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El futuro de la Energía y los santos de los últimos días del petróleo

Los increibles orígenes ideológicos del catastrofismo energético o como construir una Iglesia cuando uno se pretende think tank.

AERENViernes 27 de enero, conferencia en Santa Cruz de la Palma de Pedro Prieto, vicepresidente de AEREN. Modera Fernando Bullón -a la derecha en la foto- ideólogo de la asociación y que trabaja como meteorólogo del aeropuerto. Amplio apoyo institucional y político materializado en los patrocinadores -Cabildo, Caja de Ahorros y Viajes Insular- y en los otros tres invitados al coloquio: José Izquierdo, Mauro Fernández y Juan Pedro Sánchez Rodríguez, Director General de Industria del Gobierno autónomo que se cae de cartel a última hora y es sustituido por José Ignacio Gafo, el coordinador del nuevo plan energético canario. Todo en el marco de una gira por el archipiélago en la que los padrinos han sido, isla a isla, del mismo nivel.

Resumiendo, uno esperaría, con tamaños apoyos, un mensaje bien estructurado y ponderado, con ideas y alternativas aplicables, con proyección política y directrices de acción. Sin embargo, el mensaje es el mismo que había entrevisto en otras presentaciones similares de Pedro Prieto. Es claro y más radical aún que lo que había criticado en su día a Marcel Coderch, la posición de AEREN es sencilla: la extraccion de petróleo en un lapso máximo de cinco a diez años no será suficiente para abastecer la demanda, las energías alternativas no podrán sustituirlo y tendremos que reducir el consumo per capita por debajo de 500W. Volveremos al consumo energético del principio de la Revolución Industrial. Lo más sorprendente: más de la mitad de la presentación está destinada a “probar” que no existen alternativas al petróleo, que no cabe hacer nada, el ocaso del petróleo lo será también de las sociedades industriales y postindustriales.

Tras escuchar no pude evitar la sorpresa. Según AEREN todo se reduce a disminuir el consumo progresivamente… para acostumbrarse a una vuelta atrás histórica de consecuencias tristísimas: todas las de la depauperación global que vendría pareja a la pura y simple ausencia total de fuentes energéticas. No se asusten, la selección de gráficas y la manera de leerlas era bastante sesgada, tanto como para invalidar científicamente las conclusiones. Tanto que el comentario que no pude evitar hacerle a Pedro Prieto es que me parecía tan mal economista como tecnólogo. Pero supongo que en realidad no iba de éso. No iba, desde luego de conocimiento científico ni de previsión socioeconómica. Iba de necesidades que poco tenían que ver con las que nos preocupan y mueven a los economistas, sino más bien con las que suelen relacionarse con la fe. Aunque eso es difícil transmitirlo sin hablar antes del público asistente.

Los orígenes ideológicos del catastrofismo verde

De hecho y aunque seguramente ni ellos mismos las conozcan, es necesario conocer sus genealogías ideológicas y los orígenes de los términos y conceptos que utilizaban para entender una ceremonia como la del otro día, en la que el público sobrealimentado y mantenido a base de subvenciones europeas a la producción agrícola, quería creer y deseaba fervientemente que una catástrofe de abastecimiento acabara con el orden industrial, haciendo imposible incluso la llegada a la isla de aviones… y de turistas procedentes de Alemania, como buena parte de ellos mismos.

En los años sesenta una parte de la juventud europea de buena familia descubrió la izquierda radical. Tras fracasar una y otra vez a la hora de convencer a los obreros de que necesitaban un partido revolucionario y que jústamente era el de ellos y no el de los de al lado, la pregunta que se impuso era la que años antes, en la revista Socialismo o Barbarie, se habían formulado Bordieu y Castoriadis: ¿Por qué el proletariado no es ya revolucionario? ¿Por qué no nos hace ni puñetero caso cuando es tan evidente que la necesidad histórica le llama a seguirnos?

