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Estado, cultura, identidad nacional y propiedad intelectual

Por qué la llamada liberación de la cultura me parece un horror nacionalista más…

Cuenta David Gil que el otro día coincidió con Belén Gopegui, que está a punto de publicar una novela con CC-by-nc-nd, es decir, sin permitir ni uso comercial ni que otros reciclen el contenido haciendo obras derivadas. A éso le llamaba Copyleft. Lo mejor, según el relato de David es que la sra Gopegui:

dijo que los autores (no los aficionados que escriben en sus ratos libres) necesitan los derechos de explotación. Que una cosa es escribir después del trabajo y otra dedicarse en exclusiva a escribir. Para esto último se necesitarían ingresos seguros.

Lo curioso es que, como otra gente en el público, está en contra de la comercialización de la cultura. Es comunista y, según entendí, estaría de acuerdo con un sistema en el que el Estado publicaría las obras, sin derechos de explotación por parte de los autores, y a cambio estos recibirían un sueldo.

Cultura: origen y significado

La idea de cultura y su irreparable origen en el nacionalismo alemán ha sido deconstruida muchas veces en todo tipo de formatos. Seguramente la arqueología más popular en los últimos años haya sido la de Gustavo Bueno:

Al final del siglo XX la idea de Cultura, que había comenzado a elevarse a principios del siglo XIX a la condición de idea constitutiva de la cúpula ideológica de las sociedades modernas de tradición cristiana (junto con las ideas de Hombre, Libertad o Nación), ha alcanzado la posición privilegiada de clave de bóveda de esa cúpula.

Podría decirse que, en nuestros días, y en las sociedades de tradición cristiana más diversas, la idea de Cultura desempeña los papeles de Idea suprema, de Idea fuerza primordial, en función de la cual se definen las realidades prácticas o espirituales, tales como Hombre, Libertad o Nación: el Hombre será «animal cultural»; la verdadera libertad se alcanzará a través de la Cultura, y la Nación no se definirá tanto por la raza cuanto por la cultura: por ello cada Nación exigirá «darse a sí misma» la forma de un Estado, de un «Estado de Cultura». En cualquier caso, se definirá como misión esencial del Estado la de promover la Cultura Nacional y hacer posible el acceso de todos los ciudadanos a la cultura (artículo 44 de la Constitución Española de 1978).
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar.

Merece la pena leer a Bueno para hacer una arqueología del concepto y su ascenso desde Herder a nuestros días. Bueno remarca que

Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el «mito del siglo XX», el mito de la Raza, en la primera mitad de ese siglo. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin del siglo, muchas de las funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la segunda guerra mundial.

Porque Cultura, así con mayúsculas, es todo aquello -desde las obras artísticas de prestigio a la gastronomía más o menos reinventada y tradicional- que contribuye a la formación de una identidad colectiva derivada de los mitos constitutivos del estado nacional.

La cultura como función estatal

En países como España, Nigeria o Marruecos donde el estado no ha podido imponer de una forma clara y homogénea estos mitos -es decir, donde el estado ha fracasado como proyecto nacional- estos se dan fragmentados en la forma de nacionalismos alternativos y un cierto protagonismo de las identidades y pertenencias pre-modernas como la familia, la cuadrilla, la religión o el linaje. Y precisamente por eso en estos países la Cultura es parte central del debate más que en ningún otro lado.

Pero vayan a Francia donde hace aguas por la presión migratoria. O a Brasil, Argentina, México, Cuba o Bielorrusia, donde el proyecto moderno, en su dimensión nacional vive con pujanza. En estos países hasta la alteridad, hasta el presunto antagonismo al estado nacional lo es por el estado, a cuyos gobiernos o dirección social se les reprocha, en todo caso, su falta de sentido nacional. Imaginarios sociales y mediáticos que viven en la excepción permanente de la realidad nacional. Excepción que impermeabiliza de la interacción frente al foráneo (por definición ajeno) y destruye al tiempo el sentido de los nacionales fuera del terreno nacional (si todo cuanto atiende a esta realidad es excepcional y tiene causas endógenas, cuanto sé y pienso tampoco tiene validez fuera). El nacional es un huérfano o un autista que tiene dificultades para crear sentido fuera de la relación con su estado-territorio-nación. Por eso los estados nacionales se dotan de ese folkror de animales nacionales que mueren al salir por la frontera estatal, desde el coquí portorriqueño al lince ibérico, modelo disneyzado de la principal virtud nacional, no poder existir fuera de las fronteras del estado y su imaginario.

¿Qué quiere decir liberar la Cultura?

En este marco el artista, el creador, no puede ser sino una figura central de la construcción nacional. Un trabajador especializado de la reproducción identitaria del nacionalismo. Una labor digna de ser separada de la vida. Una figura que no debe ser confundida con “los aficionados que escriben en sus ratos libres” del mismo modo que un ciudadano que intenta esclarecer las causas del aumento de la criminalidad no debe confundirse con un policía o un Ministro del Interior.

Y ahí de nuevo la oposición izquierda-derecha tan de matiz como siempre, tan en la misma línea: el debate es como se asegura la manutención, no si tiene sentido la función.

Manutención que es más sensato asegurar, nos dicen los más liberales, mediante un monopolio artificial llamado propiedad intelectual. Manutención que habría que asegurar mediante un salario público, nos asegura Gopegui en la cita de arriba, para asegurar la viabilidad de la profesionalización. Esto, significaría además liberar la Cultura, es decir, asegurar su gratuidad para todos y su universalidad. En una palabra, extender de forma más efectiva los modelos identitarios de la construcción nacional.

Perdónenme pero no es este el problema que me preocupa. No me interesa liberar la Cultura ni creo que deba ser un problema asegurar formas de remuneración para mantener a sus ejecutantes distintas a las del resto de los mortales.

La cuestión es tan simple como saber si el monopolio económico excepcional sobre las propias creaciones es necesario ya o no para asegurar que haya personas que sigan haciendo propuestas que lleven parejas cierta innovación y diversidad. Poco importa si es como profesionales full time o no, ingresando más por venta de objetos (libros, discos, etc) o por shows (conciertos, conferencias…).

Y mucho me temo que esta respuesta ya está bien respondida por la práctica y la teoría económica. Lo demás son debates sobre la optimización del estado por y para el nacionalismo. Y simplemente, no me interesan.

«Estado, cultura, identidad nacional y propiedad intelectual» recibió 0 y 0, de los cuales desde que se publicó el 19/07/2007 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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