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La semilla de la que brotan los sueños

El «crowdfunding» salta de la producción cultural a la creación de pequeñas empresas en EEUU y a la financiación de microemprendedores en la perifería. Un nuevo tipo de demanda, agregada por primera vez gracias a Internet, revela el deseo social de un nuevo tipo de capital semilla cuya rentabilidad no se mide por el tipo de interés, sino por sus resultados en diversidad y empleo.

Películas como «El Cosmonauta» o novelas como «La amenaza de los dioses» han dado a conocer un sistema de capitalización cada vez más frecuente: el «crowdfunding». El sistema es sencillo: muchas donaciones pequeñas hacen posibles proyectos de bajo presupuesto sustentados por la pasión propia de la ética hacker. Esta forma de pequeño swarming financiero, se ha establecido ya como un estándar para salvar las dificultades de capital y distribución de la producción de libros, filmes y discos. Lo impulsaron autores extraños a las redes sociales que dan el tono de la industria cultural. Por eso el «crowdfunding» tiene encanto. El encanto del voluntarismo y la rebeldía. El de la generosidad: es común que muchas de las obras que se capitalizan así se creen desde el primer momento para el dominio público o bajo alguna formar de propiedad intelectual «blanda». Y se da por hecho que los donantes-socios, recibirán regalos, camisetas, ediciones especiales y contenidos exclusivos. En algunos casos se les invitará a los rodajes o grabaciones. En otros se les tendrá en cuenta en el curso mismo de la trama. Hay ya una cultura del «crowdfunding»: ofrece identidad y experiencias. Transmite la sensación de poder transformar las cosas y poner en jaque a los oligopolios culturales.

Kickstarter es una plataforma norteamericana de crowdsourcing. Está llena de músicos que invitan a sus fans a financiar la producción de un CD, cineastas que se ven capaces de sacar adelante una película con 120.000$ y todo tipo de iniciativas sociales y culturales.

Pero hay más. En Europa o América Latina muchos se sorprenderían de ver como una tienda de comida de Harlem se abre tras recaudar poco menos de 25.000$… cuando solicitaba 23.000. Y es que 25.000 dólares es ya todo un capital semilla. Y no se pide para producir un objeto del que disfrutarán los donantes. Se pide para cubrir los costes fijos en el comienzo de un negocio. Pero lo mejor es que a los contribuyentes no se les remunera con acciones, sino con libros de cocina dedicados, entradas para las fiestas de recogida de fondos y tarjetas de fidelización del propio restaurante.

¿Desde cuándo el capital se remunera con merchandising? La clave está en el fuerte sentido identitario de la propuesta (comida ecológica, forma cooperativa), su marcada dimensión social (los trabajadores son chicos jóvenes «en peligro de exclusión» y el negocio se localizará en Harlem) y sobre todo en la esencia misma del «crowdfunding»: al aportar pequeñas cantidades el donante siente que la rentabilidad de su aporte no es monetaria.

Porque si algo queda claro en EEUU a estas alturas de crisis es que para que algo exista tiene ser sostenible, y tener, por tanto, forma de negocio. Si quieres poder comer en Michigan cocina española, apoyarás un restaurante caravana que haga tapas y paellas, si quieres que se difundan los valores cooperativos apoyarás a una empresa de materiales pedagógicos que quiere desarrollar un «Monopoly» alternativo.

Es algo muy parecido a la experiencia de Kiva, un proyecto al que ya hemos dedicado varios posts en esta bitácora. Según sus estadísticas, con una donación media de 212$, se han prestado a través de esta plataforma más de 237 millones de dólares a microempresarios de países en desarrollo. El donante medio ha reinvertido los créditos, una vez devueltos, una media de 7.32 veces (y subiendo). Es decir, el prestamista de Kiva no pretende ganar dinero con su inversión. La rentabilidad para él no es monetaria, se sabe un mediador entre emprendedores sin recursos: cobra de uno para prestar al siguiente en una cadena que no pretende romper en ningún momento.

Conclusiones

Lo que todas estas experiencias nos cuentan es que muchos están dispuestos a aportar cash para generar capital semilla por agregación. Sobre todo si pueden elegir y tener una relación directa, personal con el producto final. Quieren contribuir a crear capital que permita arrancar a negocios cuya función entiendan. Tanto que están, estamos, dispuestos a hacerlo sin recibir un tipo de interés, incluso sin esperar ver devuelto el principal. A cambio tan sólo de que el mercado, el gran procomún social, esté abierto a más personas y sea más diverso.

«La semilla de la que brotan los sueños» recibió 0 y , desde que se publicó el 27 de agosto de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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