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Parresía, política y comunidad

La parresía, el hablar franco, sin adornos ni retórica, sin seducción ni consideraciones, es el único hablar verdaderamente político, el característico de la comunidad real y no puede por tanto existir sin una profunda y extensa deliberación previa. Pero entonces ¿Qué es la política? ¿Cuáles son sus límites?

ParresíaLa parresía, el hablar franco de los clásicos, es la pieza fundamental para pensar la comunidad como ser político colectivo. Se trata de mucho más que de un hablar informado, se trata de un hablar en verdad, sin temor no ya a los otros o a las consecuencias sociales de lo dicho, sino a la incomprensión del otro.

Lo importante es que la incomprensión de los otros no es un eufemismo del desacuerdo, sino la ausencia de un contexto común lo suficientemente profundo y extenso como para que la verdad de uno pueda ser expuesta crudamente sin tener que justificarse ni adornarse. Por tanto el hablar franco que define la verdadera actitud política, el verdadero vivir político, exige previamente una deliberación profunda, una interacción prolongada que, bien sabemos, permita una identidad real. Porque es un hablar que necesita y tiene en cuenta la decodificación que de lo dicho hace el otro. Y lo hace de una manera que sólo puede darse cuando existe, con los interlocutores, un metabolismo común y propio de generación de conocimiento. Es decir, la verdad política está limitada a un ámbito que no puede ser sino el de la comunidad real.

No es casualidad que Foucault llegue a la parresía tras haber demolido los fundamentos de las comunidades imaginadas y sus saberes, desnudando su origen. La pregunta no es ya en ese momento si existe un saber autónomo (del poder ajeno y concentrado en el estado), sino en qué ámbito es posible la autonomía de un sujeto alternativo en el que podamos usar un «nosotros» que no sea pura máscara de la verdad alienante de los poderes ajenos que nos cruzan.

La respuesta de Foucault señala la comunidad real como única comunidad verdaderamente política y a la parresía como la forma que toma la verdad en ese ámbito. Una forma de verdad cuya epistemología no es otra que la materialidad de una situación en la que el poder no se define sobre la comunidad sino en la comunidad. Por eso, el territorio donde la verdad puede ser dicha es sólo aquel donde lo dicho en verdad, sin consideraciones, afirma la identidad del sujeto colectivo porque a través suya lo hace la autonomía de cada uno. Sólo por eso este hablar político de la comunidad real resiste la prueba del límite, del riesgo, del peligro:

en parresía, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del propio interés y la apatía moral.

Al poner los límites de lo político en la verdad, lo extracomunitario o intercomunitario no se definiría como lo no-verdadero, sino como lo no-político… precisamente porque a partir de ahí aparece el poder y en verdad hemos de hacerlo descarnado. Lo político no es «una voluntad sostenida de hacer amigos» (para una idea o una causa, como defendía el otro día en Palma Amador Fernández-Savater), sino al contrario, la ausencia de miedo a perderlos en la afirmación de la autonomía que la verdad representa. No hay política en la cultura de la adhesión, ni siquiera en la participación, pues sólo hay posibilidad de compartir la verdad en la interacción cuando esta, deliberación mediante, ha generado contextos comunes y por tanto identidad.

¿Y qué hay por tanto con «el fuera» si no es política? Seducción, explicación, contextualización, confrontación de poder más duro o más blando, correlaciones, cálculo, destellos de verdad… sometida a la voluntad de supervivencia, al cuidado de un dentro en cuya lejanía no podemos ser sino extranjeros.


Addenda: Esto no quiere decir que el fuera nos haya de ser incomprensible o nosotros incompresibles a los de fuera. Quiere decir que para que haya decisión colectiva tiene que haber un nosotros con contextos comunes.

Podemos comprender al otro, podemos tomar sus contextos y hablar desde ellos para ser entendidos y poder transmitir deseos o valores. Pero entonces estaremos hablando en su verdad, no en la nuestra, aunque sólo sea para hacérsela comprensible. Hasta ahí estaremos haciendo pedagogía (el «entrar con la de ellos» de Iñigo de Loyola) pero si intentamos a partir de ahí llevar al otro a una decisión con nosotros (el «salir con la nuestra» del Santo), no cabe hacerse la ilusión de que estemos haciendo política, pues esta para ser auténtica nos exige hablar «en verdad».

«Parresía, política y comunidad» recibió 0 y 1, de los cuales desde que se publicó el 30/04/2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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