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El PCC y la vuelta de la guerra privada

La espiral de violencia que vive Sao Paulo en estos días revela un escenario característico de las grandes crisis históricas: una descomposición generalizada de las relaciones sociales en las que el estado ya no aparece sino como una banda más.

Más cerca de una filé negra que de una mafia tradicional, con habilidades políticas como para seducir a la izquierda argentina en el poder con hipócritas discursos pobristas un día, y al siguiente negociar el «acarreo» de votos desde las fabelas con el oficialismo y la socialdemocracia brasileña, con una indudable potencia de fuego que le permitió ya en 2006 asaltar simultáneamente las comisarías paulistas, el Primeiro Comando da Capital es mucho más que un problema de seguridad, es uno de los protagonistas más representativos de la descomposición a nivel global. Un Olimpo que está ya al mismo nivel de la Familia Michoacana, Al Qaeda o Hizbullah.

Por eso interpretar las batallas campales de estos días en las calles de SP como mera expresión de venganza, se queda muy corto. El PCC es hace tiempo un cuerpo político. Repasemos las bases de la actual escalada:

En mayo pasado una emboscada de la ROTA -un famoso comando de la Policía Militar- acaba en la muerte de seis miembros del PCC en una gasolinera. Un testigo llamó a la propia policía denunciando un asesinato a sangre fría. Se rescatan las grabaciones de las cámaras de seguridad de la autovía y 9 miembros de la ROTA de los 26 que participaron en la acción son detenidos. El PCC reacciona ordenando un «toque de recolher» (un paro armado) en el barrio de uno de sus caídos. La decisión y la acción, que va acompañada de los primeros asesinatos de PMs y familiares, pertenecen a los grupos de base del PCC en los barrios. Pero el PCC tiene mucho de netocracia que se comunica a través de la acción. Otros grupos armados de base se unen a la campaña espontáneamente. Si antes de la matanza en la autopista, el recuento de PMs caídos por acciones del PCC durante todo el año no llegaba a la treintena, entre el 29 de mayo y el 4 de noviembre caen 61.

Al parecer los líderes históricos del PCC, desde la cárcel, advierten del peligro de una radicalización de los enfrentamientos tanto para los negocios como para la estructura de bienestar social del grupo. Pero las bases piensan en otros términos y la estructura del grupo es cada vez más distribuida. Además, tras la «limpieza» de las fabelas de Río, están recibiendo «refugiados» del Comando Vermelho y otras organizaciones de la antigua capital. La sensación de que Sao Paulo va a conocer una guerra similar se extiende. Estado y gobierno federal ultiman la creación de un servicio de inteligencia y las madres de mayo (familiares de víctimas civiles de los abusos de la PM) advierten de que la «fracción belicosa» de los cuerpos de seguridad está preparando un contraataque. El diario «O Globo», uno de los más prestigiosos de Brasil, denuncia que el móvil de la PM es quedarse con el mercado de cocaína para si. La violencia escala.

Y sin embargo…

Sin embargo, a nadie pasa inadvertido que, a diferencia de 2006, la presión no afecta ahora al tejido empresarial paulista. El único empresario muerto en estos días, al parecer era parte de la estructura social del grupo. Se trata de una guerra privada. Ambos contendientes, la PM y el PCC, tienen sus propias motivaciones, sus propios móviles económicos y sus propios procesos políticos internos. Es decir, han construido una identidad y un tejido socioeconómico propios que a estas alturas resultan prácticamente impermeable para un estado al que muchos ven ya como una banda más.

No es un fenómeno muy diferente al de las guerras privadas que caracterizaron la descomposición del régimen feudal en su día. Proporcionalmente a la población puede incluso que los enfrentamientos de oñacinos y gamboinos tuvieran una letalidad mayor que las batallas de hoy. Pero también las de hoy se dan en un escenario mucho más amplio. El PCC está creciendo dentro de Brasil, pero también hacia Paraguay, Bolivia… o Portugal. Cada vez más juega como actor transnacional al tiempo que profundiza su raíces en los barrios creando una estructura social prácticamente mutual. Si el PCC crece, si es capaz de plantear y tal vez incluso ganar una guerra privada a la poderosa estructura político-militar brasileña, es porque responde a necesidades propias de centenares de miles de personas. El problema tanto de la «mutualización» de las organizaciones criminales como de la autonomización de los cuerpos de seguridad del estado -alentada muchas veces desde la estructura política- es que en vez de ofrecer un paliativo a la descomposición no hace más que acelerarla.

Es difícil apuntar soluciones. Pero es seguro que con independencia del resultado del actual enfrentamiento armado, cualquier alternativa que vaya más allá de lo sintomático deberá partir de una respuesta concreta a la descomposición, reenfocando las perspectivas cotidianas de los más desfavorecidos sobre lo productivo, asumiendo funciones de cohesión social hasta ahora monopolio del estado y aceptando desde el origen, un ámbito transnacional.

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