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El quincemismo y la deliberación

El único consenso unánime del movimiento quincemista es la necesidad de consensos unánimes… y por tanto su ausencia de programa o simples propuestas. La deliberación se convierte así no en tal, sino en mera expresión de un descontento informe y no argumentado y el «movimiento» en inmovilidad, pero por lo mismo, cínica o miopemente, en incriticable.

Una de las cosas más desesperantes de entablar debates con el quincemismo es la refracción de toda crítica sobre la base de la ausencia de un mínimo programa o propuestas y reivindicaciones concretas. El argumento habitual es que dado el funcionamiento por consenso en asambleas abiertas siempre hay alguien en desacuerdo y el movimiento por tanto no se hace cargo de propuesta alguna. Chocante, pues eso en teoría bastaría para descalificar a un «movimiento» que se imposibilita un lugar a donde ir, que se limita a celebrarse a si mismo. Pero no, al revés, su impotencia para generar propuestas, para dotarse de un objetivo diferente a si mismo, se presenta como su blindaje frente a la crítica.

La cuestión es que al no partirse de origen de un demos, de una comunidad claramente definida, de un sujeto colectivo que participara de una deliberación previa común (como señaló en origen Natalia) el «movimiento» en vez de moverse hacia algún lado, se dedicó a inventarse como espacio deliberativo.

Pero no debemos equivocarnos: Deliberación es plurarquía, no democracia. La deliberación no es un sistema de decisión colectiva sino el proceso mismo de generación de un saber comunitario. Aunque un proceso deliberativo permanente genera muchos consensos y hace más fácil y compartidas las decisiones sobre la escasez, la deliberación atiende a la lógica de la abundancia y produce diversidad, no homogeneidad. Es decir se delibera en común sobre todo, sobre cualquier cosa sin esperanza ni necesidad de consenso sobre la mayoría de ellas.

(Indianopedia, entrada «deliberación»)

La cuestión es que si el demos, si quién forma la comunidad y por tanto se compromete con su conversación, sigue sin definir, si no hay un nosotros y las asambleas son abiertas (puede ir y expresar acuerdo o desacuerdo cualquiera) o se genera un participacionismo de libro (donde decide a las finales en nombre de todos una oligarquía participativa) o siendo imposible generar unanimidad en una asamblea abierta, se elimina la posibilidad de tener una sola propuesta «del movimiento».

El resultado es la inmovilidad del movimiento paralela a su sacralización. Este es el argumento corriente: el movimiento sería incriticable precisamente porque no se mueve, porque no tiene ni acepta propuesta alguna de sus propios miembros. Si algo no nos gusta no se nos ocurra criticar al movimiento porque seguro que habrá alguien en contra en el propio movimiento, nos dicen. Cuesta saber si es miopía o puro cinismo.

Obviamente esto reduce al quincemismo de movimiento (que va a algún lado) a mera «expresión» de un descontento genérico que a cada cual le vendrá por una cosa y propondrá -infructuosamente dado que la unanimidad sin identidad es imposible- solucionar a su manera.

Este «expresionismo», hijo de la cultura de la adhesión, del «me gusta» de facebook y los libros de cromos no es sino la expresión del único consenso básico del movimiento: la irresponsabilidad. La deliberación sin definición de demos no puede generar ningún consenso pero tampoco decidir, porque decidir democráticamente una plataforma exigiría un compromiso previo de aceptación del resultado por los minoritarios. El resultado es un movimiento que no se hace cargo de las propuestas de sus miembros y unos miembros contentos con que el movimiento no se mueva por carecer de decisión unánime hacia donde ir dado que eso les permite seguir en la fiesta de un «me gusta»/«no me gusta» sin tener que asumir compromiso alguno.

Así el 15M se convierte en una marca que permite a todos «expresar» sin comprometerse y a algunos vestirse de algo mediaticamente aceptado para presentar socialmente lo de siempre sin mayores responsabilidades. Por eso más de un portavoz de la acampada de Sol definía el 15M ante los medios como una «emoción» sin miedo de parecer más pajarú que otra cosa. Por eso el «movimiento» ni genera cambio alguno -porque no propone nada- ni acaba -porque no exige compromiso a nadie más allá de su incriticabilidad.

A partir de ahí los mismos que argumentan su incriticabilidad sólo defienden que el quincemismo debe ser apoyado porque «mueve gente», cuando en realidad, la inmoviliza en la imposibilidad de llegar a un programa unánime y la limita al expresionismo, exigiéndonos un «me gusta» tan esteril como el de un libro de cromos.

Por eso el quincemismo es una expresión de la descomposición no sólo en las reivindicaciones que expresan sus miembros mayoritariamente aunque no hagan cargo de ellas al movimiento, sino en sus formas mismas: deliberación reducida a simple expresión de un descontento genérico que transmite pero también multiplica impotencia.

Como decíamos en la entrada para cultura de la adhesión de la Indianopedia:

El debate sobre los libros de cromos trata por tanto un problema fundamentalmente político-cultural y no de una mera evolución tecnológica, a fin de cuentas, «tras toda arquitectura informacional se esconde una estructura de poder».

«El quincemismo y la deliberación» recibió 0 y 0, de los cuales desde que se publicó el 08/07/2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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