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Historia del cooperativismo

¿Cuándo comienza el moderno movimiento cooperativo?

En la mayoría de los textos oficiales de la Alianza Cooperativa Internacional se fecha el comienzo del cooperativismo moderno en 1844 con la creación de la «Rochdale Society of Equitable Pioneers», cuyos principios siguen siendo la base a partir de la cual se define hoy una cooperativa. En realidad esta cooperativa ni siquiera fue la primera cooperativa de consumo británica: la «Sociedad de las Hilanderas de Fenwick» había sido creada ya en 1769. La importancia que se le ha otorgado posteriormente se debe a que se trató de un temprano «caso de éxito» de una cooperativa de consumo. Rochdale era un buen «mito fundacional» para un movimiento que pretendía marcar distancias con los movimientos revolucionarios de Europa continental y su insistencia en que el centro del «problema social» estaba en la propiedad de los medios de producción. Hasta hace tan sólo un par de años, en el anglomundo todavía se definía cooperativa como una empresa propiedad de sus consumidores.

En realidad, hoy resulta evidente por la documentación disponible que el cooperativismo agrario y de producción son el resultado de la evolución de las tierras comunales y los Artes dedicados a la pesca que existían desde la Edad Media en amplias regiones del Sur de Europa. En regiones como las penínsulas ibérica e itálica hay docenas de ejemplos documentados y bien conocidos de cooperativas modernas de trabajo anteriores en varias décadas a los «pioneros de Rochdale».

Las ideas y las prácticas cooperativas

El cooperativismo, en tanto que práctica social del comunal productivo, precede pues en mucho a sus teorizaciones. Sin embargo se ha nutrido históricamente de distintos aportes que han dado forma a distintas experiencias, formas de organización y relatos que se entrecruzan en la historia de las prácticas cooperativas. Podríamos resumir en tres grandes perspectivas las diferentes corrientes que aparecerán a lo largo de la historia de las prácticas cooperativas:

  • La libertaria/mutualista, con origen en Fourier (1772-1837)[1], cuenta durante los siglos XIX y XX con importantes teóricos políticos como Joseph Proudhon (1809-1865)[2] o Piotr Kropotkin (1842-1921)[3] y activistas que reformarán el movimiento cooperativo desde el comunalismo hacia los modernos métodos de gestión, como Fernando Garrido (1823-1881)[4]. Esta corriente pondrá el acento en la consecución de autonomía para la comunidad y las personas a través del mercado, imaginando en el extremo la innecesariedad del estado por la agrupación libre (federalismo) de comunidades organizadas cooperativamente. También llamada «mutualismo», será la corriente inspiradora de la larga experiencia cooperativa ibérica hasta el franquismo y el «estado novo». Actualmente cuenta con una nueva generación de teóricos de gran talla como Kevin Carson[5][6] y un renaciente movimiento ligado al neovenecianismo y al desarrollo del concepto de filé[7][8].
  • La socialista, vinculada al movimiento sindical socialdemócrata y algunas ramas nacionalistas del comunismo, tendrá por contra una mirada reticente hacia el mercado y pensará a las cooperativas desde su relación con el estado. En sus teorizaciones estatalistas más radicales como el llamado «socialismo autogestionario yugoslavo», las empresas son entregadas a organizaciones sindicales para su «autogestión», y el estado mismo evita mediante la planificación la competencia generalizada. En otros modelos como el del kibbutz de la izquierda del movimiento sionista, la estructura económica comunitaria se piensa como herramienta de colonización territorial y construcción nacional-estatal a pesar de su autonomía legal.
  • La cristiana, que nace en el mundo católico con economistas implicados en el desarrollo a gran escala del movimiento cooperativo como Charles Gide (1847-1942)[9] o activistas como el padre José María Arizmendiarrieta (1915-1976)[10], inspirados por las ideas del cristianismo social[11] y la doctrina social de la Iglesia Católica[12]. A pesar de adolecer en muchos casos de objetivos asistencialistas, tendrá una importancia central en el desarrollo del movimiento cooperativo industrial y de consumo en Francia y Bélgica primero y en Mondragón hasta la actualidad.

El cooperativismo en el mundo Latoc

Gerald Brenan* sitúa el desarrollo del movimiento cooperativo en la península ibérica en el marco de una larga tradición de cultivo y pastoreo comunal de la tierra y organización de la pesca que tendría continuidad, en las tierras al Norte del Tajo, desde la Reconquista. La debilidad del capitalismo local que fue incapaz de aprovechar la desamortización para crear un capitalismo agrario reavivó el interés en el comunalismo, hecho que sería una de las bases de la revolución cantonalista.

La tradición comunalista, serviría de abono al movimiento cooperativista, en origen de orientación fourierista fundado en 1860 por Fernando Garrido, que modernizó y dió marco legal a pueblos-cooperativa como Port de la Selva, calificados en su época como pequeñas repúblicas libertarias.

