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El valor del trabajo

La pretendida puesta en valor de la infelicidad y la presunta necesidad de orden externo, disciplinario, se sostienen mutuamente en los relatos hegemónicos de la ética del trabajo. Son relatos perversos que si se mantienen es porque en realidad hacen culto de la irresponsabilidad.

Varmeer, el geógrafoNo deja de ser sorprendente cómo nuestra cultura está marcada por mitos, por relatos que sirven para recrear una y otra vez un sistema de valores… incluso con independencia de su funcionalidad. El relato fundacional del cristianismo, la religión que ha dado forma a buena parte de nuestro sustrato cultural, es el de la pasión y muerte de Jesús. Todos lo conocemos. El sufrimiento de la tortura en la cruz es la medida del compromiso, de la entrega del hijo de Dios con los humanos. Es increíble hasta qué punto este relato es generador de valores en la vida cotidiana, especialmente en la relación con el trabajo.

Pero ¿puede medir el sufrimiento, el compromiso, la entrega e incluso el valor del trabajo? Evidentemente no. Es el drama de Carrie, la analista de la CIA en la primera temporada de «Homeland». El trabajo que se vive como una angustia permanente, como un martirio solo puede esterilizar, enloquecer, aislar. Así que al relato del trabajo/sufrimiento se le superponen otros dos relatos de origen también religioso: el esfuerzo católico y el éxito calvinista.

Como contaba Juan Urrutia en un post este mismo año, ése esfuerzo -tan ligado a la idea clásica y marxista del valor-trabajo- está ligado a la idea de la rutinización, de la reducción a la ejecución de un procedimiento tan típica del mundo industrial en una época y de sus excesos de escala hoy. No sólo expulsa al talento, también limita la responsabilidad al cumplimiento de un ritual y desdibuja el mérito.

Es otro relato religioso, el calvinista del éxito y la predeterminación, el que intentará romper esta incómoda madeja. Según él no hay que preocuparse del cómo ni del por qué, que a las finales dependerían de una voluntad mayor e incomprensible, no hay que tomar en cuenta más que el resultado, el resultado -como los precios en teoría económica- es un resultado objetivo y fiable de algo cuyos detalles nos perderían. Es el famoso pragmatismo de la cultura protestante. Aparentemente liberador, pero sobre todo desresponsabilizador. El para qué, el juicio sobre el cómo, no aparece por ningún lado. El trabajo no es generador de sentido en este relato si no es volviendo, como recuerda Pekka Himanen, a la idea de penitencia, del trabajo como un tiempo separado del tiempo de vida, del disfrute. La ética del éxito, el discurso recurrente de la literatura del management, necesita conciliación pues divide a la persona, a lo que hace, y a su comunidad comenzando por su familia, en dos.

¿Pero hay alternativa?

Lo que une los distintos relatos del valor del trabajo es que con tal de eliminar la responsabilidad personal en alguna de sus dimensiones, son capaces de triturar la vida del que los acepta: Valorar el trabajo por el sufrimiento nos enloquecería, valorarlo por el esfuerzo nos empobrecería hasta la mediocridad y hacerlo por el éxito nos alienaría.

Solo eso que llamamos ética hacker, la idea de que el trabajo vale tanto como el conocimiento que aporta al que lo hace y a los demás, rompe la perversión moral de todos estos discursos. Estaríamos además en las antípodas de la ética del artesano según Richard Sennet: el placer, la autovaloración, no nace de la repetición, sino de hacerla innecesaria. Como dice Erick S. Raymond, una de las características del hacker es pensar que «ningún problema debería resolverse dos veces»… por eso, entre otras cosas, libera su conocimiento al comunal aún antes de tenerlo pulido.

¿Qué significa para nosotros ser responsable?

En nuestra ética del trabajo, ser responsable no es asumir el dolor como un mandato inevitable, vencer la resistencia natural a un trabajo mediocre ni mucho menos estar dispuesto a todo sin mirar las consecuencias sobre los demás. Ser responsable es aceptar el propio talento y supeditar a él un esfuerzo siempre diferente.

¿Por qué siempre diferente? Porque el conocimiento existe solo en comunidad. Valorar el trabajo por el conocimiento que genera significa que existe antes una comunidad para que se desarrolle y que esa misma comunidad u otras, se platean un problema. No hay conocimiento sin un quién y un para quíén y al menos la primera de las dos debe poder responderse con un «nosotros».

En realidad, en la ética hacker, en nuestra ética del trabajo, no existe trabajo individual, el trabajo es personal, solo puede tener sentido en relación a los contextos y valores de una comunidad. Un trabajo es un talento personal en marcha en el marco de unos contextos comunes que los hace crecer respondiendo necesidades con respuestas. Un trabajo es tanto mejor, está tanto mejor hecho, cuanto más nos permita conocer de modo efectivo, es decir si amplia no sólo nuestro saber sino el contexto común de la comunidad y por tanto al tiempo que ensancha nuestro horizonte sirve a nuestro entorno.

Por eso será siempre diferente, porque cada vez las preguntas serán diferentes y diferentes los procedimientos para alcanzarlas, si hay algún tipo de esfuerzo que tiene sentido en el trabajo es el de inventar a cada nueva pregunta un procedimiento, un camino, que facilite a nuestro talento trabajar para resolverlo.

Por eso todo trabajo responsable, ético, es un trabajo creativo. Y por lo mismo está tan alejado del sufrimiento, del esfuerzo convertido en rutina, en procedimiento estable, como de la locura individualista del éxito que representa al proyecto como una mera superposición de trabajos para objetivos concretos que, hábilmente dirigidos a través de una jerarquía organizadora, conseguirían un resultado común.

Pero bueno, nuestros habituales dirán que eso ya lo sabíamos, el discurso que reclama la imposición de un orden externo, el discurso que mide el trabajo por la infelicidad que genera, no solo es alienante, destructivo para cada uno, es, ante todo, irresponsable… por eso, todavía muchos se aferran a él. Pero hoy no solo hemos pasado a vuelo de pájaro por los mitos que los sostienen, hemos dado un paso para entender cómo se sostienen mutuamente la pretendida puesta en valor de la infelicidad y la presunta necesidad de orden externo, disciplinario.

Y un consejo personal, si sienten su trabajo así, si sienten que su trabajo vale tanto como el sufrimiento que les causa y que la única manera de aliviarlo sería tener procedimientos más rutinarios y un orden vertical más claro, si les parece perturbador ese caos autoorganizado del que habla Koldo… ¡¡Paren!! ¡¡Reflexionen!! La infelicidad no es el camino… y la irresponsabilidad aún menos… al menos para trabajar en el ner, en las Indias y creo yo que en cada vez en más comunidades.

«El valor del trabajo» recibió 1 y desde que se publicó el 20 de noviembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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  1. El artesano arriesgado - CoLabores

    […] del trabajo como actividad que proporciona felicidad contrasta con la visión del trabajo como un sufrimiento o una carga. Y no sólo del trabajo mecánico, el paradigma del artista torturado por su arte también es […]

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