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Patente

Originalmente una patente era un documento oficial que daba fé pública de la concesión de un privilegio real (de ahí la expresión hacer patente).

La patente renacentista y barroca

Desde el siglo XV las monarquías y repúblicas europeas utilizarán el sistema de patentes de monopolio como forma de remuneración de sus colaboradores. La aplicación de este sistema a ciertas obras literarias estará en el origen del sistema de propiedad intelectual.

Resulta curioso señalar como bajo este sistema, la diferencia entre un corsario y un pirata no radicaba en sus actividades, que eran las mismas, sino en que el primero lo hacía bajo la protección de una patente real (la patente de corso, porque hacía la cursa, perseguía a barcos de determinadas banderas) que le permitía asaltar y saquear naves de otras banderas con su propio barco a costa de compartir el botín con las arcas reales.

La primera asociación entre invención y patente, surge en 1621 durante el reinado de Jacobo I Estuardo de Inglaterra, cuando el Parlamento inglés le obliga a revocar la gran mayoría de las numerosas patentes de monolopio concedidas y tan sólo mantiene las de corso además de las relativas a invenciones y nuevos productos.

La patente como parte del sistema de propiedad intelectual

Aunque en algunos países como Argentina sigue utilizándose el termino como sinónimo de una concesión legal de otro tipo, desde principios del siglo XIX patente se hace sinónimo de la concesión de un derecho temporal y exclusivo de explotación sobre una invención o mejora tecnológica.

Las patentes se fundamentan tradicionalmente como incentivos necesarios para la innovación. Según esta argumentación sin monopolio de explotación no habría incentivos razonables en el mercado para rentabilizar la inversión necesaria, o bien no existiría difusión del nuevo conocimiento porque, al modo de los creadores de la CocaCola, los creadores de nuevas invenciones guardarían celósamente el procedimiento de sus creaciones.

Esta argumentación ha sido puesta en cuestión por el desarrollo tecnológico y refutada por el análisis económico, de modo que el discurso a favor de las patentes se ha modulado: son pocos ya los que aseguran que las patentes son necesarias para la innovación y muchos más los que reconociendo que no lo son, argumentan su utilidad social como incentivos para mantener el ritmo de la innovación tecnológica.

Incluso este punto de vista es muy discutido desde la experiencia de sectores industriales, como el del software, que hasta ahora no han estado sometidos a este sistema, manteniendose sin embargo a la cabeza de la innovación en las últimas décadas o el farmaceútico, en el que los casos de síntesis rápidas y genéricos confirman la innecesariedad de la patente para la generación de incentivos a la innovación.

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