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Quincemistas

Estos días en Cabueñes he podido conocer mejor el quincemismo a través de unas cuantas decenas de sus miembros. Como se trata de un movimiento sin programa que basicamente celebra su propia deliberación presencial en las acampadas y asambleas de barrio, no hay otra manera de entenderlo en profundidad que la «microsociología». Por supuesto cualquiera puede analizar lo que significa, su rol político en España, simplemente compartiendo conversaciones y leyendo los medios locales, pero, como no genera programas y reivindicaciones, no puede entender cabalmente qué es sin aproximarse a sus miembros.

Lo primero que llama la atención es su carácter mayoritariamente juvenil: abrumadora mayoría de menores de 35 años sin referentes políticos anteriores ni trayectoria militante, con un discurso terriblemente naif. Por ejemplo, nos contaban hasta que punto les parecía impensable que la policía antidisturbios usara la violencia para hacer cumplir una orden de desalojo o disolver una manifestación. «Eso eran cosas que pasaban cuando mi madre corría frente a los grises» -osea, en las postrimerías del franquismo- «pero que me resultaban inconcebibles hoy, la policía está para defendernos», nos aseguraba una quicemista ante nuestra perplejidad. A fin de cuentas casi todos los que tenemos más de treinta años aprendimos muy claramente que la policía antidisturbios está para defender al estado y que su instrumental de trabajo es la porra, los gases y las pelotas de goma. Y no en el último franquismo, sino en toda la serie de movilizaciones que vivimos, desde los estudiantes en el 87 a la guerra de Irak en 2003, pasando por la huelga general del 88 y las reconversiones de finales de los ochenta y principios de los noventa.

Y esta es la primera idea: carecen de memoria política. Atendiéndoles, las mismas movilizaciones del final de la era Aznar (Prestige, guerra de Irak, estudiantes, 13M…) parecen parte de un remoto pasado con el que nada les ligaría. Todo es Historia y carentes de memoria desde la que interpretarla, todo lo anterior aparece plano y ajeno para ellos.

De fondo hay un profundo cambio social que a las finales no es sino un cambio en las fronteras sobre las que se delimita la realidad. Por ejemplo, entre la más de dos decenas de personas con las que he hablado, la mayoría explicaba la crisis española y el papel de los bancos locales con argumentos y relatos sacados del documental «Inside job», pensando sinceramente que en España se había regalado dinero público a los bancos que a su vez lo habían repartido como bonus entre sus directivos.

Mi impresión es que la ausencia de memoria política es suplida por los medios y eso explicaría que las conversaciones una y otra vez volvieran a la cobertura de «El País», entendida como medida no del impacto en la élite política sino como signo de «realidad» y capacidad para generar significado del movimiento. Sinceramente, nadie que haya seguido al periódico madrileño puede decir con sensatez que hace una cobertura adversa sólo porque reserve la portada del domingo para la masacre de Oslo y deje para interiores la enésima manifestación quincemista.

Cuando se desciende a lo práctico, a las cosas a hacer, tan sólo he encontrado dos elementos comunes: la dación de las hipotecas y el cambio de sistema electoral. Una vez más lo naif al borde del populismo. Nunca una democracia ha sido mejor o peor por incorporar o eliminar el voto proporcional o abrir las listas. Eso es tan sólo una discusión de equilibrios de poder: quien tiene el voto más repartido quiere lo más parecido a un distrito único, quien tiene fuertes concentraciones locales de voto sabe que generalmente ganará con la proporcionalidad. Y respecto a que el problema de las hipotecas se solvente simplemente endosándoselas a los bancos y al estado… bueno, para empezar supone negar todo principio de responsabilidad individual y cargar a los que no quisimos endeudarnos con una casa, con las pérdidas de quienes lo hicieron. Pero ninguno de mis interlocutores había llegado a tanta profundidad en el análisis. Lo pajarú aparecía a poco que rascara.

Es como si el quincemismo existiera para dar la razón al Baricco de «Bárbaros», el Judt de «Olvidado siglo XX» y hasta el Eco más apocalíptico. Fin del marco analítico, de las fronteras de realidad, de la dialéctica entre Historia y memoria. Inocencia, superficialidad y un pretendido apoliticismo que uno piadosamente quiere pensar que confunden con deseos de independencia partidaria… hasta que descubre que en Murcia, reunidos con concejales locales del PSOE, les ponen como condición para participar en las manifestaciones que «disuelvan su partido en el movimiento». De alguna manera uno siente que la frontera de lo naif se cruza entonces, como cuando aseguran que los recien electos alcaldes, incluso los diputados de la próxima legislatura, que se votarán en noviembre, «no nos representan».

Esos brillos, junto con la idea emergente de «superación de la democracia», el eslogan mil veces repetido de «ni de derechas, ni de izquierdas» y otros muchos destellos, nos recuerdan a los que aún estamos formateados en el discurso de la Historia del siglo XX, a los primeros momentos de los fascismos contemporáneos. Tal vez muchos se obsesionen con identificar el fascismo con correajes y desfiles, incluso con el -ya entonces anormal- «nacionalcatolicismo» falangista. Pero en el fascismo italiano había mucho pajarú, alguno incluso hizo aportes progresistas -piensen en los Montesori- y desde luego había ese álito futurista, poético y juvenil que rememoraba Hakim Bey en ZTA precisamente porque en su principio usó esa lógica de fiesta y happening más que la de «patota». Incluso en Alemania y Austria, ¿podemos separar el ascenso pajarú de la Antroposofía y las «Escuelas Waldorf» del ambiente social del primer nazismo?

Y en Cabueñes mismo una conclusión interesante. De los cuatro encuentros «políticos» (medioambiente, democracia digital, participación ciudadana y empleo), tanto el nuestro -democracia digital- como el de empleo, basaron sus conclusiones en el «hazlo tu mismo», en la aplicabilidad de la ética hacker como característica principal de nuestra época. El de medioambiente, sonaba a veces colindante en su insistencia en la responsabilidad individual a través del consumo y las campañas globales. El de participación, de inspiración quincemista, en cambio, no sólo no hizo ninguna referencia, es que lo poco que podía acercarse fue la frase «la ayuda de las Nuevas Tecnologías». Un lenguaje de político de los noventa que contrastaba con la juventud de los participantes en el encuentro… o tal vez no, porque no es que «a esta revolución le falten blogs», es que probablemente está en otra lógica.

«Quincemistas» recibió 0 y , desde que se publicó el 12 de septiembre de 2011. Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte

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