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Entender no es un derecho, es una responsabilidad

Bajo la ética del no esfuerzo intelectual, bajo las bondades del no aprender, del supuesto derecho a que te den todo mascado y contadito linealmente, sin información extra, se esconde un verdadero programa de fractura social.

451Durante muchos años escuchamos aquello de que «hay que diseñarlo para que lo pueda usar mi madre», que en otros casos se tornaba en «contarlo para que mi abuela lo entienda». Recuerdo que bromeábamos lamentando, tras las reuniones, la extraña relación entre ser inversor y tener serios problemas cognitivos por línea materna. No hay que afearles -solo- el evidente machismo. Diseñar para usuarios realmente inexistentes es la forma en la que el universalismo se ha colado, como un virus, en el ADN de la forma de hacer proyectos, negocios y empresas de todo tipo. Lo contaba Alfonso en Arssa! el otro día, diseñar para usuarios reales es justo lo contrario de lo que se enseña en la Universidad. Y es que trabajar para «arquetipos» que buscan reducir el esfuerzo intelectual del usuario a cero para que sea un mero consumidor lleva de forma automática a definir usuarios imaginados que son seres tontos, incompetentes y faltos de autonomía.

Hace una década este discurso empezó a convertirse en hegemónico. Era útil al ansia por conseguir escalas en una Internet que crecía a un ritmo siempre creciente. Ya entonces nos parecía un horror moral:

Bajo el discurso de la tecnología simple, se encuentra muchas veces, en realidad, la exaltación de una tecnología para irresponsables. (…) la simplicidad en determinados campos, es un discurso adormecedor. Soma para lammers, fantasía de gorrón: pretender ser iguales en beneficios sin el esfuerzo de aportar nada al conocimiento social… Como los niños que se bajan cracks de programas de juegos pero no se les ocurre subir sus trucos, los comentaristas de bitácoras que nunca escribirán la suya pero gritan «¡censura!» si sus diatribas no son publicadas en pie de igualdad con los posts del blogger al que comentan, o los que maldicen el software libre por no tener prestaciones específicas que ni siquiera se han molestado en especificar para que otro pueda programarlas.

Y lo peor es que acaba siendo una profecía autocumplida. El pensamiento universalista consigue hacer que las personas renuncien con «normalidad» a su propia soberanía. El «sin esfuerzo», el «para tontos», fue la antesala de la rencentralización. Entregar toda tu información en tiempo real a una empresa como Google se argumentaba sobre la dificultad que para el usuario sería aprender que tenía que pulsar otro icono y abrir un programa específico para usar una hoja de cálculo. No importaban las consecuencias que hoy escandalizan, el poder monstruoso que se generaba.

Durante la última década, el «usuario tipo», el diseñar «para la abuela» o para «la señora María», es decir, para arquetipos del desamparo y la irresponsabilidad, ha construido una cultura que se ha expandido a todos los campos y ha legitimado el miedo y el deseo de ser cuidados por «otros» como si de un derecho se tratase. Un derecho que vendrán raudos a satisfacer los gigantes de escala y los gobiernos. Pero no lo harán gratis.

Afirmar una ética del conocimiento

Pero, no podemos quedarnos ahí. El control se ha convertido en la cotidianidad del poder corporativo, perfecto, pero porque millones de personas han entregado sus datos con prodigalidad a cambio de pensar menos. Así que algo habrá que decir también sobre esa ética que pretende que se puedan disfrutar las cosas sin tener que aprender nada.

No es un fantasma, es una experiencia cotidiana. Ayer mismo, en la presentación de servicios de Fondaki hemos tenido que eliminar la diapositiva de metodología porque tras contrastarla con casi un millar de personas nos salía que era «demasiado difícil». No que estuviera mal redactada o no se entendiera porque usaba un lenguaje abstruso, sino porque en si mismo, entender una metodología compleja es «difícil», es decir, requiere un esfuerzo de comprensión. Es una faceta más del evidente peligro de lo evidente:

En el viejo mundo, el mundo de las grandes escalas de producción y distribución, el mundo de la televisión y los medios de comunicación masivos y unidireccionales, los contextos fueron «limpiándose» de cualquier contexto particular o erudito. La sintaxis periodística y publicitaria buscaba transmitir la moraleja, el mensaje, sin que nadie se perdiera por las ramas de sus contextos. Los contenidos de fueron haciendo cada vez más planos, buscando un único nivel de interpretación basado en el «minimo contexto común» necesario para la comprensión. El «make it simple» reducía la responsabilidad del oyente y el «premio» que recibía por haber ganado una referencias y lecturas. Todo se hacía más «accesible» conforme se aplanaba y vulgarizaba. El resultado de esta tendencia a la irresponsabilización del oyente/estudiante/usuario ha sido fatal: una cultura más elitista que nunca porque no nos engañemos, nunca ha habido una fosa tan marcada entre la gente que recibía preparación y las personas cultas.

Bajo la ética del no esfuerzo intelectual, bajo las bondades del no aprender, del supuesto derecho a que te den todo mascado y contadito linealmente, sin información extra, se esconde un verdadero programa de fractura social. Ahora si que podemos hablar de consumariado, como hacían Bard y Soderqvist, como un grupo social satisfecho de ser reducido a un consumo y una opinión dirigida.

La cuestión es que esa fractura social es una elección ética ante una propuesta de la cultura corporativa. Y frente a elecciones culturales no cabe esperar cambios legislativos. Solo cabe enfrentarse con mensajes y valores. Y no, la tecnofobia no ayuda, al contrario. De hecho, las invocaciones al «mundo real» frente a «la Matrix» de «lo exterior» generalmente solo refuerzan la separación entre el conocimiento y el hacer. Y ese es un drama, porque entre otras cosas, sin eso no hay como salir de la crisis.

Frente a la ruptura social que estamos viendo, hay que decir de una vez que entender a los otros sin esfuerzo no es un derecho. Cuando uno se aproxima a un software, a una persona o a un libro para obtener algo que quiere, debe hacer el mínimo esfuerzo intelectual de intentar comprender, de abrirse a un nuevo conocimiento. Ganar unos mínimos contextos no es una carga que recae sobre el que aporta, sino sobre el que recibe.

Porque si reducimos todo a interfaces sin menús, a dibujitos lineales e infografías «para tontos», si cambiamos los textos por presentaciones, estamos construyendo el mundo de «Fahrenheit 451», una distopía de irresponsabilidad y control, esa si, una verdadera «Matrix» donde todos serán «cuidados» y alimentados como seres dependientes, pero nadie tendrá siquiera opciones a una vida interesante.

«Entender no es un derecho, es una responsabilidad» recibió 1 y desde que se publicó el 11 de junio de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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