimiento público- no hace, en realidad, sino reforzar la lógica de pantano y el discurso de la dependencia estatal.

Porque el desarrollo del autoritarismo estatal no ha menguado un ápice. Al contrario. Sin salir de España, el mismo debate público que mima las insustancialidades del 15M presentándolas como el «renacer de la democracia», plantea como un consenso general sin reparo alguno la ilegalización del partido que ganó las elecciones en Euskadi mientras -y no parece casualidad- vemos a dos exministros del Interior compitiendo por la presidencia del gobierno. Lejos de poner en cuestión las rentas de la propiedad intelectual y sus consecuencias socioeconómicas, la nueva legislación que equipara el enlace a copias ilegales al terrorismo se refuerza politicamente mediante la más contundente puesta en cuestión de la gestión interna de las rentas entre sus privilegiados.

Balance

No por haberlo predicho con claridad el marco actual resulta más llevadero. Junto con el desarrollo de la crisis, que es ante todo una crisis del «capitalismo de amigotes», hemos visto y veremos no la emergencia de movimientos hacia una sociedad más libre, inclusiva en el mercado y abierta a la diferencia sino la vuelta de las ideologías más reaccionarias, el autoritarismo disciplinario más descarnado y la reafirmación nacionalista e identitarista de los estados hasta el punto de poner en cuestión y retroceder en las pocas libertades extra que históricamente supuso la «construcción europea». En los ámbitos más cercanos la cultura de la descomposición no se manifiesta con menos virulencia: el impacto del 15M, su definición como alteridad, incluso la insistencia por ligarlo a nuestros propios planteamientos, reafirma el carácter empobrecedor de una conversación social marcada por la banalidad y la pérdida del valor de la palabra, la responsabilidad y el esfuerzo personal.

Y sin embargo, este marco aún puede tornarse más pantanoso con la evolución de la crisis, reduciendo todo el debate público a la discusión de la arquitectura de las rentas estatales y proyectando hacia el mercado la devaluación de los compromisos. No es difícil imaginar un contexto en el que la dirección de las empresas sea tomada por el cortoplacismo y el «sálvese quién pueda» de unos equipos directivos que descreen ya tanto del futuro de las organizaciones que dirigen como de su propia seguridad profesional.

La península ibérica casi en su totalidad, Europa Sur en un sentido más amplio, se están convirtiendo en lugares adversos para cualquier lógica de construcción de bienestar y comunidad a largo plazo. Y precisamente por eso, el proyecto indiano, debe reafirmarse en esta región geográfico-política buscando los entornos de mercado y sociales menos marcados hoy por la descomposición, ofreciendo una referencia a contracorriente que sepa alimentar y alimentarse de los nuevos espacios que debemos aprender todavía a desarrollar en nuevos lugares. Se trata, seguramente, de redefinir los puntos para poder unirlos generando el significado que perseguimos ganando y no perdiendo plausibilidad. Si queremos construir un entorno transnacional, basado en la democracia económica y el desarrollo de las libertades personales y la cohesión del entorno, nuestro centro, más que nunca, ha de afirmarse fuera del debate de los estados, debate que resulta hoy más nacional -y por tanto más descompuesto- que nunca.

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