Lo que es interesante es cuan naturalmente se adoptan estas cooperativas a la escena española, ya que Port de la Selva es una de las viejas comunidades pescadoras de Cataluña, que han existido desde tiempos inmemoriales. De Cadaqués, unos kilómetros más lejos, se sabe por documentos contemporáneos que había sido organizado de modo similar allá por el siglo XVI. Otros documentos guardados en la iglesia del lugar hablan de Port de la Selva con su industria pesquera comunal. Otra comunidad pesquera exactamente igual, en Tazones, cerca de Villaviciosa en Asturias, es descrita por el profesor Antonio Camacho en la Revista Nacional de Economía.

Henos pues, ante una cooperativa productiva moderna encajada en una organización comunal antigua y funcionando perfectamente. Lo que ha sido hecho en Port de la Selva, rodeado de influencia anarquista, ha sido hecho también en Ansó, de ambiente carlista, mientras que la organización de cooperativas de Llánabes data del siglo XVII y precede así al menos en sesenta años al movimiento cooperativista europeo.
Gerald Brenan, Comunas campesinas y cooperativas en El laberinto español (1960)

Es esta continuidad la que explica la fortaleza del cooperativismo en la mitad Norte de la península y el paralelismo de las reivindicaciones cooperativistas en las regiones sureñas a ambos lados de la raya durante todo el siglo XX. Sin embargo, en Portugal, a diferencia de España la monarquía tomará una posición paternalista hacia el movimiento cooperativo desde 1848, desarrollando su primera ley de cooperativas en 1867. España no la tendrá hasta 1931, con la II República.
En general, en la península el cooperativismo no fue absorvido ni por socialistas ni anarquistas, manteniendo una tradición y mensaje propios, aunque, especialmente en las épocas de represión, prestara locales y diera cobertura y fondos a las actividades sindicales libertarias y a los partidos de izquierda.

Estado Novo y franquismo

Los regímenes autoritarios que asolaron la península hasta la segunda mitad de los 70 siguieron políticas paralelas frente al movimiento cooperativista, muy dañado en el caso español por la guerra y la lárguisima hambruna posterior:

  • Control general del movimiento que intentó ser resignificado de acuerdo a la ideología verticalista del estado
  • Represión de las cooperativas culturales en Portugal y de la vida asociativa, ateneos obreros, etc. ligados a las cooperativas de trabajo en España
  • Impulso del cooperativismo agrario

La Iglesia católica tomaría un importante rol en el desarrollo y mantenimiento de la tradición cooperativa en estos años, que ven nacer en 1956, de la mano del padre José María Arizmendiarrieta, lo que luego sería MCC.

El papel del catolicismo se habría de reforzar y hacer más militante a partir de la encíclica Mater et Magistra (1961)[13], cuya reivindicación explícita de las cooperativas servirá de inspiración a muchos jóvenes, alentados por la idea de que la cooperativas son creadoras de auténticos bienes.

Las cooperativas tras la Revolución de los claveles y la muerte de Franco

La recuperación de libertades democráticas fue seguida de un nuevo desarrollo del cooperativismo en toda la península, amparado por las nuevas constituciones que explícitamente encomendaban al estado el fomento del cooperativismo. Sin embargo, mientras en España la experiencia de éxito de las cooperativas agrarias del Levante y Sur y sobre todo de las industriales vascas, impulsarían una legislación favorecedora y orientada a la formación de grandes grupos cooperativos (y posteriormente a su transnacionalización), en Portugal un cierto paternalismo político y sindical, prohibió a las cooperativas actuar en sectores claves para el crecimiento como el bancario, los seguros el transporte internacional de mercancías o incluso las agencias de viajes.

América

En 1873 el Círculo Obrero de México estableció la primera cooperativa del mundo latoc fuera de Europa. A la experiencia mexicana seguirán otras en Puerto Rico y Costa Rica, donde desde 1907 se cultiva una tradición cooperativa propia vinculada a la socialdemocracia[14]

En Argentina, Uruguay y Brasil el ideal cooperativista llegará desde la península ibérica, pero también desde Italia, Francia y Alemania, por lo que tiene ya desde sus orígenes un marco teórico definido (se lee y discute a Charles Gide [15] antes que en España o Portugal, por ejemplo) pero también modelos avanzados de estructuración que incluyen las primeras experiencias de cooperativas de crédito en Alemania[16]. En 1879, se funda en Argentina la cooperativa “El progreso agrario” la primera del continente sudamericano.

En Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia a partir de los años treinta se desarrollan cooperativas de consumo y ahorro amparadas desde los gobiernos sobre el modelo y con la asesoría de las cooperativas de crédito de EEUU. Los resultados en este área serán pobres y el cooperativismo sólo resurgirá a partir de los años sesenta, fundamentalmente como cooperativismo campesino y ligado a los distintos planes e intentos de reforma agraria

El cooperativismo en el anglomundo

Los orígenes del cooperativismo en el anglomundo están ligados a la descomposición de la estructura gremial ante los primeros embates de la industria.