La respuesta de Castoriadis y sobre todo de Bordieu, seguida luego por su situacionista discípulo Debord, será intelectualmente muy elaborada: el capitalismo habría entrado en una nueva fase donde lo determinante del orden social, incluido el control y la generación de identidades, se realizaría no en la relación directa entre capital y trabajo, en la producción, sino en el sistema mismo de reproducción de la fuerza de trabajo, el consumo, donde se concentrarían las nuevas contradicciones del sistema. Más que capitalismo, tendríamos que llamar pues al nuevo modo de producción/reproducción social, consumismo, nos aseguraban. Como se pueden imaginar y prefiero ahorrarme, las vulgarizaciones necesarias para pasar de tal definición de consumismo al lugar común de raices cristianas y culpa que es hoy, no fueron ni pocas ni tan elaboradas.

Pero si bien es cierto que en el batiburrillo ideológico de la izquierda setentera las fuentes cristianas eran pan nuestro de cada día, el elemento clave vendría del Norte. Respondiendo a la misma y profundísima pregunta -¿Por qué no nos hacen ni puñetero caso los obreros?- unas cuantas lumbreras alemanas y holandesas responderán: porque la “contradicción fundamental” del capitalismo ya no se da entre capital y trabajo, como describió Marx, sino entre capital y recursos naturales. El enemigo no sería ya el capitalismo sino el industrialismo y el horizonte de una revolución mundial sería sustituido por el de una catastrofe ecológica global. Ese es el marco ideológico del nacimiento de die Grünen.

Pero la sustitución de la clase obrera por la Naturaleza sobre un viejo armazón de origen marxista no puede pasar sin consecuencias, más bien retrotrae buena parte de las actitudes a las categorías de la moral protestante y a la culpa: el consumismo no será ya el complejo sistema de Bordieu, ni el opio del proletariado de Debord, sino un pecado que destruye los impecables dones recibidos. El proletariado otrora deificado, luego culpabilizado, pasará finalmente a ser estigmatizado como complice beneficiado del deicidio industrialista.

El modelo ideológico final del movimiento verde centroeuropeo, que dará forma al ecologismo político global, culmina el salto teórico para volver -sin ahorrar elementos kamp de los tiempos hippies- hacia las viejas herejías medievales. La alternativa al industrialismo y la globalización se prefigura desde el relato idílico y tecnófobo de un edén comunal agrario, antiurbano y autosuficiente, en el que el impacto y por tanto la relación entre Humanidad y Naturaleza se minimizan. La utopía del ecologismo político es un mundo inmovil en estado estacionario, que ha vuelto a los primeros tiempos de la máquina de vapor. La puerta al nuevo Edén será una catástrofe global desde la crisis del 73 asociada al consumo energético. Una catástrofe que vendrá vestida conceptualmente bajo un esquema similar al de la segunda venida cristiana o la revolución marxista: irremisible, arrasadora y provisoria.

Conclusiones

Este sustrato ideológico es, de verdad, lo único que me permite entender el verdadero fenómeno social a analizar en estos actos de AEREN: la voluntad de creer. Personalmente creo patológico el deseo apenas matizado de la inminencia insalvable de una catástrofe energética que asole el mundo. Deseo que no es sino expresión de una “voluntad de castigo” que se hace explícita cuando el ponente insiste una y otra vez en el “todos somos culpables”. Culpables de qué, preguntábamos. De “consumismo”, respondían público y ponentes.

Y “consumismo” quería decir apenas nada: pecado de transformar el mundo, de usar la Naturaleza para conseguir bienestar. Vuelta al pecado original, porque ser humano es jústamente eso, transformar la Naturaleza. Vuelta a la penitencia y el castigo divino ahora descrito como un mundo sin aviones, sin fertilizantes, con un consumo exógeno de energía inferior a 400 watios. Vuelta a las herejías medievales. Discutir el cenit del petróleo no es esto, señores de AEREN. Por ese camino no construirán un think-tank útil a la sociedad, sino una Iglesia neoEvangélica. Serán, eso sí, los subvencionados Santos de los últimos días del petróleo y como todos los profetas del fin del mundo tendrán que cambiar cada año sus proyecciones, rearmar gráficas e interpretaciones hasta que pierdan todo sentido y credibilidad. Si es que a estas alturas tienen, todavía, alguna.

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