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Las empresas son del Marne, los jihadistas del futuro

Los problemas de las empresas para innovar, los atentados de Toulouse y la incomprensión de los medios.

Dice John Robb que la guerra es la que marca los límites de la acción posible en cada época. Y es verdad en la medida en que enfrenta organizaciones humanas en una lucha por la supremacía y la supervivencia en la que, podemos estar seguros, existen todos los incentivos para sacar el máximo partido de las tecnologías de comunicación y organización social disponibles en cada momento histórico… aunque el uso más avanzado en cada momento no siempre sea el uso hegemónico por parte de los ejércitos estatales.

Contaba Jesús hace ya unos cuantos años que si la Primera Guerra Mundial, con su lógica industrial dura, sólo fue una «picadora de carne» a gran escala, se debió a que los altos mandos militares franceses, ingleses y -en menor medida- alemanes, no habían sacado las consecuencias de la aplicación intensiva de la tecnología industrial que se había podido ya ver en la guerra ruso-japonesa de 1905.

Pero cuenta una excepción importante también: la 12ª batalla de Isonzo y el papel jugado en ella por las entonces pioneras «tropas de asalto» creadas en el ejército alemán. Un modelo en el que se basaría la reorganización de los ejércitos del periodo de entreguerras y que estaría en la base de la Blitzkrieg, la «guerra relámpago» de 1939.

La innovación no consistía en otra cosa que en eliminar los procedimientos a reloj, dejar de intentar controlar desde el mando el conjunto de las operaciones, empoderar a los capitanes aprovechando el incremento de letalidad (la versión militar de la productividad) de las nuevas armas ligeras y trabajar por objetivos. En si misma no era sino un reconocimiento de los límites de la escala. Quedaba lejos de la Doctrina Lawrence, porque no respondía a las necesidades de una comunidad real en conflicto sino de una macroorganización estatal, pero desde luego marcó una diferencia.

Mi impresión es que las organizaciones empresariales de mediana y gran escala están hoy en ese punto. El swarming, la forma propia del conflicto en la sociedad reticular, que los estados ya empiezan a absorber (Irán y China en la guerra naval, EEUU incorporando drones), les queda aún lejos.

Y les queda lejos por lo mismo que la Doctrina Lawrence no era asumible por los militares estatales… porque exige renunciar a la escala y pensar lo macro-organizativo no como una unidad, ni siquiera como una agregación, sino como el producto de voluntades, conocimiento y comunidades convergentes en un momento para un objetivo.

Todo esto viene a cuento del discurso común en la prensa sobre los atentados de Toulouse. Ya explicamos cómo buena parte del discurso sobre la «debilidad de Al Qaeda» era un puro trasunto local de un discurso utilitario electoralista del gobierno Obama. Ahora insisten en la teoría de la debilidad. Me parece tan absurdo que sólo puedo hacer una pregunta: ¿Dirían que su diario es débil si en un lugar donde su distribución no llega de forma directa, una persona de su entorno imprimiera y vendiera el periódico por su cuenta y luego les enviara los ingresos? Una red distribuida no es más débil que una centralizada. Al contrario, por definición es más robusta y resiliente.

«Las empresas son del Marne, los jihadistas del futuro» recibió 0 y desde que se publicó el 22 de marzo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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