Suele considerarse como la primera experiencia cooperativa británica a la cooperativa de consumo creada en 1769 en torno a la Sociedad de las Hilanderas de Fenwick (Escocia). La primera experiencia en producción no llegaría sin embargo hasta 1808 cuando Robert Owen compró a su suegro su taller de hilado de algodón en New Lanark, también en Escocia. La experiencia fue positiva y llamó la atención de la época, impulsando a Owen a realizar nuevos proyectos en Inglaterra y EEUU (que fracasaron) y a sus discípulos como William King a comenzar el proselitismo. King, en 1828 publica en Brighton el periódico The Cooperator e inaugura una tienda cooperativa.

En realidad será la fundación en 1844 de la Rochdale Society of Equitable Pioneers, la que ponga en marcha un verdadero movimiento cooperativista en el anglomundo. Los principios cooperativos de aquellos 28 hilanderos y artesanos de Rochdale (Inglaterra), servirán de base para más de un millar de cooperativas que se fundarán en los 10 años siguientes y servirán de armazón para el movimiento cooperativo actual.

EEUU

En EEUU como en todo el anglomundo las cooperativas serán fundamentalmente cooperativas de consumo o servicios. Todavía hoy la National Cooperative Business Association define cooperativa como:

Are owned and democratically controlled by their members-the people who use the co-op’s services or buy its goods-not by outside investors; Co-op members elect their board of director from within the membership.

Esta práctica no existencia de cooperativas de trabajo ha condicionado hasta nuestros días la concepción de la democracia económica en el anglomundo

La crisis económica abierta en 2007, la primera con fuerte desempleo en EEUU desde el crack del 29, modificará sin embargo la tendencia y aparecerá, por primera vez, un fuerte movimiento cooperativista de trabajo ligado a los movimientos neolocalistas y los bancos de tiempo:

El cooperativismo en el francomundo

Si los trabajos de Cabet y Saint-Simon y los fracasados intentos de Fourier de crear un falangsterio sirvieron para crear un imaginario, fue en realidad la eclosión de ideas y sujetos sociales producto de la revolución de 1848 la que habría de impulsar y dar materialidad al cooperativismo en el francomundo, especialmente en Bélgica. Nicolas Coulon fundaría entonces en Bruselas, el 16 de abril de 1849 la “Asociación Fraterna de los Obreros Textiles” y Jean-Baptiste Godin, un discípulo de Fourier, la Familistère de Guise (Francia) en 1856 que en 1880 se transformaría formalmente en cooperativa y que perdudaría hasta 1968.

En 1867 se autoriza la variabilidad del capital en Francia. Los cooperativistas podrán entrar y salir. En esa década se calcula la existencia de unas trescientas cooperativas en Francia entre consumo, crédito y producción. El periodo marcado por la ruptura entre proudhonianos y marxistas que siguió a la Comuna de París debilitará el movimiento en Francia hasta principios de siglo.

Sin embargo en Bélgica el ejemplo de la cooperativa de lengua flamenca le Vooruit (fundada en 1880) daría con un modelo propio que partiendo de las cooperativas de consumo se extenderá sobre el conjunto de la cadena de producción. Un elemento central de la influencia de este modelo fue su solidaridad y beligerancia en los conflictos de clase. Le Vooruit, con sus 1750 miembros, dedicaría toneladas de pan de su propia producción a los mineros huelguistas de 1885. Las sedes de le Vooruit se convertirán en casas del pueblo, la expansión social le llevará a tener una red de bibliotecas y hasta un periódico y la económica a tener incluso una flota pesquera propia. La influencia de esta cooperativa será tal que articulará el movimiento cooperativista belga y servirá de esqueleto al Partido Obrero Belga.
Por el contrario, en el nuevo siglo y bajo la influencia de Charles Gide[17], el cooperativismo francés retomará autonomía del debate político y se reagrupará formalmente sobre las cooperativas de consumo en 1913. El crecimiento bajo la influencia del pensamiento de Gide haría crecer el moviento hasta las 800.000 cooperativas en vísperas de la Gran Guerra. Una tendencia que continuaría durante el periodo de entreguerras.

En 1947, la ley Ramadier daría un estatuto estable al mundo de las cooperativas de postguerra en Francia, creciendo el número de cooperativas agrarias y desapareciendo paulatinamente las de consumo frente a los grandes mayoristas sectoriales.

El Bélgica el ascenso de las grandes superficies unido al conservadurismo de la dirección cooperativa, también dañará el modelo de producción integrada, perdiendo competitividad y haciéndole perder competitividad. Las cooperativas belgas se dividirán finalmente entre las de lengua neerlandesa y las del Sur, francófonas, agrupadas en torno al núcleo de Lieja que formarían Coop-Sud.

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